Vecinos eternos

Jorge H. Andrés
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3 de diciembre de 2001  

En la misma semana que lo proclamaron Napoleón I, Bonaparte inauguró Pére Lachaise, el más grande de todos los cementerios de París. El lanzamiento no fue exitoso, por lo que mudaron allí difuntos con buen poder de convocatoria como Molière, La Fontaine y los infortunados amantes Abelardo y Eloísa, para atraer posibles ocupantes. La promoción funcionó. El emperador acabó en otro arrondissement , pero muchos mariscales, la adivina de Josefina y su compositor favorito, André Gretry permanecen olvidados en cualquiera de los casi cien sectores en que se divide el camposanto. Las fosas no se han adjudicado por profesión, o poder político, eso permite observar en una caminata los domicilios actuales de Apollinaire, Eluard, Gertrude Stein-Alice B. Toklas, Edith Piaf-Theo Sarapo, Oscar Wilde y la tumba de Marcel Proust de espalda a la del general Trujillo. Talentos entremezclados con científicos intrascendentes, militares sin victorias y burócratas del segundo imperio.

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Lo mismo sucede en la división once, con la diferencia de que ciertos fieles creen escuchar en sus cercanías ecos musicales. Allí también se mezclan lápidas sin repercusión con escritores duraderos, soñadores capaces de materializar fantasías como el Canal de Suez (Ferdinand de Lesseps) o el París moderno (barón Haussmann) y Jim Morrison, la mayor leyenda trágica del rock. Pero es inevitable que en el promontorio donde sepulcros sencillos llevan cincelados los apellidos Pleyel, Neveu, Bellini (está vacío, sus restos volvieron a Italia en 1876), Cherubini o Chopin, la fantasmagoría melódica se insinúe en el paisaje. Paisaje que ha incorporado un nuevo residente estable de costumbres musicales muy distintas: Michel Petrucciani, pianista de jazz muerto hace casi dos años, no del desorden óseo que le impidió crecer por encima del metro de estatura y lo mantenía viviendo en tiempo de descuento, sino de neumonía.

Este hombre de Orange, al que prepararon para concertista pero eligió el jazz, consiguió trascendencia internacional y un cariño popular negados a compatriotas más originales. No es que fuera superior -le llevó tiempo sacudirse influencias y sus álbumes registran serias equivocaciones-, pero lo habían endiosado antes de los 18 años, sobrevivió la etapa de prodigio y encontró su personalidad.

Es entendible que sus mejores discos ("Live at the Village Vanguard", "Power of Three", "Au Théâtre des Champs Elysées", "Solo") hayan sido con público. El empeñoso avance de Petrucciani hasta alcanzar un Steinway de pedales suplementados y taburete ortopédico bastaba para conmover a cualquier auditorio por el triunfo de la voluntad que significaba cada recital. Inexplicablemente, su ingreso en Pére Lachaise no tuvo repercusión. La tumba de Michel Petrucciani está pegada a la de otro virtuoso muerto como él a los treinta y pico, con padecimientos pulmonares y que al final también debía ser asistido hasta el piano: Frédéric Chopin. Extraños compañeros para la eternidad con algo que aprender el uno del otro. Nada técnico, porque los dos llegaron a controlar el piano de acuerdo con lo que quisieron expresar, pero, sin duda, Petrucciani debe de haber envidiado el lirismo natural en Chopin y al polaco no le hubiera venido mal un poco de esa disciplina para enfrentar la adversidad que hizo de su actual vecino un campeón de la entereza.

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