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Prueba lírica con bajas notas

"Roberto Devereux", ópera en 3 actos. Música de Gaetano Donizetti. Libreto de Salvatore Cammarano. Intérpretes: Adelaida Negri (Isabel I), Omar Carrión (Duque de Nottingham), María Luján Mirabelli (Sara), Carlos Duarte (Roberto), Carlos Gramajo (Lord Cecil), Víctor Castells (Sir Walter Raleigh), Sebastiano De Filippi (Paje). Régisseur: Eduardo Rodríguez Argibel. Escenografía: Daniel Feijóo. Iluminación: Alberto Alonso. Vestuario: Azelio Polo. Coral Metropolitano de Opera, dirigido por María Angélica Caruso. Orquesta del Festival Donizetti. Director: Horacio Rogner. Teatro Avenida. Nuestra opinión: regular .
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27 de marzo de 2000  

El viernes pasado, "Roberto Devereux", que pertenece a la llamada trilogía Tudor, de Donizetti (junto a "María Estuardo" y "Anna Bolena"), tuvo su virtual estreno en el teatro Avenida, ya que nunca subió al escenario del Colón y se representó hace 146 años, en 1854, a sólo 17 de su estreno mundial en Nápoles. Este mérito pertenece a la institución Casa de Opera de Buenos Aires, dirigida por la cantante Adelaida Negri, a quien también se debe una puesta anterior de "Lucrezia Borgia", otra ópera de Donizetti que consiguió mayor resonancia en la escena internacional.

La historia de "Roberto Devereux" está signada por la mala suerte, porque ningún teatro lírico volvió a ella durante más de un siglo y su partitura se perdió durante la Segunda Guerra, hasta que en 1964 fue rescatada en Nápoles por la cantante turca Leila Gencer.

Posteriormente, esta recuperación se proyectó a dos grandes estrellas del bel canto, la catalana Montserrat Caballé y la norteamericana Beverly Sills, quienes además la registraron en versiones discográficas (Caballé con Carreras y Sills con Domingo) que los aficionados usan como modelos de una obra tan poco difundida.

En el invierno europeo de 1990, después de otra restauración de "Roberto Devereux" en el teatro Liceo, de Barcelona, una de las más brillantes sopranos ligeras de esta época, la checa Edita Gruberová (que festejaba allí su cumpleaños número 44), confesó a La Nación que cantar esa ópera era un sacrificio tremendo para cualquier soprano, incluidos la mezzo, el tenor y el barítono.

Compromiso que hasta una cantante muy joven y dotada debería pensar seriamente antes de asumir, ya que Donizetti parecía haberse ensañado allí con las voces. Además, se trata de una obra que exige un cuarteto vocal protagónico en óptimo estado de preparación.

Temerario desafío

¿Qué puede haber llevado a este grupo argentino a afrontar y exponerse con tal rescate, salvo el espíritu pionero que siempre distinguió a los fanáticos de la ópera?

No deja de extrañar tal sacrificio, ya que las posibilidades de lucimiento artístico personal caen frente a una empresa reconocida en el mundo operístico entre las más temerarias.

Adelaida Negri fue en los años 70 una soprano especialmente estimable, con medios vocales nada comunes y respetable cultura musical. Se la recuerda sobre todo en "Butterfly" y "Don Carlos", de aquella década, aunque luego en los 80, en actuaciones protagónicas en óperas de Donizetti y Bellini, se advirtió cierta pérdida de su gran caudal vocal y cada vez mayor resaltado del vibrato.

En la función del viernes pasado se acentuaron carencias y sombras, mientras subsistían algunas cualidades, como la correcta dicción y sensibilidad para el melodrama, aunque en todo el elenco se advirtió una sobreactuación remarcada por el gesticulado.

Al final del tercer acto, apenas empieza a cantarse el aria "Vivi ingrato", el espectador puede formarse una idea precisa de cómo Donizetti pone a prueba a una cantante con la mayor colección de dificultades vocales que logró reunir.

Sólo con una gran veteranía es posible salir entero de esa contingencia y no enmudecer, un mérito que es necesario reconocerle a Adelaida Negri.

Los inconvenientes vocales también contaminaron el desempeño de una voz joven como la del tenor Carlos Duarte y la mezzo de sugestivo color María Luján Mirabelli. El barítono Omar Carrión volvió a ser grato de escuchar y bien ubicado en la vena lírica.

Vaivenes en contra

Pero en esta primera función se advirtieron algunos desajustes entre cantantes y orquesta, ya molestos al final del primer acto, que ojalá se corrijan en sucesivas representaciones.

La orquesta sonó sin demasiado refinamiento y los golpes de la percusión aparecieron excesiva y metronómicamente remarcados. Finalmente, el vestuario en la ópera a veces debería escapar al carácter histórico estricto.

En este caso, los rígidos armazones circulares, tipo miriñaque, bajo los vestidos, aparecieron como un elemento antifuncional, con el agregado de que, cada vez que Sara se inclinaba, su cola se levantaba como una verdadera carpa.

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