Los prodigiosos dedos de Barboza

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13 de diciembre de 2001  

Recitales del acordeonista Raúl Barboza , acompañado por Rogelio Soria en guitarra, Amadeo Monges en arpa, Alfredo Remus en contrabajo y Facundo Guevara en percusión. Temas propios y del cancionero mesopotámico. En La Trastienda. Próximo concierto, mañana, a las 23.

Nuestra opinión: muy bueno.

La profunda crisis que vive el país se hace patente también en los espectáculos musicales. Raúl Barboza y su grupo la soportan con estoicismo en este galpón que, no hace mucho tiempo, en mejores condiciones socioeconómicas, no dio abasto a la legión de admiradores convocados por este formidable acordeonista argentino.

La misma atmósfera que se respira en la sala, antes de que aparezcan los protagonistas de la noche, es la de oyentes impávidos y abúlicos.

Un poncho rojo de guardas incaicas, una silla, en la que reposa una manta con signos indígenas, acompañan al arpa, cuyas notas, como dijo Bécquer, esperan la mano de nieve que sepa arrancarlas.

Cuando Raúl aparece, de camisa y pantalón blanco, ingresan junto a él los otros miembros del quinteto, anunciado antes como un cuarteto, al no mencionar la participación de la batería de Facundo Guevara.

Las pezuñas de la percusión y los diminutos fonemas de Barboza anuncian una noche de experimentaciones tímbricas y constelaciones indígenas. Una melodía lenta surge del acordeón, sorprendida por adornos crepitantes. Entonces la música de “Cherogape” va creciendo hasta alcanzar el ritmo festivo y arrollador de galopa con la luminosidad del tono mayor. Y de pronto, casi como una coda, o un da capo, de nuevo la melodía grávida, ensimismada, se hunde en el misterio.

Barboza acude entonces a la “verdulera” para ensayar con los bajos del instrumento un suspenso inquietante. Es el introito al chamamé “Fuelleado” que se desata en cadencias filosas y empuje irrefrenable. Gracia, swing y contundencia nos entrega el dominio virtuosístico de Barboza. Aquel que aprendió de los fabulosos acordeonistas franceses del bal musette, en París o dondequiera.

El acordeonista cultiva el don de la palabra. Se refiere al cariño que se tienen en el quinteto ad-hoc y a la necesidad de predisponerse a todo con espíritu positivo. Esta vez serán pocas sus reflexiones. Y uno se queda con deseos de seguir escuchándolas, porque siempre son sopesadas y sabias.

En su repaso de los ritmos mesopotámicos, Raúl no olvida a los grandes. Por eso rinde su tributo a don Tarragó Ros padre en “El pariente”, que él transfigura en nuevas cadencias y resonancias, con prodigioso dominio de adornos, y entre honduras y explosiones matizadas por acordes vertiginosos, tan propios de su estilo.

“El estibador”, un tema propio, que –confiesa– hace mucho que no saca a luz, compuesto en memoria de su padre, está pergeñado entre un vaivén de detenimientos y arranques, donde los repiqueteos, el alboroto y la exaltación arrebatan el discurso. Esta es la impronta del Barboza de la nueva visita. Diferente de aquellas exploraciones vanguardistas de sus anteriores presentaciones en La Trastienda. Aquí todo es nervio que empuja y serpentea, climas abruptamente contrastantes, rubatos y aceleraciones, énfasis virtuosístico que se precipita en climas inesperados y desconcertantes, fruto de la prolífica fantasía de músico indomable.

Solo con su fueye

Lo tímbrico parece dominar la noche a través de diversas combinaciones instrumentales donde, de pronto, el arpa y el contrabajo hacen silencio.

Llega el momento en que el acordeonista se encuentra solo con su fueye. Se trata de una clase magistral donde cunde lo esotérico junto al élan irrefrenable, donde la botonera hace prodigios difíciles de desentrañar.

Luego asomarán ritmos rioplatenses de armonía moderna, donde el arte de Barboza abre nuevos caminos con nuevas inflexiones, acentos, apuntes y bifurcaciones del discurso.

De vez en cuando el acordeonista mira su “teclado”, para acometer, como casi nadie, nuevos desafíos para la música de la región de los ríos.

Un solo momento de quietud sobrevendrá en la noche. Es cuando nacen unas cadencias de milonga lenta. Es una mirada interior, un momento íntimo, necesario casi entre tanto despliegue y arrebato.

Todo lo remozado brilla como nuevo. Por ejemplo “Merceditas”, o “Kilómetro 11” en insólitas versiones tan asombrosas como la propia del “Tren”, onomatopéyica, radiante, portentosa.

El quinteto ha demostrado una envidiable cohesión. Sobre todo en la transfiguración de una peroración compleja y saturada de cambios en lo rítmico, lo armónico y las atmósferas.

El arte de Barboza se mostró como nunca apabullante en ideas y plasmaciones arrebatadas. Quizás el ánimo colectivo hubiera pedido otros instantes de recogimiento, alguna indagación minuciosa, un poco de introspección, donde aniden la vibración interior y la emoción recoleta.

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