Palabras

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23 de abril de 2004  

Cuando el agua no está agitada, está tranquila de manera natural. Cuando un espejo no está empañado, es claro en sí mismo. Así, la mente no tiene por qué limpiarse: libérate de lo que la ensucia, y su claridad aparecerá de manera espontánea. El gozo no necesita ser buscado: libérate de lo que te duele y aparecerá de manera natural.

Donde se estreche el camino haz un alto para dejar pasar a los demás; cuando hay buena comida, deja un tercio para que otros la disfruten. Es ésta una buena manera de vivir en el mundo con paz y felicidad.

Las bebidas fuertes, los alimentos pesados y los platos con muchas especias no son realmente sabrosos; el verdadero sabor es delicado. Las maravillas y las rarezas no son características de las personas realizadas; las personas realizadas son simplemente normales.

Deja siempre algo de alimento para el ratón; ten compasión de las polillas y no enciendas la lámpara. Pensamientos como estos, que tenían los antiguos, son los mecanismos vivos y que nos dan vida a nosotros, los humanos. Sin ello, no somos más que estatuas o maniquíes.

No hay árboles en los riscos de las altas montañas; plantas y árboles crecen en abundancia en las cuencas de los valles. No hay peces en los rápidos; peces y tortugas se reúnen en las profundidades tranquilas. Así, las personas iluminadas desconfían de los discursos grandilocuentes y de las actitudes fanáticas.

Huanchu Daoren, nombre taoísta del filósofo Hong Yingming, escribió Charla de raíces vegetales, alrededor del 1600, cuando tenía unos 60 años. Posteriormente, cambió el título de su obra por Un caminante que retorna a los orígenes, y luego le dio título definitivo: Retorno a los orígenes, reflexiones sobre el Tao.

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