Orquesta con desnivel

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18 de mayo de 2003  

Orquesta Sinfónica Nacional. Director: Stefano Mazzoleni. Solistas: Cuarteto Milenio (Rafael Gíntoli, Sergio Polizzi, violines; Mario Fiocca, viola; Carlos Nozzi, chelo). Programa: Luigi Nono: "A Carlo Scarpa architetto, ai suoi infiniti possibili"; Pompeyo Camps: Concierto para cuarteto y orquesta, Op. 78; Witold Lutoslawski: "Chain 3"; Nino Rota: "Suite de La strada". Auditorio de Belgrano.

Nuestra opinión: bueno

Poca gente para un concierto habitual de la Sinfónica. Mucha gente, muchísima, para un concierto atípico de la Sinfónica, conformado por cuatro obras escritas en la segunda mitad del siglo XX, tres de ellas en los 80, la más antigua en 1966, la suite del ballet "La strada", de Nino Rota. Y, por lo tanto, la calificación que antecede a este comentario no se apoya únicamente en la consideración de las cualidades de una interpretación sino en la sumatoria de dicha interpretación y los valores que aporta cada una de las cuatro obras presentadas, dos de ellas en primera audición en el país, las de Nono y la de Lutoslawski; otra exhumada del letargo, la de Camps, y la de Rota que, menester es aclararlo, no es el resumen de la música incidental que escribió para el glorioso film de Fellini, sino que es el resumen de su ballet, de 1966.

Siguiendo el orden de presentación, que no equivale al de los méritos, según la opinión de este cronista, la noche se abrió con "A Carlo Scarpa, architetto", de 1984, del veneradísimo Luigi Nono. Sobre el escenario, casi como los restos de una gran orquesta, estaban diseminados en grupos separados y dejando territorios deshabitados unos cuarenta músicos. El que no estaba, por ejemplo, fue el oboe, acostumbrado a ofrecer el la para la afinación colectiva. En su reemplazo, la flauta, extrañísima para estas diligencias, ofició de diapasón.

La pieza está trabajada sobre sonidos aislados, con algunas inflexiones microtonales, en texturas muy deshilachadas. A lo largo de muchísimos instantes, las marcaciones en cuatro tiempos del director, hacia la nada, sólo servían de referencia para que los músicos supieran en qué instante articular un sonido.

La obra se extiende lentamente y sin contrastes de ningún tipo y sin que la orquesta tenga que emitir algún sonido prolongado. Agregado a la partitura, y fuera de la decisión de Mazzoleni, el único sonido largo y estentóreo que rompió la monotonía de los monosílabos musicales aislados fue el ulular de una sirena, presumiblemente de ambulancia, en estos tiempos de paz y democracia, que, desde el exterior, se introdujo dentro del recinto del Auditorio de Belgrano. La interpretación de la orquesta se ajustó a las órdenes precisas, exactas del director. Pero para una obra de estas características no se requiere, por caso, la mejor orquesta del planeta. Como no sería necesario recurrir a un excelso actor dramático para articular palabras sueltas sin un sentido textual comprensivo. La obra podría durar más o podría durar menos. Las notas podrían ser esas u otras. Nono sólo apuesta a la generación de cierta espacialidad sonora, casi como si los sonidos destemplados estuvieran para matizar o romper el silencio.

Después la orquesta se armó en su totalidad y el Cuarteto Milenio se ubicó delante de ella para tocar el Concierto para Cuarteto y orquesta de Camps. La obra es muy extensa y, a medida que pasaban los minutos, el interés iba decayendo. Al comienzo arrancó el cuarteto. Largamente. Luego fue el turno de la orquesta, también largamente. En algún momento se juntaron, pero también hubo cadencias para cada uno de los solistas -sólo los violines afinaron correctamente- y, como muestrario de capacidades, Camps paseó por momentos austeros, otros explosivos, algún vals se entremezcló con sonidos de music hall y no faltaron los larguísimos pasajes tangueados, "a la Piazzolla". El concierto es una obra de construcción académica, irrefutable en su armado, pero poco interesante y demasiado extensa.

Lo mejor de la noche

Después del intervalo, la Sinfónica y su estupendo director presentaron "Chain 3", de 1986, una obra maestra de Witold Lutoslawski, por lejos, lo mejor de toda la noche, por los valores de la obra y por la concentración de una orquesta que, cuando tiene a un buen director y ciertos desafíos por delante, parecería salirse con cierta holgura de algunas pobres rutinas que en nada la favorecen. Sin entrar en especificaciones compositivas, la obra es fascinante por su sonoridad atrapante, sus contrastes, las sutilezas de la continuidad, lograda a través de distintas técnicas y recursos (precisamente, la llamada "técnica de la cadena", que caracteriza al discurso de Lutoslawski) y el equilibrio general.

Para el final, desde la "tradicionalidad", llegó la suite "La strada", de Rota. Como en casi toda la música de este compositor italiano, la escritura es correcta y toma en cuenta las peculiaridades de cada instrumento para lograr el mejor efecto deseado.

Pero, por otra parte, cuando se escuchan sus creaciones, también aparecen, inevitables, las fuentes en las cuales abrevó. Casi como una galería, entre sus sonidos fueron apareciendo Puccini, el bel canto italiano, la música circense, músicas populares de Italia y de los Estados Unidos, el music hall, algo de Stravinsky y, fundamentalmente, el alma y la esencia de Shostakovich, quien, es necesario recordarlo, ya en los años 30, y sin modelos previos, supo conjugar muchos estímulos en un lenguaje y un estilo propios en la escritura de música incidental para el cine, para el ballet y para el teatro.

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