Una guerra muy poco silenciosa

La búsqueda de un mayor volumen en la grabación de los discos y su víctima colateral: el placer de escuchar
Adriana Franco
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13 de diciembre de 2009  

No es precisamente una guerra silenciosa, pero en esto que en el mundo anglosajón ha venido a llamarse t he loudness war, el silencio está en juego. No el silencio radical, sino el silencio que permite la diferencia con la ausencia de silencio, ese yin- yang esencial, sin el cual no habría música. En juego está el abanico de posibilidades disponibles para el oído y para el disfrute de la escucha. Es que, desde hace varios años, se ha ido limitando el espectro de los sonidos de un álbum en pos de un volumen que todo lo iguala. En pocas y simples palabras, en busca del impacto que atrape al oyente, la música suena hoy más fuerte, pero en el camino y por cuestiones técnicas derivadas de la necesaria compresión que se le aplica, hay víctimas: los sonidos más sutiles. Así, lo fuerte suena fuerte, y lo menos fuerte también suena fuerte.

Si el rango de sonidos dinámicos se ha estrechado cuando uno escucha hasta en un buen equipo, debido a cómo fue grabada la música, el tema empeora en la radio. Es que las emisoras, para evitar desniveles de volumen entre tema y tema, ya le aplican a todo lo recibido su propio shock de compresión. Según expertos en audio, cuando a una compresión (la original de un disco) se le suma otra (la de la radio, por ejemplo) ambos compiten entre sí y producen distorsiones o un sonido molesto.

Así, el sonido digital, que había aparecido como la gran panacea para los amantes de la música, ha demostrado tener también su lado nefasto. Además, aseguran los expertos, este sonido tan alto y con poca variedad, produce rápidamente un cansancio en el oyente, una suerte de saturación sensorial. Pero no todo está perdido, y muchos músicos han señalado sus frustaciones (Bob Dylan, hace un par de años y como para poner las cosas en negro sobre blanco, aseguró que ya no hay manera de hacer discos como antes) y han elegido otros caminos. A veces, son los mismos oyentes los que elevan fuerte su voz. Y no estamos hablando sólo de amantes de la sutileza: nada menos que los fans de Metallica fueron quienes pidieron que se volviera a mezclar el último disco de la banda, Death Magnetic , cuando descubrieron que la versión para el juego Guitar Hero era mejor que la del CD, ya que este último era 10 decibeles más fuerte con la pérdida de rango dinámico que ello implica.

Por aquí también hay batalla y resistencia. Alvy Singer, por ejemplo, decidió ser muy claro en su último álbum, el muy recomendable El corazón fantasma . El cantautor que graba y se presenta con su big band incluyó en la portada el siguiente texto, junto al logo de Turn Me Up: "Para preservar la emoción y la dinámica de las interpretaciones originales, este disco tiene, intencionalmente, menos volumen que algunos otros. Para el máximo disfrute, simplemente, suban el volumen".

El gusto por la variedad y el cuidado de los sonidos parece ser el tema convocante en una interesante escena local de la que participan (y en la que intercambian) Lisandro Aristimuño, Antonio Birabent, Pablo Grinjot, Juan Ravioli, el mismo Singer y Ezequiel Borra, entre otros. Este, en su último disco, el doble Las cosas del mundo / De todos los días , menciona en su libro a dos movimientos (¿reales? ¿deseados?): MAC (movimiento anticlic) y MAL (movimiento por una afinación libre), su manera de resistencia al standard y lo dogmático.

Los más rockeros, pero también curiosos y buscadores, Catupecu Machu, han buscado para el proceso de masterización de su último disco, Simetría de Moebius , a alguien que no tuviera la obsesión del volumen alto y, para ello, la banda viajó a los estudios Sterling de Nueva York. Resultado: el disco es potente y vibrante, pero a la vez variado, como si hubiera siempre algo más por descubrir sonoramente; sea en temas a tres bajos, como "Anacrusa", en el juego de extremos de "Víbora vientre" o en la reversión de sí mismos, "Batalla".

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