Palabras

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11 de diciembre de 2009  

Antonio Gramsci, el filósofo del socialismo humanista y un hombre que ha dejado una marca profunda en el pensamiento europeo, nació jorobado en un cobertizo miserable de campesinos. Mientras crecía, su padre estuvo encarcelado durante muchos años (luego resultó que fue encarcelado injustamente), y la familia apenas podía sobrevivir de día a día. Antonio era tan enfermizo de niño, que se ha dicho que su madre le vestía con sus mejores ropas cada noche y lo ponía a dormir en un ataúd, suponiendo que estaría muerto por la mañana. Este no fue un comienzo muy prometedor. Gramsci luchó por sobrevivir e incluso logró duramente conseguir una educación como autodidacta. Y no paró cuando alcanzó una modesta seguridad como profesor, porque había decidido que lo que realmente quería en la vida era luchar contra las condiciones sociales que destrozaron la salud de su madre y destruyeron el honor de su padre. Acabó por ser profesor en la universidad, diputado en el parlamento y uno de los líderes más valientes contra el fascismo. Hasta el final, antes de que muriese en una de las cárceles de Mussolini, escribió hermosos ensayos sobre el maravilloso mundo que puede ser nuestro si dejamos de tener miedo y ser avaros.

Hay muchos ejemplos de este tipo de personalidad. Thomas Edison era un niño enfermizo, pobre y al que su profesor creía un retardado; Eleanor Roosevelt era una joven solitaria y neurótica; los primeros años de Albert Einstein estuvieron llenos de preocupaciones y desilusiones, pero a pesar de todo esto, ellos pudieron hacer que sus vidas fuesen vigorosas y muy productivas.

El doctor Mihaly Csikszentmihalyi, profesor y decano del departamento de Psicología de la universidad de Chicago, es autor de Fluir, obra traducida a nueve idiomas, de la que se publica un fragmento.

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