Después de cinco años, Mario vuelve a la tapa de Rolling Stone. Vorterix, la paternidad, la marihuana, la relación con la fe y su pasado como militante en una entrevista imperdible.
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"Ahora te voy a mostrar y ahora vas a ver", son las descargas verbales que le permiten administrar algo de la endiablada agitación que lleva encima. Y lo que será mostrado, lo que será visto, finalmente es esto que está acá.
Lindo, ¿no?
Lindo, sí.
Primero nos paramos enfrente, como para ganar tiro, como para apreciar. Lo que se ve al otro lado de la avenida es el viejo Teatro de Colegiales, que fue The Roxy, que fue cientos de otras fiestas y discotecas en franca operación restauradora para ser, en breve, otro nuevo escenario de operaciones. Cruzo Lacroze con la impunidad circunstancial que me otorga caminar al lado de un figurón público. Los autos se detienen, saludan, gritan sus cosas cogoteando por fuera de la ventanilla: ¡dios te bendiga, Mario Pergolini!
Durante diecinueve años, Pergolini condujo la mañana de Rock & Pop y su programa Cuál es? fue, con intermitencias más bien insignificantes, el más escuchado. Pero eso terminó como un día se terminan las cosas: están, son, dejan de estar, y ya no son más. Ahora, en esta tarde de jueves, con 48 años, el tipo cruza las puertas de su teatro como quien pasa de pantalla; así que acá estamos, sobre el vértice de su destino viendo cómo un pequeño ejército de operarios de la construcción, meta poxi industrial, termina de pegar las alfombras mágicas de su futuro.
-Acá falta pintar, allá hicimos todas la molduras como eran originalmente, abrimos las ventanas, restauramos los techos y el piso es nuevo. Cambiamos todas las barras y les pusimos pantallas digitales. Colocamos 16 cámaras HD y tenemos una isla de edición de audio y de video, ¿ves? Acá va a haber una especie de vip y por acá se entra a la radio. Ahí al costado tenés los servidores y allá está el estudio de bandas, que se llama Spinetta. ¿Subimos? Cuidado que está la pintura fresca.
El tour gana el vértigo que su guía le imprime. Subimos al escenario, bajamos del escenario, nos paramos ahí y miramos todo con un asombro de 360 grados. Pergolini avanza y se abre camino a puro saludo en velocidad. Desde hace algunos minutos lleva un cigarrillo apagado entre los dedos.
-Acá va el operador de radio y acá va a estar el switcher. Hola, qué tal. ¿Tenés fuego? Esta loza la trajeron el otro día y de acá sale una conexión de un giga por fibra óptica para transmitir conciertos de día o de noche, con o sin público. Buenas tardes, ¿alguno tiene fuego? Acá están los baños, acá hay una cocina y acá un lugar por si venís con chicos. Sobre este soporte va a ir una consola Venue, que es la misma que trajo Waters y U2 y vamos a tener un estudio de grabación con la calidad de Panda, Del Cielito, de los mejores estudios de Buenos Aires. ¿Fuego, maestro? Qué tal, cómo están. ¿Nadie tiene fuego?
Creo que a esta altura ya dejó de verme. Yo voy flameando dos metros atrás y Pergolini va cortando el aire donde flota el polvillo de su work in progress. Dice que supervisó personalmente los planos y que todo está hecho a imagen y semejanza de su deseo. Esto es Vorterix, su nuevo gran proyecto: un teatro para conciertos en sinergia con una radio en sinergia con un sitio en sinergia con aplicaciones para tu celular y todo junto buscando ser la respuesta a esa pregunta que lo cruzó al medio hace apenas unos meses: ¿Qué va a hacer Mario Pergolini cuando se vaya de Rock&Pop? Para empezar, volver a fumar.
No, mentira, no volví a fumar.
Tenés un cigarrillo en la mano y hace diez albañiles que venís pidiendo fuego.
Bueno, casi.
¿Como es casi volver a fumar?
Fumo muy poco. Y en un mes dejo.
Vorterix, su gran sueño

Volvemos hacia su oficina en la misma camioneta en la que vinimos y en el mismo display del estéreo la misma palabra, igualmente inmóvil: vorterix. Los ocho caracteres que ocupan el ancho de la pantalla no son para nada casuales: Pergolini se encargó de que el nombre de su nueva radio cayera con precisión en el espacio que los estéreos de los autos tienen disponible. Una letra más, o una letra menos, y el nombre hubiera comenzado a moverse, hubiera hecho su scroll lateral infinito. En los hechos, no hubiera estado todo el tiempo ahí. Pero así como está, tiene el encastre perfecto de una pieza del tetris que cayó justo donde tenía que caer para quedarse ahí para siempre. Pergolini está atento a esas cosas, a que sean ocho caracteres, no nueve. No siete.
¿Quién garpa todo ese quilombo que acabamos de ver?
El treinta por ciento de la plata que las grandes empresas tienen destinada a internet, no saben dónde ponerla. Se muere en Facebook y en Twitter. O con pequeñas operaciones poniendo esos banners incómodos cada vez que entrás en algún lado. Setecientas mil personas vieron el Quilmes Rock a través de Vorterix y esos son números auditados. Brandear eso, acercarles esa gente a las marcas, bueno, los de marketing no sabés cómo te lo agradecen.
Las marcas, tus viejas amigas.
Y, trabajo en un medio que se escucha gratis. Alguien lo tiene que bancar.
Nunca tuviste ningún complejo con eso, ¿no?
¡Noooo! Eso se lo dejo a la generación de los 70. ¿Tomás algo?
Una coca.
No demos marcas, por favor.
Sos el tipo que legitimó las marcas para todo el universo rock. ¿Por qué no tendríamos que darlas?
No, está bien, pero las nombramos cuando nos pagan. Ya vengo.
(Pergolini se va. Pergolini vuelve con una gaseosa en la mano.)
Ah, pensé que me ibas a traer una Pepsi.
[Acercándose al grabador y abriendo histriónicamente la mueca del disimulo]: Es exactamente lo que te traje.
Ah, perfecto.
A veces me enamoro de una marca. Sobre todo de algunas tecnológicas. Pero nunca las vi como los villanos. Tal vez para un pensamiento más socialista o que cree en la opresión del capitalismo… pero las marcas son importantes incluso para los países. El otro día leía el discurso en una universidad de un chef peruano que decía que la comida peruana ya estaba instalada, que ahora lo que había que lograr era la marca; como los franceses, que hicieron del champagne un genérico y salieron a decir: champagne es igual a Francia, los demás hacen vinos espumantes. Cuando la marca es el genérico es cuando se vuelve importante.
Quizás el problema no son las marcas. Quizás el problema es, a través de ellas, haber hecho del rock otro ítem del entretenimiento de mercado, haberlo convertido en una sección más de los noticieros. El Bebe Contepomi contando la historia de Waters y dándole paso a Santo Biasatti. ¿Eso era el rock?
Con todo el respeto por el Bebe, pero eso no es rock. Ni siquiera me parece que sea… Vorterix es rock.
¿Por qué?
Porque respetamos al músico y a la gente que quiere venir a verlo. Les damos un lugar y si quieren ir al baño no tienen que andar pisando charcos de meo.
Pero precisamente, ¿el rock no eran unos baños sucios?
Lo fue para el punk, tal vez. Pero hay edades para todo. Hoy en día el entretenimiento ha abarcado tanto que lo terminó encuadrado un poco al rock también.
¿Y no tenemos un problema ahí?
No, desde que los Rolling Stones admiten en los 80 que sus filmaciones adentro de los aviones estaban inventadas y guionadas, y eran publicidad. Y nosotros nos enteramos quince años más tarde.
Fue todo un sueño, una mentira.
Y claro que era mentira.
Yo alguna vez me la creí.
Yo también.
Hijos de puta, al final los reyes son los padres.
"Yo no puedo evitar haberme aburguesado"
Yo creo que hoy hemos blanqueado lo que durante mucho tiempo se creyó. Igual, a pesar de eso, sigue existiendo el rock como ideología, lo que pasa es que ha mutado, ha crecido. Todos crecemos. Pero el rock en gran escala sigue teniendo cosas para decir.
¿Quién? ¿Bono?
Yo no te puedo responder por las bandas, te respondo por mí. Yo no puedo evitar haberme aburguesado en un punto. Y el rock también creció. Ya no tiene mucho sentido que el micrófono te siga pateando, porque los cantantes terminaron dándose cuenta de que es muy molesto que el mic te patee, por más actitud que eso suponga. Crecer te encuadra, te vas moviendo. Un día empezás a querer oler bien. ¿Cómo traducir eso en sonido y en letras? Bueno, los más pendejos seguirán pateando las calles y las bandas más grandes irán entendiendo que ciertas banderas eran un poco publicitarias, que te las podés creer de joven pero que después se vuelve insostenible. Ahora, cuando escuchás Pearl Jam seguís escuchando grunge. Y AC/DC sigue siendo rock.
¿Qué fue crecer para vos?
Mirá, te cuento un caso: yo no soy amigo de mis hijos, soy su padre y soy bastante pretoriano. Tomás, el más grande, me trae un recorte de una revista del año 91 en donde yo declaro: legalícenla. Y yo le digo: "¡Pará, pará! Te entiendo, pero yo ahí era muy joven y no sabía lo que era quererte. No sabía lo que iba a ser, más adelante, protegerte". Bueno, eso debe ser crecer, supongo.
Qué cagada el amor, ¿no?
Ni hablar.
¿Y qué hacemos hoy? ¿No hay que legalizarla, acaso?
Y sí, hay que legalizarla. No hacerlo es ridículo. Pero tampoco hay que apologizarla. Porque cuando uno habla de legalización parece que sos el drogoncito de la esquina que se quiere poner de la cabeza sin que un rati le rompa las pelotas. Yo puedo comulgar con la legalización, pero no comulgo con consumirla, porque a mí hoy me sacaría de un montón de cosas en las que tengo que estar concentrado. Pero indudablemente, hay que legalizarla, porque va a sacar criminalidad y es una persecución estúpida que no tendría que existir.
¿Y el padre que sos espera lo mismo?
No, que la legalicen pero no en mi barrio, jajaja. Mirá, el otro día fui al programa de Majul, es medio una cábala de él y mía también. Y arrancó preguntándome por lo mismo: drogas. Y lo primero que pensé es que ahí estaba mi hijo Matías, con quien nunca había hablado del tema, porque tiene 13 años y no está todavía para charlar en profundidad sobre drogas conmigo. Al día siguiente íbamos en el auto y le dije: "Mirá, Matías, lamento que un poco la televisión se haya metido en nuestras vidas, por ahí escuchás repercusiones de lo que dije anoche, fueron cosas que hice en otra etapa de mi vida pero vos sos chico para que las hablemos. Hay cosas que hablo con Tomás que todavía no voy a hablar con vos, así como hay cosas que hablo con vos que todavía no voy a hablar con Valentina, que tiene 6. Hay momentos para todo".
"Me gustaría tener al lado un Guebel o un De la Puente, pero no están".
¿Y este qué momento es?
Uno muy especial. Estoy en el medio del río, y decidí que lo voy a cruzar y que voy a llegar al otro lado, y no hay muchas cosas que lo puedan evitar. Y no está basado el éxito en términos comerciales o en lo que vayamos a medir. El éxito va a estar medido según mi vara, que está alta. No importa cómo va a ser el camino, si va a ser decente o no; va a ser con laburo y estoy muy entusiasmado. ¿Me gustaría estar más acompañado? Sí, me gustaría tener al lado un Guebel o un De la Puente, pero no están. ¿Me gustaría que la autocompetencia que tengo dentro de mí no sea tan voraz? Sí, también. Pero yo soy este tipo. Y me asumo.
¿Qué tipo, a ver?
Uno que no puede parar. Mirá, el otro día me encontré con Lalo (Mir) en una presentación que hizo Fito. Viene Lalo con un vaso de gaseosa en la mano, con su sonrisa de siempre y me dice: "Qué tal Mario, cómo andás, siempre te escucho…". Y yo pensé: "Qué envidia este tipo, la vuelta que le encontró". Yo no puedo con mi cosa de competencia, soy muchísimo menos relajado, y Lalo siempre tiene una buena palabra y es alentador incluso conmigo que, en un punto, soy su competencia. "Lalo, vos pasabas rock y ahora estás pasando Montaner", le digo, y el tipo te devuelve: "Yo hago radio, yo soy feliz en la radio, las circunstancias me van moviendo por distintos lugares y disfruto de cada uno de ellos". Y yo digo: qué hijo de puta Lalo Mir, cómo hace para estar así de bien, qué bueno, qué bueno que el tipo venga, me aliente, me diga que me escucha. Yo pienso de otra manera, yo digo: "Bueno, a ver, ¿quién está primero? ¿Lalo? ¡Entonces destruyamos a Lalo!". En cambio él viene, te da un abrazo y te desea lo mejor.
Tu reverso.
Sí, el reverso de mi sueño.
¿Que cuál es?
Que cuando yo esté al aire en el resto de las radios se escuche ppffffffff, la fritura del silencio. Pero no por ser masivo, ni siquiera por tener éxito.
¿Y por qué sería?
Bueno, si encontramos esa respuesta me voy a sentar, me voy a relajar y sabré entonces por qué corro de esta forma. Mientras no la encuentre, seguiré corriendo así, como corrí hasta hoy.
Y cuando te encontrás con un competidor que te da un abrazo, ¿te gustaría ser él, poder hacer lo que él hace?
No, no, sé que no podría ser así, pero es muy reconfortante saber que otras personas sí pueden. Es como encontrar el equilibrio del universo.
Siempre que haya un Lalo no habrá problema con que haya un Pergolini.
Sí, algo así.
***
Pergolini, la política y la fe
En 1981, con 16 años, quedo, gracias a la euforia antiperonista de su padre, delante de un señor que le hablaba a las multitudes de algo que más tarde conoceríamos como democracia. El joven Mario cayó rendido ante la seductora oratoria de Raúl Alfonsín.
En pocas semanas pasó de niño fantasioso e introspectivo a un militante subido a la efusividad de su propia convicción. Se zambulló en la Juventud Radical de San Isidro, y salió con el ferrite rojo y el ferrite negro a llenar las paredes con la lista 3. Los fines de semana imprimía formularios y salía a afiliar lo que podía y viajaba a donde hubiera que viajar para estar presente en los congresos partidarios. Dos años más tarde, con la victoria del 83 en el bolsillo, su puntero vio en él la herencia de la política radical y le puso fichas: se lo llevó a casa de Gobierno donde el ardiente adolescente protosocialista Mario Pergolini ocupó su lugar en la Subsecretaría de Relaciones Parlamentarias.
¿Por qué hoy no sos diputado de la Nación?
Me desilusioné mucho. Un día, me acuerdo, me broté. Los mandé a todos a la concha de su madre. "¡Son unos hijos de puta!", les grité. "¡A ustedes sólo les interesa la rosca!." Era lo mismo el Coti (Nosiglia) que Moreau que Posse. Yo había entrado por pura prepotencia de mi militancia, es decir, yo creía, y de golpe sentí que estaba en el medio de la mierda. Me fui, no volví nunca más a la política. No volví a creer.
¿Nunca?
No, más allá de que puedo votar a este o a aquel, pero no volví a sentir esa fe.
¿Hoy tampoco?
Hoy soy Suiza. Trato de mantenerme neutral en la marea de los medios, un poco como puedo.
Estuviste ahí del socialismo, ja...
Yo era casi anarco. Pero, otra vez: se crece.
¿Qué hiciste cuando dejaste Casa de Gobierno?
Me puse a vender tiempos compartidos. Ya hacía radio. Ahí me cruzo con Ari Paluch.
¿El escepticismo fue sólo político o dejaste de creer en todo lo que creías?
No, dios es otro tema.
¿Resuelto?
Tengo una discusión bastante insoportable dentro de mí, porque la ausencia de fe significa mucha soledad. Y vos te quedás ahí, rumiándole a la nada, pero de golpe necesitás realmente un milagro, o una ayuda que los seres humanos no te la pueden dar. Y te quedás mirando al cielo y decís: "La concha de la lora, ¡tirame una!".
¿Ibas a misa?
Fui mucho, de chico. Y hoy tengo muchos amigos sacerdotes que me quedaron de los colegios católicos a los que fui y con los que a veces hago cosas juntos, pero no es un tema que tenga del todo cerrado. Lo tenía, ¿eh? Lo tenía.
¿Cuándo?
Un día, por el microcentro, trabajando de cadete, en la esquina de Diagonal Norte y Suipacha, exactamente ahí, fui totalmente consciente de que dios no existía. Fue como una revelación, una epifanía. De pronto supe que había asumido por completo que somos pura materia. Era un día de sol, a la tarde, yo iba arriba de un taxi y lo supe. No me preguntes cómo, pero lo supe. Dios no existe, pensé.
¿Y cómo te bajaste de ese taxi?
Desesperado. Dije: "Qué mierda, se va a acabar todo. Esto que me rodea no va a existir más y yo tampoco. Y no hay nada más".
¿O sea que ahí se terminó la fe para vos?
No, hay una revancha. Pasan los años, muchos pero muchos años y quiere la vida que me cruce con Víctor Sueiro. Tuvimos una gran relación, años de una amistad muy grande. Eramos tipos totalmente opuestos, pero nos quisimos.
Contame.
Empezamos a tener almuerzos o charlas cada dos meses. El me llamaba a mi casa. Hablaba con mi mujer, con mis hijos. Y Víctor no te hablaba cinco minutos… Víctor arrancaba y tenía para hora, hora y media.
Me estás hablando de alguien que conocí bastante. Una tarde en su casa, ahí cerca del puente Saavedra, me contó todo su viaje hacia la famosa luz blanca.
Qué bueno poder contarle esto a alguien que lo va a entender, porque cada vez que hablo de Sueiro me siento medio solo. A mí su historia me apasionó. La primera vez fuimos a comer a La Cátedra y yo le dije, porque no me aguantaba más: "Víctor, yo no creo". Y él me dijo: "Dejame contarte una historia". Me contó entonces su muerte, un poco lo que todos saben, pero con detalles increíbles.
Vos ya venías de muchos años de ateísmo concentrado.
Sí, claro. Hacía mucho que yo había dejado de creer. Uno años atrás, mi suegro, el papá de Dolores, sufre un accidente cardiovascular. Estuve rezando con toda mi fuerza, pero mal, eh. Casi en trance. Era un tipo al que yo quise. Imaginate, me casé con su hija cuando ella tenía 18 años. El tipo hizo todo lo que pudo para que no nos casáramos, hasta el último minuto hizo todo lo que pudo. Estaba Dolores paradita en la puerta de la iglesia, vestida de novia, parecía más una cumpleañera de quince que una mujer a punto de casarse, y el padre va y le dice: "Si querés nos vamos, yo el civil lo arreglo". O sea, hasta el final el tipo luchó para que su hija no se casara conmigo y a pesar de eso después me quiso mucho, como a un hijo, y yo lo quise también a él. Bueno, rezo, rezo, rezo, y a las 48 horas el tipo se muere. Dije: "Ma’sí, que se vayan todos a la concha de su hermana, es todo al pedo. Nada sirve. No hay nada más". Pasa el tiempo y viene Víctor Sueiro. Y si bien no me devolvió a la espiritualidad, hizo que yo me pusiera a revisarla. Me dio una esperanza y ése fue el regalo de su amistad, volver a tener esperanza en que tal vez haya un dios y tal vez la vida tenga sentido después de todo. No es poco.
Sueiro era un gran orador.
Sí, yo lo escuchaba hablar con padres que habían perdido a un hijo y el tipo los encendía de nuevo, tenía eso Sueiro: te podía volver a encender la llama. Por ahí yo tenía un problema o estaba pasando por algo malo, y lo llamaba y el tipo me decía: "No te hagas problema, ya te mandé mi ángel".
Ah, sí, creo que se llamaba Miguel. A mí me contó que en realidad él no escribía sus libros, los escribía Miguel, que entraba por su cuerpo hasta introducirse en sus dedos y se los movía, y las páginas iban saliendo.
Su último programa fue en el 13, pero primero me lo trajo a mí, para que se lo hiciéramos en Cuatro Cabezas. "No hay manera, Víctor", le decía yo. No sabía ni cómo ir a Guebel y decirle: "Che, ¿le hacemos el programa a Víctor Sueiro?". Un día se lo insinué y me dijo: "Si querés lo hacemos". Pero, no, no, era demasiado. Se me murió temprano, Sueiro. Estaba empezando a recuperar mi espiritualidad perdida cuando se murió sin convencerme del todo. Pero me dejó la puerta entreabierta.
¿Te buscás tus momentos a solas? Es decir, ¿te bancás bien la soledad?
Quedo bastante a solas conmigo cuando salgo a correr.
Ah, mirá. ¿Cuánto corrés?
Corro unos ocho kilómetros entre dos y tres veces por semana. El fin de semana seguro. Y después, una o dos veces más.
No imaginaba que podía gustarte una rutina como ésa.
¿Quién te dijo que me gusta? La detesto. Odio correr.
No entiendo.
Me obligo a correr. Es algo que va contra mi deseo y yo me lo impongo: no paro de correr hasta que no se cumplen los ocho kilómetros y los 45 minutos. Me templa.
Te templa...
Sí, sigo siendo un tipo desprolijo e inconstante, así que necesito encarar cosas que comiencen y terminen.
¿Qué otras cosas seguís siendo?
Mmm, no sé. Tendría que ver…
En su oficina tiene un cuadro con su primera tapa para Rolling Stone, caracterizado como Guasón. Cuando le pregunto qué hace eso ahí, dice: "Yo no voy a necesitar escribir mis memorias. Cuando esté por morir voy a recopilar todas mis notas con Rolling Stone. Ahí está todo".
Pergolini vs Wainraich
El año pasado te cansaste de putear a Rolling Stone desde que la revista puso en tapa a Sebastián Wainraich. Pareciera que seguís siendo el mismo chico rabioso de siempre.
Soy rabioso, sí. Pero lo de Wainraich fue otra cosa.
¿Qué fue?
Con él tengo razones más personales: yo creo que todo el grupo ese, Schultz, Wainraich, Barragán…
¿Matías Martin?
¡No! Matías Martin, no. Precisamente, la diferencia es que Matías te viene de frente. Yo, cuando he confrontado con estos tipos, los escuchaba decir barbaridades al aire, como las podía decir yo de ellos, claro, el tema es que después cuando los encaraba me decían: "Nooo, Mario, esto es un guión, es televisivo". ¡Y entonces para mí era peor! ¡Qué hijaputez! ¿Es todo de mentira? ¿Y por qué no aclarás que es un juego para la tele? Cuando yo me peleo con alguien, me peleo porque tengo un motivo. Y ahí está el caso de Matías, que sale a defender a sus amigos y dice que a Pergolini le agarra un acv si se llega a enterar que está segundo. Y está todo bien, porque viene de frente, al aire o fuera del aire, para él no hay diferencia. Pero lo demás juegan un rol público que cuando los confrontás en privado no te dicen lo mismo, y eso me parece medio cagón, me parece injusto. Porque entonces sos un sicario. Si lo hacés por un sueldo y decís cualquier cosa que te pongan adelante, bueno, sos un sicario. De poca monta, además, porque ni siquiera termina habiendo sangre y muerte.
Ok, la rabia sigue ahí.
Sep, donde estuvo siempre.
¿Qué hay de nuevo en la FM argentina?
Vorterix, nada más.
Además de Vorterix, ponele.
Lo digo en serio. Como Eter y TEA sigan formando los profesionales que están formando, no creo que vayamos a ver novedades.
¿Cómo tendrían que formarlos?
El formato meto dos temas, no sé qué hacer, abro mails y leo una revista, o entregarle al oyente la consigna del regalo más loco que tuvo en su vida; es de una chatura insoportable. Yo le estoy escapando a esa radio. Yo les pido a todos los que trabajan en Vorterix: si no tienen nada para decir, pongan otro tema, hay muchos y muy buenos. De verdad, si no tenemos qué decir, callemos. La radio no nos necesita.
¿De dónde podría venir la renovación?
Mirá, yo fundé la primera radio pirata, en 1985. Se llamaba El Bulo de Merlín. Empezaba en el 88.1 y terminaba en el 103 y algo, a medida que se iba calentando el transmisor… La policía venía y no sabía si confiscar o qué hacer con nosotros. Y siempre creí que las radios piratas iban a entregar su respuesta creativa a las radios comerciales. Pero no, copiaron FM 100, copiaron a la Rock & Pop y lo que iba a ser la radio alternativa terminó siendo radio de bailanta, o de pastores o de punteros. Tal vez de la nueva ley de medios sale algo. Hay chicos haciendo radio en la web pero todavía no encontraron lo que la literatura joven encontró en los blogs, ese impulso sorpresivo. La FM necesita encontrar su blog. Todavía lo está buscando. Paciencia.
¿Pasó algo más desde la aparición de Fernando Peña?
Peña fue el mejor descubrimiento de Lalo, aunque sí, fue importante como compositor de personajes. Ahora, tal vez estemos fracasando nosotros como oyentes. Seguimos pidiéndole a la radio lo que mi vieja le pedía a Larrea o a Fontana. Puede ser eso, no sé.
***

La reserva que durante todos estos años Pergolini ha hecho de su intimidad familiar sigue de pie. A esa constancia la rubrica convenientemente con la ausencia de cualquier escandología presunta. Sin embargo, en su conversación, los hijos son una presencia que, se me ocurre, ha ido ganándole metros al resto. Fue su hijo mayor quien lo acercó al universo Orsai de Hernán Casciari, con quien ahora comparte proyectos de escritura radial y podcasts. Y fue también su hijo quien lo puso delante del chico que Pergolini siente que fue cuando le dijo tomá, leé esto:
Cuando Peter se despertaba por la mañana, nunca abría los ojos hasta haber contestado dos sencillas preguntas. Siempre acudían a él en el mismo orden. ¿Quién soy? Ah, sí, Peter Fortune, diez años y medio. A continuación, con los ojos aún cerrados, segunda pregunta: ¿Qué día de la semana es hoy? Y allí estaría ese hecho tan sólido e inamovivble como una montaña. Martes. Otro día de escuela. Acto seguido se taparía la cabeza con las mantas, se hundiría en lo más hondo de su propia calidez y dejaría que lo engullera la agradable oscuridad. Casi podía fingir que no existía. Pero sabía que tenía que obligarse a salir. El mundo entero estaba de acuerdo en que era martes. La propia Tierra, precipitándose a través del frío espacio, girando y moviéndose alrededor del sol, los había llevado a todos hasta el martes y no había nada que Peter, sus padres o el gobierno pudieran hacer para modificar ese hecho. Tendría que levantarse o perdería el autobús.
Así comienza el segundo capítulo de En las nubes, de Ian McEwan. En la cabeza de Peter Fortune, la fantasía es capaz de cambiar el eje de rotación terrestre y convertir un martes en un domingo, pero sólo en su cabeza, aunque por un momento su cabeza es suficiente. Pergolini dice que ha sido ese niño, tan calcadamente que antes de convertirse en un enfervorizado militante de la primavera alfonsinista fue tan solitario y silencioso como Peter, con ese mismo mundo interno de inventor. Y que sigue siendo ese mocoso cuando desde el mangrullo de los conciertos mira al público levantando sus celulares y se imagina que es un director de cámaras que puede switchear las pantallas de todos esos teléfonos como si fueran cámaras a su disposición. El tema es que después se pone a ver cómo su fantasía puede dejar de serlo y un día empieza a creer que con el soft adecuado la gente va a poner sus celulares al servicio del streaming para que todos podamos ver lo que ellos ven, e inmediatamente después empieza a creer que el tipo que desarrollaría un soft así en algún lado tiene que estar, es un tipo posible. Su fantasía termina de pasar del estado gaseoso al sólido cuando sale a buscarlo.
Un amigo me dijo que cumplir 50 años se parece a cuando estás arriba del Buquebús y dejás de ver Buenos Aires para empezar a ver Colonia. Tu muerte, tu propia muerte. ¿Es un tema?
No, no lo es. Lo fue. A los 35, a los 40, por ahí, pero después entendí que no tiene sentido. Sé que me voy a morir y no me importa si es mañana. Ojalá que no, porque me gustaría ver funcionar todo esto. Sería injusto que me muriera ahora, con todo esto en marcha. Sería una guachada. Pero no me come la cabeza.
¿Cómo soltaste esa idea, cómo la dejaste ir?
No sé, cada vez hay mejores videojuegos, ¿viste?
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