Palabras

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27 de febrero de 2004  

Un marino alto y pelirrojo desciende del barco, emboca St. John Street y, no lejos de Kingsway, se introduce en una casa con balcones de hierro forjado. Sin dudar, sube de cuatro en cuatro los escalones de piedra que conducen al primer piso. Tiene allí una cita con una mujer a la que ansía volver a ver y con un niño al que todavía no conoce...

"Ese niño era yo -aclararía mucho más tarde Corto Maltés-. Naturalmente, no me acuerdo de aquel primer encuentro con mi padre; entonces yo tenía sólo unos meses. Pero mi madre me lo contó, así como también me habló de mis primeros tres años, aunque guardando para sí secretos que jamás conoceré."

El niño había venido al mundo el 10 de julio de 1887, en Malta. Su madre era una gitana de Sevilla, nacida en el barrio de Triana, no lejos de la puerta de las Mulas, desde donde partió Magallanes en 1519 para realizar el primer viaje alrededor del mundo. Morena, espigada, admirable como bailarina de flamenco, era tan hermosa que, al parecer, los hombres se mataban entre sí por disputarse sus favores. Se decía que un pintor, el famoso Dominique Ingres, se había enamorado locamente de ella y le había hecho un maravilloso retrato. Pertenecía a la misma tribu que la Carmencita, aquella otra gitana cuyo trágico destino acababa de contar un escritor francés.

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