Sólo una viola alcanzó calidad

(0)
11 de mayo de 2003  

Concierto de la Orquesta Sinfónica Nacional. Director: Pedro Ignacio Calderón. Solistas: Alejandra Malvino (mezzosoprano) y Alexandre Iakovlev (viola). Programa: Obertura de la ópera "Beatrice y Benedict", "Las noches de estío", para voz y orquesta, y "Haroldo en Italia", Op. 16, de Héctor Berlioz.

Nuestra opinión: regular

Como este año se recuerda el bicentenario del natalicio de Héctor Berlioz, llevar a cabo un programa íntegramente dedicado a su música resulta ser una determinación justa y a la vez positiva, porque a pesar de la significación de la obra del creador de Francia, no se trata de un autor que se incluya con frecuencia en las salas de conciertos, con la excepción de su famosa sinfonía "Fantástica" y algunas de sus brillantes oberturas.

De ahí que asistir al Auditorio de Belgrano para escuchar tres obras de Berlioz resultaba atractivo. Pero al comenzar la obertura de la ópera cómica "Beatriz y Benedicto" el interés se fue transformando en una sensación de nostalgia y preocupación por las deficiencias de la ejecución a cargo de la Orquesta Sinfónica Nacional, integrada como se sabe por instrumentistas de calidad en su más amplia mayoría, con la batuta de su titular, Pedro Ignacio Calderón, el que habitualmente exhibe incuestionable experiencia y aptitudes artísticas de primer orden.

Entonces, sorprendió en esta presentación escuchar una sonoridad desarticulada -más allá de que el lenguaje del compositor sea intrincado-, desajustes en los ataques, falta de calidad en los timbres y escasa variedad en los planos y matices, circunstancia seguramente vinculada con la escasa cantidad y falta de rigor de los ensayos.

Luego se escucharon las hermosas canciones orquestadas "Noches de estío", Op. 16, con la mezzosoprano Alejandra Malvino como solista, que después de encarar "Villanelle" con alguna deficiencia en la entonación comenzó a elevar su rendimiento hasta lograr imponer su sólida escuela y musicalidad. No cabe duda de que la artista argentina ha adquirido suficiente experiencia para lograr un canto convincente que se luce en mayor medida en la zona alta del registro y en los pasajes delicados y sostenidos, que en la obra de Berlioz aparecen con frecuencia.

Si bien la versión, desde el punto de vista estético y estilístico, fue en líneas generales respetuosa para el logro de la atmósfera que emana del ramillete poético, con las canciones siguientes, "El espectro de la rosa", "Sobre las aguas", "Ausencia", "En el cementerio" y "La isla desconocida" se hubiera preferido mayor placidez y transparencia en el discurso y la sonoridad.

Sinfonía con cuerdas

El punto de mayor brillo del concierto fue logrado en la versión de la sinfonía con viola obligada "Haroldo en Italia", Op. 16, que debe su creación a un encargo de Nicoló Paganini, que en 1833 adquirió una viola Stradivarius y quería lucirla por su maravilloso sonido. Como Berlioz estaba componiendo una sinfonía consideró posible anexar solos de la viola en una combinación original y ciertamente arriesgada. Al encarar la tarea surgieron en el autor recuerdos de sus pasos por los Abruzzos y la viola se transformó en una especie de personaje soñador, melancólico y observador del entorno pintoresco de una región de la bella Italia al modo de Lord Byron en "Childe Harold", de ahí el nombre de la obra.

Cuando la viola hizo su entrada con el tema de Haroldo, se apreció la calidad de un instrumentista excelente de origen ruso, Alexander Iakovlev, que es solista en la Sinfónica Nacional, prácticamente desde que se radicó en la Argentina en 1993.

A la amplitud y redondez del cautivante sonido que logra Iakovlev, producto de poseer una escuela de arco impecable y pulcritud en la digitación, sumó sensibilidad expresiva y llamativo aplomo frente al compromiso de abordar una composición nada sencilla, como no podía ser de otro modo, siendo su destinatario el endemoniado Paganini.

Por su parte, la agrupación sinfónica elevo su rendimiento desde el punto de vista técnico, en tanto que Pedro Ignacio Calderón se sintió -se palpó con claridad- mejor en el terreno del gran sinfonismo que encara desde siempre con indudable destreza.

De todos modos, el director no pudo evitar el sonido excesivo y apelmazado en los fortes, ni lograr las atmósferas y los matices del discurso romántico que se alternan en la composición del revolucionario y polémico creador.

Nivel artístico en riesgo

Entonces, todos estos reparos que a nuestro entender se hubieran evitado con ensayos meticulosos y tiempos para el estudio por parte de los integrantes de la orquesta parecen vaticinar el fin de la costumbre ya casi institucionalizada -esto ocurre exactamente en forma similar con la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires- de hacer conciertos semanales y presentaciones diversas con el afán de promover un desarrollo cultural masivo, pero que en realidad es falso en la práctica, cuando el producto que se escucha no alcanza un buen nivel artístico.

Y no sería de extrañar que el cambio de programa (estaba anunciada la ejecución de "Sueño de una noche de verano", de Félix Mendelssohn, en versión completa, y en su lugar se agregaron versiones de la "Misa solemne", de Ludwig van Beethoven) esté relacionado con esta asiduidad de presentaciones que a la larga, por una simple ecuación con los tiempos disponibles, ha de ser factor de un motivo de decadencia. Y esto hay que evitarlo de inmediato.

ADEMÁS

MÁS LEÍDAS DE Espectaculos

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.