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Las polémicas que dejó Cosquín

La última edición del encuentro folklórico más importante del país dejó un tendal de dudas y acusaciones y mucha insatisfacción en artistas como Teresa Parodi y Peteco Carabajal
Gabriel Plaza
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10 de febrero de 2014  

En 1965, Jorge Cafrune presentaba en Cosquín a una tucumana que cambiaría la historia de la música popular argentina. "Yo me voy a atrever, porque es un atrevimiento lo que voy a hacer ahora, y voy a recibir un tirón de orejas de la comisión, pero qué le vamos a hacer, siempre he sido así, galopeador contra el viento. Les voy a ofrecer el canto de una mujer purísima, que no ha tenido oportunidad de darlo y que, como les digo, aunque se arme bronca, les voy a dejar con ustedes a una tucumana: Mercedes Sosa." Mercedes subió al escenario y cantó "Canción del derrumbe indio", de Fernando Figueredo Iramain, acompañada solo por su bombo. Contrastando con la discriminación política, social y étnica a la que fue sometida por las autoridades de la época, el público estalló en aplausos antes de que finalizara la canción, convirtiéndola en la sorpresa del festival. "Siempre tuve problemas con la comisión, no sé por qué... En ese tiempo porque era comunista y por entonces era mala palabra. Canté con una cajita, nomás. Tuve un éxito muy grande, y ahí ya me contrató la Philips para grabar. Fue una actuación muy importante en mi carrera. Es más: fue la definitiva", recordaba la propia Mercedes.

Ese episodio, como tantos otros, trazaría el signo histórico y épico de la memoria musical de Cosquín y marcaría para siempre el aura mítica y polémica que envuelve al festival a lo largo de su derrotero de 54 años. También cambiaría el destino de esa ciudad con aire de pueblo serrano -ex reducto de tuberculosos- que se transformaría en una plaza veraniega que cada enero alberga en sus calles, balnearios y peñas a más de un millón de personas. Esa ciudad tomada como un Woodstock telúrico que se reinventó como capital del folklore a inicios de la década del sesenta y se convirtió en plataforma federal de grandes fenómenos populares y comerciales (Soledad, Chaqueño Palavecino y Abel Pintos) vio pasar cambios revolucionarios, como la aparición de los Huanca Hua; tuvo grandes ausencias, como la del Cuchi Leguizamón, y pisaron su escenario faros de la música argentina, como Atahualpa Yupanqui, Ariel Ramírez y Eduardo Falú. El festival también vio nacer a revelaciones y consagraciones como Víctor Heredia y Teresa Parodi con su canción nueva. Pero a la par de su recorrido histórico Cosquín también fue escenario de arbitrariedades y pasiones desatadas.

En la última edición, Cosquín volvió a ser una hoguera de vanidades. La Comisión Municipal de Folklore estuvo en el ojo de la tormenta a lo largo de nueve días por los polémicos efectos de los cambios de programación de último momento; el fantasma de las presiones políticas; los acuerdos económicos por debajo de la mesa; episodios escandalosos, como el tributo trunco a Eduardo Falú que protagonizaron Juan Falú y Liliana Herrero; las cartas abiertas de músicos como Teresa Parodi; las quejas públicas de Peteco Carabajal por una grilla llena de acomodados, y el desplazamiento del horario central de hijos del festival como Los Tekis y Los Alonsitos. Es que, cíclicamente, Cosquín alterna momentos trascendentales para el movimiento folklórico con ediciones que parecen parte de un modelo agotado.

¿Por qué para muchos músicos que participaron de la última edición Cosquín, el festival más importante del país, está en crisis? La mayoría de los artistas señalan como responsable a la Comisión Municipal de Folklore. "Hay un maltrato que nos bancamos desde hace mucho tiempo por el amor y el respeto que le tenemos al festival de Cosquín, porque marcó un antes y un después en nuestras vidas -reconoce Ariel Báez, de Los Alonsitos-. Pero nos dimos cuenta de que para esta comisión la prioridad no es la propuesta musical. Hablo a título personal y no por Los Alonsitos, pero pienso que Cosquín está en graves problemas, porque hay una serie de operadores que deciden los horarios, lo que va y no va, pero que manejan otros códigos que no son artísticos. Ojalá esto pueda cambiar y tengamos el Cosquín que todos nos merecemos", alerta el acordeonista del grupo correntino que fue consagración en 1992.

Teresa Parodi, que este año fue a celebrar los 30 años de su Consagración allí, se sumó al debate sobre el rumbo que tomó el festival. "Creo que Cosquín es el reflejo de algo que nos está pasando en la cultura. Yo gané en aquel Cosquín del 84 con canciones desconocidas y ante un público que era capaz de escuchar en silencio a Yupanqui como si estuviera en un teatro; donde lo que se coreaba era Tejada Gómez, Jaime Dávalos y Manuel J. Castilla. Pero el festival cambió tanto que si hoy fuera de nuevo con aquellos 30 años y mis canciones nuevas, no llego ni a la plaza Próspero Molina. Lo efímero ganó la discusión cuerpo a cuerpo en el escenario. No creo que haya que refundar Cosquín, sino que hay que inventar nuevos espacios para pensar la música argentina. Que ellos hagan lo que quieran hacer con el festival."

Paola Bernal ofrece otra mirada. Nacida en esa ciudad, la artista discípula del Chango Farías Gómez e impulsora este año de una de las peñas herederas del espíritu de Los Copla observa: "Si bien es un festival que le pertenece a Cosquín, creo que la gente de la comisión no se da cuenta de la dimensión que tiene el festival a nivel nacional. Recae todo en una sola persona y no hay un equipo idóneo. A su vez, los negociados políticos y la falta de profesionalismo se están volviendo en contra del festival. Para mí, éste es un modelo en decadencia. El festival no es la plaza Próspero Molina desde hace mucho. En los alrededores, Cosquín está mas vivo que nunca, tiene su personalidad y pasan cosas hermosas todas las noches. Ese otro Cosquín no está en decadencia".

Peteco Carabajal, uno de los que tocaron casi al amanecer, tiene una mirada similar. "No me quejo del horario que me tocó, pero sí de los artistas que están ocupando espacios centrales y que uno sabe que son arreglos y compromisos que tienen los integrantes de la comisión con determinada gente. Eso baja el nivel artístico del festival y se viene notando cada vez más. No me interesa más lo que pasa en la Próspero Molina. Cosquín se vive en las peñas. Para mí, ése es otro mundo. Creo que ya está agotado este modelo de festival con una comisión muy casera y donde no se sabe quién maneja los criterios artísticos. No quiero criticar porque eso no construye, pero tiene que haber una apertura para que haya un cambio."

Los integrantes de Los Tekis, otro grupo que nació del influjo de la vidriera que les proporcionó Cosquín en la década del noventa, hicieron circular su descontento en las redes. Juanjo Pestoni cuenta su experiencia de este año: "Lo que uno ve es que hay muchos grupos que se arman en diciembre y en enero están sobre el escenario. Para nosotros, eso es una falta de respeto, porque invertimos dinero y preparamos algo especial para una noche que después no podés disfrutar por los apuros, las peleas, la desorganización detrás del escenario y los cambios de horario. Cosquín estuvo muchos años sin Mercedes Sosa por todas estas cosas. Creo que es necesario que hagan una autocrítica".

Quizá parte de la lógica y las reglas del juego que predominan en Cosquín habría que buscarlas en su propio origen. Según cuenta Santos Sarmiento, uno de los fundadores del festival, en el libro Había que cantar, de Santiago Giordano y Alejandro Mareco, las cosas no cambiaron demasiado en el seno de la Comisión Municipal de Folklore. "Había dos grandes deficiencias: primero, no saber nada de folklore, y segundo, había que tener sentido empresarial." Pero en aquel momento sobraba creatividad, como cuando los fundadores, acompañados por todo el pueblo, decidieron montar el primer escenario del festival cortando la ruta 38 para que no pudieran pasar los autos y se quedaran en el pueblo. Quizá Cosquín sólo tenga que repasar su historia para aprender y no repetir los mismos errores.

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