Sin pretensiones y con originalidad

Gabriel Plaza
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3 de diciembre de 2001  

Recital de Jorge Drexler. Músicos: Luciano Superville (scratcher, samplers), Nicolás Arnicho (percusión), Edu Lombardo (percusión), José Sanmartín (batería), Gonzalo Gutiérrez (bajo), Ana Lan (coros) y Juan Campodónico (guitarra eléctrica). Teatro Astral.

Nuestra opinión: bueno.

Escuchar a Jorge Drexler puede resultar una experiencia placentera. Un oasis en medio de un desierto de canciones. Sólo que los oasis pueden ser una realidad o un espejismo. Por momentos, el recital del músico montevideano ofrece esa doble visión. Drexler no se propone una mirada pretenciosa. Eso moviliza una propuesta donde lo importante es el ritmo, la uruguayidad y el sentido de un pop cosmopolita, hecho de jirones de otras culturas, que se viene mostrando sobre todo en sus dos ultimos discos, "Frontera" y "Sea". Drexler, reconocido en España, elige en este concierto alimentar a su música de dos elementos nobles, como son el cuero y la madera. Por un lado, está él solo, con su guitarra acústica, parado como un roble en medio del escenario, con una apariencia gestual minimalista y una voz pequeña. Lo rodea una cuerda de tambores, ejecutada por Arnicho y Edu Lombardo, que bombean el sonido candombeado de las canciones.

La fórmula sonora se termina de cohesionar con el uso de un scratcher , que dispara los samplers y toca -según Drexler- el tambor de vinilo de múltiples usos. Por ejemplo, es el encargado de disparar la voz de Alfredo Zitarroza mientras el grupo se prepara para arrancar con una primera parte más folklórica y montevideana como la percutiva "Crece", el candombe "Río abajo" o la canción con aires de chacarera y malambo "Vaivén". Esa falta de purismo a la hora de ponerle una letra original a una chacarera o no ceñirse puntualmente a la rítmica es lo que hace más interesante su propuesta.

Las canciones con cierto dulzor, historias pequeñas, la ironía de ciertas letras, la rítmica de algunos temas, generan los cambios necesarios que no aparecen en una interpretación por momentos un tanto monocorde pero que es parte fundamental de esa estética lánguida y despojada, que apuesta a la sorpresa del detalle mínimo, ya sea sonoro o literario, aunque no siempre resulte tan atractiva. En la simpleza, Drexler encuentra su mejor diálogo con la música. Sobre todo cuando interpreta las zambas "Alto el fuego" o "Zamba del olvido", y el candombe "Aquellos tiempos" (cercano a un Pedro Guerra), sólo acompañado de su guitarra.

Pero también consigue buenos resultados en vivo cuando ensancha su mundo musical y logra materializar esa fusión de trovador modelo electrónico en "El pianista del gueto de Varsovia", donde Luciano Superville ofrece los climas justos, con sus samplers y efectos. En esos tramos el cantautor consigue un verdadero pop de corte tercermundista, donde también hay espacio para la bossa nova o el funk. Sólo cuando Drexler exagera apartándose de su estética para invitar al histriónico Diego Torres, en la rumba "Carta canción", las cosas no salen muy bien. Sin embargo, al ecléctico público -formado por un sector popular bien uruguayo, que acompaña las canciones con palmas, y una platea mas atraída por los hits- no le importa demasiado que Drexler se olvide una letra, mientras se acuerde de canciones como "Frontera" o la pegadiza "Sea", donde todos corean la letra.

El homenaje a George Harrison, en el final, no tuvo un cariz oportunista. "Hoy nos enteramos de su muerte -dijo el montevideano Jorge Drexler- y queríamos hacer algo de él, así que elegimos "Something", pero en una versión candombe." El tema de los Beatles, con tambores, fue uno de los mejores momentos del show. Sin darse cuenta, Jorge Drexler demostró que más allá de honrar a uno de los padres del pop, del que también se siente heredero, siempre aparece la memoria del cuero.

Escuchar a Jorge Drexler puede resultar una experiencia placentera. Un oasis en medio de un desierto de canciones. Sólo que los oasis pueden ser una realidad o un espejismo. Por momentos, el recital del músico montevideano ofrece esa doble visión. Drexler no se propone una mirada pretenciosa. Eso moviliza una propuesta donde lo importante es el ritmo, la uruguayidad y el sentido de un pop cosmopolita, hecho de jirones de otras culturas, que se viene mostrando sobre todo en sus dos ultimos discos, "Frontera" y "Sea". Drexler, reconocido en España, elige en este concierto alimentar a su música de dos elementos nobles, como son el cuero y la madera. Por un lado, está él solo, con su guitarra acústica, parado como un roble en medio del escenario, con una apariencia gestual minimalista y una voz pequeña. Lo rodea una cuerda de tambores, ejecutada por Arnicho y Edu Lombardo, que bombean el sonido candombeado de las canciones.

La fórmula sonora se termina de cohesionar con el uso de un scratcher , que dispara los samplers y toca -según Drexler- el tambor de vinilo de múltiples usos. Por ejemplo, es el encargado de disparar la voz de Alfredo Zitarroza mientras el grupo se prepara para arrancar con una primera parte más folklórica y montevideana como la percutiva "Crece", el candombe "Río abajo" o la canción con aires de chacarera y malambo "Vaivén". Esa falta de purismo a la hora de ponerle una letra original a una chacarera o no ceñirse puntualmente a la rítmica es lo que hace más interesante su propuesta.

Las canciones con cierto dulzor, historias pequeñas, la ironía de ciertas letras, la rítmica de algunos temas, generan los cambios necesarios que no aparecen en una interpretación por momentos un tanto monocorde pero que es parte fundamental de esa estética lánguida y despojada, que apuesta a la sorpresa del detalle mínimo, ya sea sonoro o literario, aunque no siempre resulte tan atractiva. En la simpleza, Drexler encuentra su mejor diálogo con la música. Sobre todo cuando interpreta las zambas "Alto el fuego" o "Zamba del olvido", y el candombe "Aquellos tiempos" (cercano a un Pedro Guerra), sólo acompañado de su guitarra.

Pero también consigue buenos resultados en vivo cuando ensancha su mundo musical y logra materializar esa fusión de trovador modelo electrónico en "El pianista del gueto de Varsovia", donde Luciano Superville ofrece los climas justos, con sus samplers y efectos. En esos tramos el cantautor consigue un verdadero pop de corte tercermundista, donde también hay espacio para la bossa nova o el funk. Sólo cuando Drexler exagera apartándose de su estética para invitar al histriónico Diego Torres, en la rumba "Carta canción", las cosas no salen muy bien. Sin embargo, al ecléctico público -formado por un sector popular bien uruguayo, que acompaña las canciones con palmas, y una platea mas atraída por los hits- no le importa demasiado que Drexler se olvide una letra, mientras se acuerde de canciones como "Frontera" o la pegadiza "Sea", donde todos corean la letra.

El homenaje a George Harrison, en el final, no tuvo un cariz oportunista. "Hoy nos enteramos de su muerte -dijo el montevideano Jorge Drexler- y queríamos hacer algo de él, así que elegimos "Something", pero en una versión candombe." El tema de los Beatles, con tambores, fue uno de los mejores momentos del show. Sin darse cuenta, Jorge Drexler demostró que más allá de honrar a uno de los padres del pop, del que también se siente heredero, siempre aparece la memoria del cuero.

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