Música electrónica con sangre nativa

Fusión de samplers y sonidos tobas
Gabriel Plaza
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28 de septiembre de 2005  

"Diego es la parte tecnológica, cerebral, loopeada, y yo soy la parte visceral, la que investiga el lenguaje toba del grupo y el costado acústico de las canciones. Es una mezcla de dos culturas, la misma fusión toba-electrónica que se da en nuestra música." Las palabras son de Charo Bogarín, tataranieta de caciques guaraníes, cantante y letrista del grupo electrónico-toba Tonolec que, junto al programador Diego Pérez, creó una sorprendente fusión de ritmos de los pueblos originarios del Chaco con máquinas y samplers.

El primer disco del dúo, donde conviven canciones propias y tradicionales, cantadas en lengua toba y en castellano, con sonidos como el n´vique (violín de una sola cuerda) y secuencias electrónicas, fue el resultado de un viaje circular. En 2001, con el nombre de Laboratorio Wab, los chaqueños ganaron un concurso de MTV que los llevó vía directa a Europa. "Una vez allí nos surgió el interrogante. ¿Qué hacemos de original con respecto a otros grupos electrónicos? A la vuelta nos quedamos a vivir en Buenos Aires y nos dimos cuenta de que necesitábamos volver a nuestras raíces. En un viaje a Resistencia conocimos una comunidad toba y ahí cambió todo."

Corría 2002 y el dúo ya se había rebautizado como Tonolec, palabra en qom que denomina al caburé, un ave de canto hipnótico del monte chaqueño. Fueron dos años de investigación sobre la cultura y las canciones populares del pueblo qom, un intercambio especial con el Coro Toba Chelaalapí y el comienzo de una amistad profunda con la abuela "Iyaqué" Zunilda Méndez. "Me acuerdo de que el primer día llegamos a la comunidad con un montón de máquinas para grabarlos y filmarlos. Pero cuando los vimos reunidos como en una ceremonia no nos dio para sacar nada. Poco a poco les fuimos contando nuestra idea y allí apareció la abuela Zunilda que fue una de las transmisoras fundamentales de algunas canciones y nos terminó adoptando como sus nietos", relata Diego. "Era muy fuerte el contraste entre nosotros, que llegamos todos modernitos, y los jóvenes de la comunidad, que tenían remeras negras de Iron Maiden. Pero enseguida la gente más grande de la comunidad entendió el respeto con el que nos acercábamos y legitimizaron lo que terminamos grabando", apunta Charo.

-¿Qué aprendieron con la gente de la comunidad?

Diego: -Que hay una idea formada de precariedad sobre lo indígena, y no es así. Viven de una manera muy simple, pero con una riqueza cultural y espiritual impresionante. La música se vive como una comunión entre todos. En lo musical me enseñaron que con pocas cosas se puede decir mucho, y que ellos ya habían inventado el loop, porque sus cantos rituales son repeticiones de frases y sonidos.

Charo: -Aprendí a cantar como las abuelas, con una fuerza que sólo pude encontrar en mis ancestros. A los cantos tradicionales los tuve que aprender escuchando, porque no hay nada escrito. Pero eso me ayudó a comprender el sentido ritual de sus canciones y dio más poder en mi voz.

El rostro aindiado, los ojos profundos, la decidida certeza de Charo contrastan con la tonada chaqueña y la onda moderna de Diego. Cada uno explica este regreso a las raíces con una historia personal. Para Diego, Tonolec apareció al calor de la convulsión social del 20 de diciembre de 2001. "Es como que ese caos y esa ruptura con todo lo de afuera nos permitió ver cuál es la riqueza nuestra y saber que lo más lejos a donde uno puede llegar es a ser uno mismo, aunque suene a clisé."

Para Charo, otra cosa se prendió en su interior. "Comenzar este trabajo fue buscar en mis raíces ancestrales, porque por mis venas corre sangre nativa, como dice una de nuestras canciones. Yo tengo sangre guaraní, tengo tatarabuelos que fueron caciques y de eso me enteré hace poco. Así que aprender a cantar como hacían los antiguos fue increíble, una experiencia profunda, realmente profunda."

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