Orquesta de cámara de Múnich y Lise de la Salle: una visita feliz al laberinto de Mozart

De la Salle en acción: puro deslumbramiento
De la Salle en acción: puro deslumbramiento Crédito: Liliana Morsia
Pablo Gianera
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15 de mayo de 2019  

Orquesta de cámara de Múnich y lise de la salle / Solista : Lise de la Salle (piano) / Programa: Serenata para orquesta de cuerdas, opus 20, de Edward Elgar; Concierto para piano y orquesta n° 9 en mi bemol mayor, K 271 y Sinfonía n° 29 en la mayor, K 201; Company, Cuarteto para cuerdas n 2 en versión para orquesta de cuerdas, de Philip Glass. Mozarteum argentino. En el Teatro Colón/ Nuestra opinión: Muy buena

El Concierto en mi bemol, K. 271, conocido como Jeunehomme, es un caso límite no solo dentro de la poética mozartiana, sino, de una manera más general, del clasicismo entero. Ese límite no consiste en una condición terminal (como si fuera el último eslabón de una tradición) ni tampoco en una dimensión estrictamente inaugural (aun cuando el concierto está repleto de novedades). Se trata más bien de una manipulación estilística y formal completamente inusitada en un compositor que tenía veinte años.

En su estudio sobre el estilo clásico, Charles Rosen fue muy claro en este punto: "¿Excentricidad o comedimiento clásico? ¿Licencia o corrección? Mozart, con un sentido de la proporción y de la idoneidad dramática que ningún otro compositor ha superado, solo se impuso las limitaciones de las normas que él establecía y formulaba de manera nueva para cada pieza". Esto explica la fascinación y la debilidad que tantos pianistas (de Alfred Brendel a Bruno Gelber, por citar solamente dos) tienen por el Jeunehomme. La primera sorpresa sobreviene en los inicios mismos, cuando el piano solista interviene en los seis primeros compases y después enmudece en el resto de la exposición orquestal, algo que nunca se había hecho antes y que el propio Mozart no volvería a hacer tampoco, como si se resistiera a la repetición. Así las cosas, resulta arduo encontrar un nuevo enfoque para el concierto. La francesa Lise de la Salle lo logró con una contundencia inobjetable.

Ya desde los trinos del Allegro, resultó evidente que De la Salle no tenía planeado resignarse a ningún amaneramiento. La suya fue una visión estructural, sostenida por una solvencia técnica sin fisuras (brillo acerado en el Rondó), atenta a la construcción (los juegos de simetrías y desvíos) y alérgica a cualquier efusión impertinente. Que se entienda: no hubo ninguna frialdad; por el contrario, el Andantino -uno de esos milagros mozartianos- tuvo una respiración doliente y, a la vez, fue pura transparencia. De la Salle hizo un sola pieza fuera de programa en la que mostró que puede jugar en cualquier liga: el preludio La fille aux cheveux de lin, de Debussy.

Pero nada habría sido posible sin la Orquesta de Cámara de Múnich, que parece haber nacido para Mozart. La cuerda tiene un lirismo sin atenuantes, pero espeso como un óleo. Así también, enérgica y estratificada, fue la lectura de la Sinfonía N° 29.

El concierto había empezado con Serenata para orquesta de cuerdas, opus 20, de Elgar, una pequeña obra maestra de la contención y la elegancia que en otras manos habría resultado exangüe y que nuestros músicos de Múnich convirtieron en una meditación con drama pero sin tragedia.

Inversamente, en Company, de Philip Glass la orquesta puso al desnudo las continuidades y las rupturas. Glass presenta movimientos contrastantes que, sin embargo, parten del mismo material, aunque es probable que toda la música del compositor estadounidense no tenga más que un único y mismo material. La noche se cerró con el Lyrisches Andante de Max Reger. En todo caso, el sortilegio de De la Salle y la orquesta se había consumado. Esta noche se repetirá.

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