Las puertas cerradas

Daniel Amiano
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2 de mayo de 2003  

¿Por qué los Doors quedaron impresos en una de las páginas de la historia del rock? No hay que pensar demasiado para encontrar la respuesta: Jim Morrison.

El cantante se proyectó como el poeta maldito que hipnotizaba a la audiencia con versos desgarradores y poses desafiantes. Era parte del juego de aquellos años sesenta. La música, un suave rock crudo que se apoyaba, sobre todo, en los teclados de Ray Manzarek.

Morrison solía decir que el trío que completaba a los Doors (el baterista John Densmore y el guitarrista Robby Krieger, además del citado Manzarek) "devuelve el orden con la música al caos que yo traigo con las palabras".

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Fueron sólo cuatro años de existencia, pero bastaron. A veces fueron discutidos por la crítica (aunque también se afirmaba, por ejemplo, en el diario The New York Times, que Morrison era "el símbolo sexual más poderoso aparecido en nuestra cultura popular desde James Dean y Elvis Presley"), pero adorados por el público; sus canciones reflejan sensaciones siempre ciudadanas, sobre todo con respecto a las relaciones (con la muerte y el sexo en el centro).

Pero el paso de trascendencia de Morrison -y, en consecuencia, del grupo- llegó en los años ochenta, cuando se multiplicaron los adoradores de esa figura que se apoyaba en su seducción para conquistar al público y que intentó ser retratada en el exitoso film de Oliver Stone.

La película no sólo ayudó a recuperar una música que había quedado archivada en el tiempo, sino que también trajo de regreso la figura de Jim Morrison, muerto en París a los 27 años (la misma edad a la que murieron Jimi Hendrix y Janis Joplin), cuando intentaba dejar de ser una figura del rock para dedicarse a la poesía.

De hecho, el nombre del grupo fue tomado a partir de un verso de William Blake: "Si las puertas de la percepción se limpiaran, cada cosa aparecería al hombre tal cual es: infinita".

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En los últimos días, George y Clara Morrison, los padres de Jim, demandaron a Manzarek y Krieger. Los dos músicos volvieron al ruedo como los Doors, con el ex The Cult Ian Astbury a cargo de la voz. Los padres dicen que están usufructuando la notoriedad del ex grupo para armar una banda totalmente distinta de la original. Y posiblemente tengan razón. Morrison no era un integrante más que pueda encontrar fácilmente un reemplazo.

¿Hace falta, hoy, explicar que el nombre Doors puede atraer una buena cantidad de público? Incluso, más allá de que la banda era un cuarteto y de que su sonido difería muy particularmente de lo que sucedía en su momento en la costa oeste, y de que este regreso con un recital en Nueva York haya sido muy bien recibido.

O podría pensarse que tal vez sea una nueva oportunidad para concluir aquello que se interrumpió en 1971 y que alguna vez pidió Morrison en su libro "Una plegaria americana": "Oh gran creador del ser/ concédenos una hora más para/ redondear nuestro arte/ y perfeccionar nuestras vidas".

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