Palabras

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30 de abril de 2004  

En Occidente, al menos en teoría, un periodista tiene vía libre en todas partes, nadie puede detenerlo ni hacerlo callar. Todo es fácil: si uno quiere puede escuchar la radio de su país o de cualquier otro país. Va hasta el quiosco y elige los periódicos que prefiere. Puede leer los libros que quiera, sin peligro de que se lo acuse por actividades antiitalianas, ni que sea allanada su casa. Desde luego, no es sencillo sustraerse a todo condicionamiento, pero por lo menos es posible elegir el condicionamiento que uno prefiere.

En un Estado totalitario no es así. La verdad es sólo una, proclamada desde arriba; los diarios son todos iguales, todos repiten esa única verdad. No es posible escuchar la radio de otros países porque como se trata de un delito, hay riesgo de ir a la cárcel. Además, las transmisoras del propio país emiten en las frecuencias apropiadas una señal perturbadora que se superpone con los mensajes extranjeros impidiendo su escucha. En cuanto a los libros, sólo se publican y se traducen los que agradan al Estado: los demás hay que irlos a buscar al extranjero e introducirlos en el país a propio riesgo, puesto que se los considera más peligrosos que la droga o los explosivos.

En un Estado autoritario se considera lícito alterar la verdad, reescribir retrospectivamente la historia, distorsionar las noticias, suprimir las verdaderas y agregar falsas: la propaganda sustituye a la información. De hecho, en estos países no se es ciudadano detentador de derechos, sino súbdito y, como tal, deudor al Estado de fanática lealtad y sojuzgada obediencia.

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