Peligros de la tecnología

Jorge H. Andrés
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28 de enero de 2002  

Nunca hubo sosiego para las clásicas grabaciones del pasado, mucho menos durante este interminable invierno digital en el que el rótulo "Digitally remastered" parece garantizar la resurrección de viejos discos en condiciones de audio esplendorosas.

Quienes siguen sucumbiendo a la tentación de adquirir otra vez la misma música no siempre terminan satisfechos con restauraciones artificiosas de piezas queridas que vuelven del tratamiento exageradamente aseadas, desprovistas de personalidad sonora, tan retocadas que se tornan irreconocibles.

En el largo siglo durante el que sólo se dispuso de tecnología analógica, la obsesión fue reducir los ruidos inevitables. Sin necesidad de recordar aberraciones como la estereofonía falsificada o el disco de corte directo, sobran los intentos nefastos que en esa búsqueda vana del sonido perfecto eliminaban más información musical que interferencias y muchas veces terminaron extraviando valiosos originales. Especialmente en el país, cuando vino la fiebre de transcribir a inestables cintas magnéticas las nobles matrices de laca o metal. No solamente degradaron la fuente para futuras ediciones sino que, como la transferencia fue parcial y con el criterio fijado por un personaje que mientras comandaba la masacre estaba inventando "El club del clan", perdieron los masters de casi todo lo grabado antes de los años 50: más de la mitad del tango, mucho folklore, el simpático "jazz de confitería" y la producción popular transitoria, interesante como documento de época.

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La restauración ahora está a cargo de otro tipo de gente. Son tecnócratas que discuten si deben usarse programas de reducción de ruidos -y decoloración de música-, como Cedar o No-Noise, o procedimientos híbridos de invención propia, electricistas obsesionados por lograr una pulcritud quirúrgica y la falsa meta de que ruinosas placas del siglo pasado aparenten haber sido grabadas con los recursos actuales. Hasta los mejores especialistas se comportan como arrogantes enamorados de su artesanía, se sienten dueños de surcos dañados, saben que los pueden curar, pero no les duele perder la magia sonora que allí se esconde, porque para ellos el silencio es más importante que la música.

Doug Pomeroy es un buen ejemplo de cómo se piensa en esta corporación. Un notable ingeniero que ha rescatado exactamente la obra de Mildred Bailey y Bix Beiderbecke no tiene pudor en sentenciar: "Lo que hago es más que una restauración de lo auditivo; se trata de una recreación de la música tal como supongo los artistas la tocaron en el estudio". En ese camino se ha extraviado el legendario Rudy van Gelder, para quien han creado una serie dentro del sello Blue Note en la que se permite adaptar sus inmejorables registros del pasado al gusto de hoy. En la reedición publicada en 1997 de "Kind of blue", álbum clave de Miles Davis, el oyente es notificado de que uno de los grabadores en la primera sesión tenía problemas de velocidad, se elogia la pericia de los técnicos que corrigieron el inconveniente y, con ingenuidad, se invita a escuchar finalmente esos temas como se debe. No entienden que esas obras maestras, "So what" y "Blue in green", fueron incomparables experiencias emotivas para varias generaciones y cambiaron la manera de tocar jazz para siempre sonando de aquella manera, defectuosa quizás, pero agresiva y cautivante. Mucho más tenebrosa y densa que el límpido rematrizado del que tanto se ufanan.

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