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Roger Waters: la pared se acerca a Buenos Aires

Adelanto del impactante show que, desde el miércoles, copará por nueve noches el estadio de River
Dolores Moreno
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4 de marzo de 2012  

SANTIAGO, Chile.- Oscuridad absoluta en el estadio, puntualidad inglesa. Waters sale al escenario con su traje habitual (todo de negro) y una lluvia de fuegos artificiales brotan de la tarima. Es una suerte de película, los sonidos envuelven al público mientras "In The Flesh?" inunda el espacio y un ruido de motor va dando vueltas en los 6 parlantes que rodean el estadio. Y entonces, una avioneta sale de la torre de sonido y choca contra el muro. Más fuegos artificiales. Así, Waters saluda al público y promete sin decirlo una experiencia única, donde la protesta política y la riqueza escénica se van a aggiornar al siglo XXI sin perder la esencia.

Una ópera rock, la mejor propuesta en ese rubro, según los entendidos, está por empezar. Todos de alguna manera saben lo que van a ver, entre 1980 y 1981 se realizaron 29 presentaciones del álbum, The Wall fue una de las películas más influyentes en su época y además, hace casi dos años que Waters está de gira con esta puesta y muchos pudieron disfrutar de la versión de "Comfortably Numb" que hizo el año pasado en Londres con David Gilmour. Pero, la pregunta es, a pesar de todo eso, ¿uno se puede sorprender? ¿La expectativa matará la realidad, o la realidad superará la expectativa?

A días de la visita más esperada de 2012, Roger Waters sigue lentamente expandiendo su muro. Por primera vez en un estadio al aire libre, el mito viviente que supo convertir su vida en una ópera sinfónica se va acercando. Para que la acústica sea lo suficientemente envolvente se sumaron seis torres ubicadas alrededor del público, para lograr un sonido cuadrafónico. Sí, una superproducción, y para agregar un dato, de esa pared inmensa hay 246 ladrillos que caen y cada uno de ellos cuesta 100 dólares.

Una multitud se acumula en uno de los estadios más emblemáticos de América del Sur. Es acá, justamente en el Nacional, donde hace casi 40 años fue asesinado Víctor Jara; Roger lo sabe, por eso, simplemente decide dedicarle el concierto (a él y a todos los desaparecidos y torturados) y todo se vuelve -si es que es posible- más emotivo de lo que ya de por sí es. Antes, miles de fotos de fallecidos en distintas guerras fueron expuestas en el muro en una especie de ficha con sus datos de nacimiento y defunción.

Hablar de la influencia de The Wall en cada una de las personas que están en el Nacional no terminaría de ilustrar la escena. Esa obra que tan bien retrata una sociedad y una realidad sigue siendo actual, y eso es lo que prevalece cuando después de dos horas y media (incluida media de intervalo) se derrumba y cae ladrillo a ladrillo el legendario muro. Tanto desde lo visual como desde lo simbólico esa pared habla de la historia de Pink, el joven músico que supo ser una suerte de álter ego de Waters, pero su mensaje es más profundo: tiene que ver con la historia de la humanidad y con una crítica destartalada a una sociedad pervertida que, al parecer, en estas últimas tres décadas no aprendió nada.

Atrás del muro

Desde el minuto uno, la obra (obra, porque más que un concierto es una pieza teatral perfecta) deja estupefacto a cualquier espectador. Hay un público absolutamente heterogéneo. El estadio parece el espacio ideal para reunir a todas las generaciones y hacer caso omiso a las diferencias políticas que supo haber. Aunque esa temática va a estar presente en toda la psicodélica propuesta del británico que, con falsos grafitis que aparecen en el muro ("Quien muere de hambre, muere asesinado", "Capitalismo", "¿Ustedes creen en los gobiernos?") manifiesta su negación al sistema.

De principio a fin y con algunos cambios mínimos, el disco que fue editado en el 79 y llevado al cine en el 82, va a sonar como hace más de 30 años; incluso Waters se va a animar a ensamblar con el vivo una versión de él cantando "Mother" en los 80.

Para entender un poco, basta imaginar un escenario donde hay un muro al que le faltan los ladrillos del centro (donde están los músicos) que ocupa la totalidad del espacio y que a lo largo del primer acto, se le suman los ladrillos que faltan, de manera casi imperceptible. De a poco el enojo de Pink (Waters) con el mundo se hace nítido, palpable. El fue el que perdió al padre a los pocos meses y que aún lo sigue extrañando. Y esa ira no puede expresarse más que gritando.

El muro funciona como la plataforma perfecta para la proyección de imágenes. The Wall es tan estética como fue su versión cinematográfica. Las luces y los sonidos entraman la historia a la perfección. Y así en los 10 metros de pantalla circular, que todavía no fue tapada por los ladrillos, aparecen fotos de personas que murieron en la guerra; esas imágenes se multiplican en el muro mientras suena "The Thin Ice".

Pero claro, esto recién es el principio. Todavía falta esa canción que tuvo todos los usos posibles (desde bandera política hasta hit en una disco) y el reclamo, el gran reclamo a la educación inglesa. Una marioneta gigante y colorida se mueve sobre el escenario mientras Waters y sus 12 músicos le dan vida a "Another Brick In The Wall" y ahí aparecen los chicos que sin tapujos amedrentan a la figura de autoridad y lo increpan: "No necesitamos ninguna educación. No necesitamos que controlen nuestros pensamientos". Los chicos interpelan a la marioneta, las imágenes se reproducen en el muro, los ladrillos de a poco van ganando terreno.

Y de vuelta el sonido envuelve el ambiente y aparecen unos pajaritos que se convierten en aviones. Como todo, la trama va creciendo y de esos aviones empiezan a caer signos de distintas culturas y religiones; también logos de marcas (Shell y Mercedes-Benz), y así pasa "Goodbye Blue Sky". Lo bélico y lo retórico se unen. Sólo se ven los músicos, todo lo demás fue tapado por la pared blanca. En "Goodbye Cruel World" va a quedar sólo Waters en el escenario y va a ser quien ponga el último ladrillo: ya no hay más nada, todo se trata de una pared.

Adelante del muro

Veinticinco minutos después, el muro no tiene ni una sola grieta. Empieza a sonar "Hey You", pero nadie puede verse. De a poco y a medida que pasan las canciones -siempre respetando el orden del álbum- se abren agujeros en la pared imponente, por donde puede verse a Waters. Hasta que finalmente se pone delante del muro y en "Comfortably Numb" canta acompañado desde arriba (las luces juegan un papel fundamental en la puesta) por Dave Kilminster (guitarrista y vocalista). Más tarde aparece el infaltable cerdo rosa que sobrevuela cabezas, mientras toda la banda vestida como un ejército militar está delante del muro. Con "Run like Hell" todos se paran, y a partir de ahí, las luces, el muro, el chancho, absolutamente todo impacta. Cientos de veces parece que los ladrillos están por caer pero es puro efecto visual.

Waters agarra una ametralladora de juguete y va contra el mundo, con aires de venganza pero sin perder la compostura. Los colores sangre se multiplican en el fondo, suena "The Trial" con los dibujos de The Wall . El muro sigue en pie hasta que con 50.000 personas arengando, las 246 piezas caen. Con una escenografía de post guerra, y los escombros de fondo, Waters y su gente se despiden. El resto del mundo queda estupefacto.

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