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Noticias de la guerra

Por Adriana Schettini
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26 de marzo de 2000  

Pasados casi diez años de la Guerra del Golfo, el conflicto bélico fue abordado por el cine en "Tres reyes", el film de David Russell, que se estrenó el jueves último en Buenos Aires. Desde el punto de vista cinematográfico, el asunto era un hueso duro de roer. De hecho, aquella guerra -la que según Jean Baudrillard "no ha tenido lugar"- fue evaluada por los ojos occidentales conforme con las imágenes que ofrecía de ella la televisión, es decir, como una suerte de videogame sofisticado en el que sólo se veía el destello de los misiles que atravesaban el cielo. La guerra es muerte, y la muerte no es la abstracción de un concepto filosófico. La muerte son muertos, ni más ni menos que seres humanos, de un lado y del otro, que pierden la vida . Esa obviedad fue desdibujada por la hipermediatización que alcanzó el episodio del Golfo, donde la TV había prometido mostrar todo y, sin embargo, no mostró ni los muertos, ni el dolor, ni la tragedia. Apenas el cruce de señales luminosas en el aire y el comentario de los enviados que repetían frente a cámara las mismas informaciones escasas y muchas veces inexactas, porque había que garantizar una cobertura de 24 horas, en directo, aunque más no fuera para hacer girar en círculo un raquítico puñado de noticias que en muchas ocasiones, más emparentadas con el rumor que con la verdad, ni siquiera alcanzaban la categoría de tales.

¿Cómo hacer cine con esa nada narrativa que ofrece el recuerdo televisivo de una guerra a la que los especialistas calificaron como "un gigantesco juego electrónico" o "la guerra de las cadenas de TV"? Puesto a construir su film, Russell toma por un atajo de entrada doble: encarna la acción en un grupo de soldados que, terminadas las hostilidades, salen a la búsqueda de los bunkers donde Saddam Hussein había ocultado los lingotes de oro robados a Kuwait tras la invasión, y lo cuenta en tono de sátira.

En esa mirada mordaz, al cineasta no se le escapa un detalle mayor: la prensa fue la gran enjuiciada al cabo del conflicto que la TV había planteado como una suerte de "guerra de las galaxias", que demostraría el poderío del satélite, pero que en su exhibición terminó siendo una guerra invisible. El director supo servirse de esa frenética búsqueda periodística de alguna "historia" por la que los reporteros se agitaban en el desierto con el aturdimiento propio de quien la emprende contra molinos de vientos. Así plantea el personaje de Adriana Cruz, una cronista de televisión que busca la revancha profesional una vez declarado el cese de hostilidades y que, en consecuencia, decide seguirles los pasos a los buscadores del tesoro. "Fui manipulada", se queja el personaje en el terreno de la ficción, cuando evoca los días de la guerra.

* * *

No fue otra cosa que lo que dijeron los corresponsales del mundo occidental cuando terminó el conflicto. Y sobre este punto conviene traer a la memoria las reflexiones de Dominique Wolton, porque apuntan a una cuestión medular en la responsabilidad de los medios, más allá de las particulares circunstancias de una guerra. Al analizar el desempeño de la prensa durante la Guerra del Golfo, el téorico francés apunta cinco conclusiones en el libro "War Game".

En primera instancia, invita a reconsiderar una lógica que alcanzó un punto culminante en el conflicto bélico en cuestión, pero que sigue generando un malentendido de proporciones: la creencia de que alcanza con transmitir en directo durante todo el día para cumplir con el deber de informar. "En contra de las apariencias, la Guerra del Golfo no instauró la victoria de la información, sino la del imperialismo del instante -escribe-. La explosión de la imagen en directo conduce al resultado paradójico de favorecer una percepción del detalle y de impedir una visión de conjunto. De un modo más general, la comprensión de una situación no está directamente ligada al volumen de información, porque siempre se llega a un momento de saturación, y en consecuencia deja de existir una relación directa entre el aumento de la información y el aumento de la verdad."

Como segunda observación, señala el error compartido según el cual la prensa habría dejado de cumplir con su papel de contrapoder para convertirse en un cuarto poder. La prensa, apunta, en las sociedades democráticas no tiene la legitimidad ni los medios para abandonar su rol clásico y convertirse en un poder más entre los poderes. Su misión es funcionar como contrapoder de los poderes del Estado.

El creciente poder de la prensa, apunta Wolton como tercera lección de la experiencia del Golfo, "debe conducirla a admitir sus responsabilidades y a aceptar las críticas".

En el marco del balance posconflicto bélico, la prensa deberá admitir que "no puede pasar de un extremo al otro"; "que no puede decir durante varios meses "les vamos a mostrar todo, usted va a saber todo sobre la historia en el momento mismo en que ella se está construyendo, usted estará informado como nunca antes", y decir, de golpe, algunos meses más tarde: "Le hemos mentido, nos han manipulado". Según el autor, en semejante movimiento pendular "la prensa pierde credibilidad y sus declaraciones excesivas, tanto en un momento como en el otro, se terminan equiparando a una confesión de impotencia". "Eso lleva a una visión completamente paranoica de la realidad, donde todo el mundo le miente a todo el mundo".

En lo que Wolton llama "la quinta lección", hace referencia directa al público. El analista sostiene que contrariamente a lo que suponen muchos periodistas, "el público es prevenido y crítico". "Escéptico respecto de la información-espectáculo, no olvida necesariamente el giro de la prensa que durante varios meses se presentó como el adalid de la información, antes de presentarse como la víctima de la desinformación."

* * *

Si se piensa el aprendizaje mediático que dejó la Guerra del Golfo con una visión de futuro y extendiéndola más allá del teatro de las operaciones bélicas, cabe suponer que una mejor información será posible. ¿O acaso no ganaría en madurez una televisión que a la hora de cubrir los acontecimientos cotidianos recordara que no basta con tirar sobre la pantalla los hechos que suceden, sin análisis, sin contexto, y con la simple conexión en directo, para informar al público? ¿No sería más saludable una prensa que abandonara el arranque megalómano de competir con los poderes del Estado, instalándose en el lugar del cuarto poder y que cumpliera, en cambio, a conciencia la tarea de funcionar como contrapoder? ¿No sería últil que ubicada en el lugar del contrapoder la prensa fuera abierta a las críticas y dispuesta a la autocrítica? ¿No resultaría más beneficiosa una televisión que en el momento de informar no olvidara el viejo precepto de controlar la veracidad de los hechos y los dichos en vez de entregarse al vértigo de difundir los rumores, rápido y mal, para desmentirlos tiempo después? Finalmente, ¿quién puede dudar de que sólo pensando en un público crítico, cuya inteligencia debe ser respetada, es posible ejercer de un modo profesional y digno el noble oficio del periodismo? La Guerra del Golfo dejó una lección. En aprenderla y recordarla está el desafío del nuevo milenio.

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