Noche de músicos brillantes

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23 de abril de 2004  

Concierto de la Orquesta Filarmónica de Helsinki. Director: Leif Segerstam. Solista: Reka Szilvay (violín). Programa: "La hija de Pohjola", fantasía sinfónica, Op. 49; Sinfonía Nº 2, en Re Mayor, Op. 43, de Jan Sibelius (1865-1957), y Concierto para violín, en Re Mayor, Op. 35, de Piotr Illich Tchaikovsky. Organizado por el Mozarteum Argentino en colaboración con Van Walsum Management Ltd. Teatro Colón.

Nuestra opinión: excelente

La inauguración de la temporada musical del Mozarteum Argentino fue excepcional por la calidad de la Orquesta Filarmónica de Helsinki, el carisma de su director titular, Leif Segerstam, el virtuosismo técnico de la violinista Reka Szilvay y la fascinante conjunción espiritual que se produjo para penetrar con total claridad en el mundo sonoro de Jan Sibelius, el compositor más representativo de Finlandia. Desde los primeros pasajes de la fantasía "La hija de Pohjola" se experimentó esa maravillosa sensación de comprensión espiritual por parte del intérprete que traduce la música nacional de su tierra. En este caso se escuchó una versión en la que además del estilo del director intervinieron todos los integrantes del organismo, consustanciados con los sonidos de una obra que, como la mayoría de las de Sibelius, estimulan la imaginación de escenas, historias y sentimientos provenientes de su pueblo y de su idiosincrasia.

También el conjunto hizo escuchar su jerarquía artística y su característica aparentemente predominante, más allá del manifiesto alto profesionalismo de cada integrante: su formidable densidad de volumen y la hermosa redondez y hondura en las sonoridades graves, provenientes de las filas de violas, violonchelos, contrabajos y bronces. Tampoco escapó de la apreciación la capacidad del organismo para lograr un amplio rango dinámico, desde sutiles transparencias hasta impactos de inusitada fuerza y grandeza.

De ahí que fuera placentero escuchar "La hija de Pohjola" como prólogo de lo que pudo haber sido un gran festival Sibelius en el más alto nivel interpretativo, lo que no se concretó porque la segunda composición, sin duda muy hermosa y grata, fue el famoso y popular Concierto para violín de Tchaikovsky, en lugar, por ejemplo, del magnífico concierto para violín del creador finlandés, que hubiera permitido por igual, pero aportando mayor interés artístico, el lucimiento de la joven violinista Reka Szilvay. Pero la realidad fue Tchaikovsky, con Szilvay como solista, que a lo largo de toda su intervención dejó escuchar formidables recursos técnicos, rara capacidad para lograr un cambio del color en el sonido al encarar el célebre movimiento andante y portentosa limpieza de digitación, además de inconmovible temple frente a la sala e inteligente y eficaz escuela de arco.

Sin embargo, Szilvay y Segerstam, al frente de ese impecable conjunto, ofrecieron una versión carente de la expresión ardiente y expansiva de la música de Tchaikovsky. Pero esto no fue un impedimento para que al finalizar el primer movimiento el público aplaudiera como si hubiera terminado la obra, detalle que no es habitual en los ciclos del Mozarteum y que podría haber sido motivado por la destreza e infalibilidad de la artista. La segunda parte fue imponente. Pocas veces la bien conocida segunda sinfonía de Sibelius pudo escucharse con tamaña fuerza y contundencia sonora como en esta oportunidad. Y rara vez un director dejó escuchar con tanta variedad de matices y un discurso musical de tan honda y conmovedora grandeza el entramado interno de la composición, características que surgen naturalmente de la mirada estética del músico, de su sensibilidad y de su profundo conocimiento del autor nórdico.

El impacto provocado por la versión logró un sostenido aplauso, suficiente como para sumar tres joyas del repertorio de Sibelius, otro motivo que descolocó aún más a Tchaikovsky. En primer término, una colorida y dinámica versión del movimiento Alla marcia, de la Suite "Karelia", Op. 11; luego, para marcar un buen contraste, como el propio Segerstam anunció en correcto español, llegó el famoso y hermoso "Vals triste", Op 44, pieza de la música incidental para la obra "Kuolema", del escritor finlandés Arvid Järnefelt, que hacía mucho tiempo que no se escuchaba en la sala, y el siempre emotivo y brillante poema "Finlandia", al que el maestro, al presentarlo, emparentó con la relación de su país y la Argentina bajo los mismos colores de sus respectivas banderas. Más allá de la simpatía y entrega del director, las tres obras agregadas fueron vertidas de manera brillante y certificaron la calidad de una orquesta homogénea en todos sus sectores, solistas virtuosos en el grupo de las maderas y una actitud de sus integrantes de disciplina ejemplar. El concierto inaugural del ciclo del Mozarteum Argentino fue el primer gran acontecimiento artístico de la temporada.

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