Primeros pasos de un renovador

Pola Suárez Urtubey
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31 de enero de 2002  

El Sexteto Op. 4 de Schönberg es la prueba más cabal de que el músico vienés, que había nacido el 13 de septiembre de 1874, no fue ni revolucionario ni iconoclasta, sino un creador que, afirmándose en la música de su tiempo, la llevó por la senda de una transformación ineludible. En efecto, Schönberg parte de los dos grandes compositores que en la segunda mitad del siglo XIX escindieron abismalmente a la música romántica: Wagner y Brahms.

En ese sexteto para cuerdas titulado “Verklärte Nacht” (Noche transfigurada), de 1902, esos influjos son manifiestos, aunque con una distinción notoria. En apariencia, la obra está henchida de lenguaje wagneriano. La melodía expresiva se expande como en un continuo arabesco, permanentemente renovado, que recorre los procedimientos de Wagner. La búsqueda de ese lenguaje expresionista que marca la producción de Schönberg anterior a la guerra del 14, encuentra su primera fuente en el melodismo cromático de Wagner, al que aquél llevará al extremo, para terminar por quebrar el orden tonal, ya muy debilitado por los románticos.

Pese a tan directa procedencia wagneriana, el Sexteto Op. 4 debe mucho asimismo a los dos sextetos de cuerdas de Brahms. En una primera apreciación, resulta difícil explicarse el hecho de que el joven Schönberg haya tomado como modelos a dos músicos estéticamente tan opuestos. Brahms es el defensor de la forma (sin ella, “todo es un montón de arena”, dice, siguiendo a Lessing), mientras el procedimiento por excelencia de Wagner, la melodía infinita, representaba “la falta de forma erigida en principio”, según afirmación del temible crítico vienés Eduard Hanslick. Sin embargo, hay constancia de que Schönberg trabajó su Op. 4 con los sextetos de Brahms a la vista, cuyo análisis le sugirió no pocas ideas.

Pero hay una prueba más, y definitoria. En 1933, al cumplirse el centenario del nacimiento del compositor hamburgués, Schönberg pronunció una conferencia titulada “Brahms, el progresivo”, donde asegura que su propósito es el de probar que Brahms, el clásico, el académico, según juicios rutinarios, fue un innovador en el dominio del lenguaje musical.

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En su sexteto para cuerdas, compuesto en 1899 e instrumentado para orquesta de arcos en 1917 con revisión en 1943, Schönberg introduce el estilo programático en la música de cámara, al inspirarse en un poema de Richard Dehmel, en el cual se plantea un tema de gran intensidad erótica. En un bosque iluminado tenuemente por la luna, la mujer confiesa al hombre que lleva en su seno un hijo de otro. El hombre la perdona, la bendice y aceptará a ese hijo como si fuera propio.

La riqueza melódica y su fascinante clima expresivo explican que esta obra primeriza, que este año cumple su primer siglo de existencia, figure con relativa asiduidad en los conciertos. También el ballet se apropió de ella cuando, en 1942, el coreógrafo Antony Tudor la estrenó en Nueva York con el titulo de “Pillar of fire” .

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