Ron Carter Trío: un "prócer" en estado de gracia

Ricardo Salton
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21 de mayo de 2019  

Intérpretes: Ron Carter (contrabajo), Donald Vega (piano) y Russell Malone (guitarra). Sala: Teatro Coliseo. Nuestra opinión: muy buena

A Ron Carter, legendario contrabajista norteamericano, le tocó cerrar lo que fue una extraña noche de jazz . En segundo turno de lo que fue un armado de producción muy poco habitual y con otro público, el gran músico octogenario fue el responsable de poner cierre a una sucesión que había abierto en la misma sala su coterráneo, el gran pianista Kenny Barron, también con un trío aunque de otro formato.

Ronald Levin Carter (Michigan, flamantes 82 años) tiene pergaminos de sobra. Y basta con husmear un poco en cualquier diccionario para encontrarse con su pasado de cellista clásico, su pase al contrabajo para hacer jazz y ganarse mejor la vida, su relación con cuanta figura del género se nos ocurra como discípulo o como socio, la enorme cantidad de discos en los que participó (más de 2200 dice una cuenta que lo coloca en los récords Guinness) y, claro, su inolvidable paso por el segundo quinteto de Miles Davis a comienzo de los 60, cuando compartió cartel con Herbie Hancock, Tony Williams, Wayne Shorter y Miles.

Como había sucedido en su visita de 2013, Carter volvió al frente de una formación de trío sin batería, que le gusta y que ha repetido muchas veces. Como en aquel concierto del Gran Rex de hace un lustro, llegó con dos grandes músicos. En el piano, el nicaragüense Donald Vega, un instrumentista que se formó en la música clásica y que se incorporó al trío de Carter cuando falleció Mulgrew Miller. Y en la guitarra, alguien que lleva años siendo parte de este grupo, el norteamericano Russell Malone, otro instrumentista con extensa carrera en el mundo del jazz pero también de las músicas pop.

Aunque esta formación sin batería tiene su historia en la música afroamericana, siempre genera alguna extrañeza. Lo que ocurre, en verdad, es que el papel percusivo lo adoptan, alternativa o conjuntamente, los tres instrumentos participantes. Todos sostienen y pueden integrar la "base"; pero también, todos son solistas -el contrabajo incluido, por supuesto- y pueden tener su lucimiento melódico mientras sus laderos acompañan o escuchan en silencio.

En su enorme estatura, Carter no da cuenta de sus años y se mantiene erguido y en plenitud de su conocido virtuosismo durante todo el concierto; y por lo que se ve, sorteó muy bien una difícil operación de columna que debió soportar hace unos años.

Sin sorpresas, tocó "Parade" dedicado a Barcelona y "Candle Light". Dio espacio para las largas improvisaciones de sus compañeros Vega y Malone. Hizo un extenso y brillante solo, también como otras veces, en el contexto de un dúo con su guitarrista, donde se permitió una cita de la "Suite para chelo" de Bach, rememorando quizá sus viejos tiempos con ese instrumento. Y cerró con "The Golden Striker" y "Soft Winds".

El modo de Carter es sencillo. Los temas se dejan reconocer. Lejos del cuarteto que lo acompañó en ya lejanas épocas y con más años sobre sus espaldas, todo se ha hecho más calmo aún, sin estridencias y hasta con tempi que se fueron haciendo más lentos a medida que transcurrió el calendario. Las improvisaciones están más apuntadas al desarrollo melódico/armónico que al gran despliegue virtuosístico, aunque lo haya. El bebop es el lenguaje que sobrevuela y atraviesa todo. La pureza en el sonido de bajo y guitarra es una búsqueda constante. El pianismo de Vega solo por momentos sugiere su latinismo de origen. Y el swing está intacto. En tal sentido, Ron Carter, que tiene hasta estatura física y porte como para serlo, no es un prócer del jazz por lo que hizo en sus ya varias décadas de trabajo. Lo es por lo que aún sigue haciendo sobre el escenario.

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