Palabras

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2 de mayo de 2003  

No te rías patrón, me represento a Dios muy semejante a mí. Sólo que más grande, más fuerte, más chiflado. Y por añadidura inmortal. Está cómodamente sentado en pieles de carnero muy muelles y por cabaña tiene el cielo. No de hojalata, como la nuestra, sino de nubes.

En su mano derecha no lleva ni una espada, ni una balanza –instrumentos propios de carniceros y vendedores de especias–. Lleva una gran esponja empapada en agua de lluvia, como un nubarrón. A su derecha tiene el Paraíso y a su izquierda, el Infierno.Y cuando el alma se acerca, pobrecita, desnuda (pues ha perdido su manto, que es el cuerpo) tiritando, Dios la mira, y riéndose para su interior, pero simulando cara de espantajo, le dice con voz severa: ¡Ven para acá! Ven para acá, maldita! Y da comienzo al interrogatorio.

El alma se postra a los pies del Señor. ¡Perdoname! –exclama– ¡He pecado! Y ahí la ves enumerando las faltas que ha cometido. Es una retahíla que no acaba nunca. Dios se harta de oírla. Bosteza: ¡Calla ya, que me das dolor de cabeza! Y ¡zas! toma la esponja y de un golpe borra todos los pecados. ¡Hala, márchate, vete al Paraíso!, le dice. ¡Pedrín, déjala entrar a ella también ¡pobrecita!

Pero debo decirte, patrón, que Dios es un gran Señor, porque ser noble significa principalmente saber perdonar.

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