Silos, España: un día en el medievo

Pola Suárez Urtubey
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26 de febrero de 2004  

¿Se acuerdan de Silos?

Quizá no. O acaso sí, porque hace un buen número de años se propagó por el mundo entero el gregoriano cantado por los monjes del monasterio benedictino de San Antonio de Silos.

Los medios daban cuenta de que aún los más locos por el rock vaciaban las bateas de discos y cassettes, sea en Nueva York, en Tokio o Buenos Aires, para hamacarse en el suave ondular de esas ignotas melodías, con una entrega y un deleite desligados del contexto religioso que les dio origen.

Aún más, algunos músicos de entonces, de pop como de clásica, hallaron la manera de combinar aquello con lo suyo propio.

Pasando por Lerma con destino a Burgos, nos desviamos hacia Silos hace menos de un mes, exactamente el 31 de enero. La idea era escuchar a los monjes en su propio medio, donde cantan en cinco momentos de la jornada (maitines, laudes, misa, vísperas y completas), según la práctica secular.

* * *

Pero la suerte quiso que ese día, justamente ese día, tuviera lugar la fiesta anual de "Los jefes", con un ritual sorprendente en el que se superponen en garboso contrapunto la leyenda, la historia y la más florida fantasía popular.

Una viejita desdentada de edad inmemorial que apareció de pronto, envuelta en una capa negra, como escapada de una tenebrosa pintura de Goya, nos espetó la leyenda según la cual durante la invasión musulmana a la península, un ejército de moros puso sitio a la villa.

Ante la desigualdad de fuerzas, sobrevino una estrategia salvadora, que consistió en simular un incendio y con él la destrucción de todos los bienes. En la oscuridad de la fría noche castellana, ardieron hogueras y retumbaron gritos de hombres y bestias, en un gran teatro cuyo caos y devastación llevaron al sitiador a volver grupas y olvidarse del asunto. Con el paso de los siglos, la imaginación no tuvo límites, conformando un mosaico irrepetible de quimeras.

* * *

Varios momentos de la fiesta de "Los jefes" me cortaron el aliento. La primera, a las cuatro y media de esa tarde fría y lluviosa, era una prueba ecuestre en la pequeña plaza empedrada, medievalísima, del pueblo.

Entonces los jefes (elegidos entre los varones casados) y otros audaces jinetes realizaron, bajo el implacable redoble de un tambor, su antiquísimo ritual, parecido a una carrera de sortijas.

Sólo que aquí la argolla era el cuerpo de un gallo, previamente sacrificado y colgado de una soga, al que, en desorbitado galope, debía arrancársele el cogote.

Pero fue al anochecer cuando la historia de nuestra remota trujamana se hizo realidad: Silos en llamas, y otra vez el pueblo, encendidas las hogueras, parecía devorado, con todos nosotros adentro, por un pavoroso incendio, mientras entre sones escalofriantes de trompetas se invocaban los nombres de Jesús y de María.

Al día siguiente, acallados los gritos, las trompetas y tambores, el monasterio del siglo XI ofreció la misa de acción de gracias, se entregaron despachos a los Jefes, y entre rezos y cantos se recordó a sus muertos y se despidieron hasta el año venidero.

En conmovedora y fantástica ceremonia, los monjes de Silos elevaron sus voces en lírico vuelo, con escorzos melódicos de inaudita belleza y libertad.

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