La radio, eterno escenario de la ilusión

Del "Glostora Tango Club" a "Rapidísimo", una forma de reconstrucción del pasado personal
Del "Glostora Tango Club" a "Rapidísimo", una forma de reconstrucción del pasado personal
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26 de agosto de 2001  

Vos no lo sabés -¿te puedo tutear?, estamos en la radio-, pero estas voces que escuchás cada día de tu vida te están calando hasta los huesos. No podés saberlo porque a tu edad todo parece presente y el cinismo y el vértigo se parecen a la felicidad y aún no te topaste con la melancolía. Vos no lo sabés, pero algún día vas a escuchar las risotadas de Mario como yo escucho ahora las bromas absurdas de Lalo y el tono tierno y sobrador del viejo Castelo y la palabra incisiva del Gordo Lanata y los monólogos tristones del Negro Dolina. Lo vas a escuchar todo con nostalgia y con pena y con extraña alegría y vas a dibujar una sonrisa mansa en tu cara, porque vas a entender algo que cuando se descubre queda para toda la vida: la radio es la infancia.

Siempre fue así. Mi viejo me contaba que en su época las familias se reunían alrededor de la radio para esperar la transmisión de un acontecimiento deportivo o el comienzo de un radioteatro. Tenía memoria de elefante y los domingos, cuando nos juntábamos a escuchar el partido, aprovechaba los momentos en que la pelota la tenía el equipo rival para recitarme a la Máquina de River y recordar los nombres de los tipos que lo habían hecho reír toda su vida: el dúo Buono-Striano, Pepe Arias, Luis Sandrini, Pepe Iglesias El Zorro , Niní Marshall, Juan Carlos Mareco, Fidel Pintos, Dringue Farías. A la noche yo lo llamaba para ver el partido y él siempre decía que no: prefería seguir imaginándose las jugadas que le había relatado con su vozarrón inflamado el Gordo Muñoz, aunque siempre aclaraba que su preferido era Fioravanti. Un día insistí y me contó que jamás había visto fútbol ni boxeo por la tele; ni siquiera las peleas históricas de Locche-Fuji y Monzón-Benvenutti, que había seguido por la voz de Caffarelli. Decía que las imágenes eran demasiado verdaderas y que no había nada mejor que imaginarse un contragolpe fulminante del Pinino Mas en la Bombonera y el rugido de la multitud enfervorizada y los cuerpos sudados chocándose en la popular y que entonces se le ponía la piel de gallina y que dejame de hinchar con la tele . Era un cabrón, no lo vas a poder creer: ni siquiera me dio el gusto el día en que el hombre llegó a la Luna. El tipo se puso la Spika pegada a la oreja y ni las caras de asombro de mamá ni la voz excitada de Mónica Mihanovich ni mis gritos en plena madrugada le movieron un pelo. Tiempo después pensé que tenía razón: debió de haber sido más emocionante dejar correr la fantasía que tener los ojos clavados en una imagen borrosa que te mostraba a un hombrecito saltando lentamente mientras alguien se desgañitaba para hacerte entender que ése era un momento histórico.

Esa noche el viejo sabio salió al patio, miró la luna y se puso a llorar.

* * *

Me acordé de mi viejo esta semana en el Recoleta. Por la mañana, Fernando Bravo había contado por la radio que había una muestra con los grandes momentos de la radiofonía. Fui a verla y me encontré con Blackie y Fidel Pintos y Santiago Gómez Cou y Jorge Luz y Ana María Campoy y Juan Carlos Altavista y Juan Carlos Thorry y Cacho Fontana y con fragmentos de programas como el "Glostora Tango Club" y "Los Pérez García" y hasta le conocí la cara a Ariel Delgado, el locutor al que papá escuchaba siempre por Radio Colonia. Bah, no te voy a mentir: me encontré con mi viejo, que ahora ya murió.

El se hubiera divertido de lo lindo y te juro que me hubiera encantado saber si escuchó todo lo que hay ahí: un discurso de Uriburu en el 30, un pronunciamiento del Che Guevara, el anuncio de la muerte de Eva Perón y tantos otros momentos de la historia argentina que jamás quiso leer en los libros, y al fin y al cabo nadie te cuenta las cosas tan bien ni tan rápido como la radio. Le habría gustado volver a escuchar los jingles de Cafiaspirina, de las pastillas Valda, del aceite Ricoltore, del vino Uvita y del Wincofón, porque durante toda su vida cuando iba a hacer los mandados terminaba comprando sólo los productos que le recomendaba la radio. Sólo hizo una excepción -no sé si por intuición o falta de dinero- el día en que pasaron los primeros avisos de los televisores Capehart y Standard Electric.

Seguro que lo escuchó todo, menos el día en que transmitieron "Parsifal" desde el Coliseo, el día en que nació la radio. Pobre viejo: no le gustaba la ópera, prefería el tango y siempre que podía se iba a ver a las orquestas de Troilo y de Canaro que tocaban en los estudios de la radio, porque decía que la radio, además de informar primero y de ser su mejor compañera, había hecho un montón de cosas para difundir la música popular. En esos casos yo le decía que tenía razón: la primera vez que escuché a los Beatles y a los Rolling Stones fue por radio.

Debe de ser por todo eso que ahora me hice tan amigo. Desde que murió escucho las cosas que le gustaban a él (Magdalena, Héctor Larrea, "La oral deportiva") y las que fueron acompañándome durante mi adolescencia. Al fin de cuentas, la radio está ligada a mi vida desde el día en que nací. Mamá siempre me dice que el viejo no asistió al parto porque prefirió esperar afuera, en el pasillo, viste cómo era él. Pero yo sé la verdad porque se la pregunté un día en que los dos nos atrevimos a dejar por un segundo el fútbol y la radio para hablar de nosotros, y quise saber qué le había pasado cuando nací. Entonces papá me contó que ese domingo pegó un grito tremendo de alegría y que el hospital entero se dio vuelta para mirarlo y que comenzó a saltar como nunca lo había hecho en su vida y que era gol de River frente a Racing y que otra vez había perforado la red Walter Gómez, vamos uruguayo, todavía, y que pegada a la oreja tenía la radio.

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