Noche psicodélica y misionera frente a la orilla del río Paraná

En Posadas se celebró la 44a edición del tradicional encuentro litoraleño, donde se reivindicó a un prócer local como Ramón Ayala, autor de "El cosechero" y también centro del film de Marcos López
Gabriel Plaza
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26 de noviembre de 2013  

Con 86 años, Ramón Ayala lanza una nota final vibrante, grave, agónica, extraña y épica, como si quisiera dejar una huella grabada de ese momento preciso en la memoria colectiva de la cultura misionera. Los espectadores que colman el anfiteatro reciben el cimbronazo emocional de esa canción llamada "El cosechero", que escucharon alguna vez en boca de sus padres, de sus abuelos, y le devuelven, como gesto de gratitud, una ovación conmovedora. A su lado, Pedro Aznar, "la leyenda del rock nacional", como lo había presentado el locutor de la 44a Fiesta Nacional del Litoral, virtualmente desaparece frente a la leyenda viva de Ramón Ayala. El ícono misionero, que tiene su propia estatua frente al Paraná, es el último sobreviviente de una estirpe de grandes creadores misioneros (Alcibíades Alarcón, Fermín Fierro, Vicente Cidade, Blasito Martínez Riera), un antihéroe con imagen kitsch que retrató con ternura y autenticidad Marcos López, y que empieza a tener su tardía y legítima reivindicación personal.

Todos saben sus canciones en Misiones: "Posadeña linda", "El Mensú", "Retrato de un pescador", "Mi pequeño amor", pero algunos todavía no asociaban el rostro de ese personaje llamativo con el enorme poeta psicodélico y trascendental que dio la cultura popular misionera. Se habla de Ayala en Posadas, en estos días de festival. Es el segundo día que el cantautor pisa el escenario, pero podría haber sido el último: durante su actuación del viernes, el folklorista dio un paso en falso en las largas escaleras de este anfiteatro montado en picada, sobre el lomo del cerro Pelón y que mira de frente al Paraná. "Casi me suicido", le dijo con picardía y susto al periodista que lo agarró en el aire de su ropa. El episodio pasó y Ayala pudo cumplir con sus rituales preferidos, como aparecerse en los lugares que nadie espera y recitar una poesía extendiendo los brazos en alto o bajar las escaleras del anfiteatro, en medio del público, escoltado por dos bellas señoritas.

Fue un día de reconocimientos. Los otros que subieron como estrellas regionales son Los Hermanos Núñez. Regionales y universales, expresan todo lo que puede dar la música litoraleña y más. Polkas, chotis, galopas y chamamés arman la cosmogonía de estos muchachos sencillos, "muy queridos porque no se fueron a vivir a la ciudad, como otros; te los podés encontrar en la calle, como a cualquiera", explica un misionero tras bambalinas. Pero estos músicos no son como cualquiera: los Núñez parecen de otro planeta cuando tocan la guitarra y el bandoneón, acompañados por una banda groovera y explosiva. En ese magma de sonidos misioneros, brasileños, correntinos y paraguayos construyen un mosaico que forma la base de la cultura local. La banda, con el Chavo Núñez en la guitarra, que ocupa el centro, y Pico Núñez en el fuelle, exuda un power funk criollo de alto poder chamamecero, que pone a bailar a la gente. Se van como héroes del escenario.

El otro reconocimiento es para la cantante María Elena, una figura emblemática de los sesenta consagrada en este festival litoraleño, que recibe un tributo a cargo del ballet del festival. Es noche de misioneros y Joselo Schuap aparece con su espectáculo "Cuatro banderas", como una forma de unir culturas naturalmente unidas en la región, pero que estuvieron gravemente enfrentadas durante la Guerra de la Triple Alianza. "Quién hubiera pensado matar a su hermano, su primo o su abuelo. Eso pasó durante la Triple Alianza. Por eso esta canción. Perdón Paraguay", grafica el cantautor.

El músico, que integra el movimiento de Músicos Populares Misioneros, reunió la milonga y el chotis, el chamamé y la galopa en su concierto y cerró con "La Placita", una suerte de rap chamameceado que pone al público a cantar: " Ven í a la pla c ita modelo , que viene el pasero desde Paraguay ". Hasta una pareja de chicos góticos se ponen a bailar con esta "cachaca" chamamecera.

Pedro Aznar llegará luego para jugar de local. "Una vez que los misioneros te adoptan, ya está", dice el periodista Café Azar. La mansedumbre solista de Aznar frente a la multitud se corona con el encuentro sobre el escenario con el autor de "El cosechero". Ayala se roba el protagonismo y Aznar se llevará la buena impresión que dejó su concierto. Quedan el Monci Encina y los Hijos de los Barrios para darle el toque popular al encuentro.

Al otro día, un melómano local evoca la jornada. En su casa suena el último de Prince, blues, rock brasileño, Guillermo Klein y Ramón Ayala. Es el último día y un final perfecto. La visita a Posadas termina. El auto avanza. Las casas con ladrillos huecos y costuras de cemento a la vista donde viven los desplazados se mezclan con los barrios tradicionales. La nueva costanera ofrece un último vistazo a Posadas. El río Paraná parece domesticado, como una laguna mansa y perfecta de un club de campo, que besa la orilla de la ciudad. Los árboles, frondosos, selváticos, en cambio, parecen querer avanzar sobre la ruta. Es la tensión entre el hombre y las fuerzas de la naturaleza. En el auto suena un tema de Alfonso Barbieri. Psicodelia más litoral.

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