Resonancias de un film que emociona

Fernando López
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3 de marzo de 1998  

Hay films que dejan sedimento, que crecen en el cerebro y en el corazón con el paso del tiempo, que van descubriendo lentamente nuevas facetas y nuevas sinuosidades, como los objetos que la noche ocultaba y que empiezan a recobrar sus formas cuando los alcanza la luz del amanecer.

Son films que hay que dejar madurar. Lo hacen discretamente, sin que lo percibamos. Y un día u otro reaparecen, no como fotos fijas en el recuerdo sino como aquel perfume o aquel sabor que creíamos olvidado, convocados por el sentimiento que nos despierta cualquier circunstancia de la vida.

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No suelen ser -claro- de esas historias cerradas y definidas que nos mantienen atados a su intriga durante una hora y media y nos abandonan apenas cruzamos la puerta del cine. No, ésas quedan, así como vinieron, encerradas en sus cajitas, congeladas en el recuerdo. Los films de los que hablamos a veces ni siquiera nos producen una impresión honda en primera instancia; pueden carecer de impacto inmediato.

Son un poco incómodos, no hace falta decirlo. No están preprocesados para evitarle al espectador cualquier peligro de perturbación ni vienen con las emociones dosificadas de acuerdo con los consejos del departamento de marketing. Resultan, por eso, poco recomendables para quien va al cine como a un supermercado de entretenimiento. "El dulce porvenir" es uno de esos films.

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Quizá cuesta abarcarlo en una primera aproximación. ¿De qué habla en su film el canadiense-egipcio-armenio Atom Egoyan? De la muerte, claro; de las respuestas ante la fatalidad; de la necesidad de soñar otro futuro porque el que había se hizo añicos; de todo lo que se ha mantenido oculto y que un golpe de la vida deja a la intemperie; de responsabilidades y culpas; de la verdad esquiva y manipulable; de las formas de la paternidad.

Y de mucho más. Porque Egoyan, como algunos otros directores que se valen del cine como vehículo para manifestar sus vivencias personales (o mejor, como de la página en blanco sobre la que intentarán describir sentimientos confusos para ponerlos en claro), apunta sobre todo a lo que no se dice, a lo que no atina a explicar.

En el centro está la tragedia de una pequeña comunidad que ha perdido a sus niños en un accidente y la llegada de un abogado que -tal vez para acallar sus propios demonios- incita a las familias de las víctimas a buscar un responsable de la tragedia. El vínculo entre inocencia y culpabilidad es estrecho y el film anda todo el tiempo indagando en torno de ese lazo ceñido.

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Maestro de la sugestión y de lo no dicho, Egoyan no sólo evita las respuestas: ni siquiera termina de formular los interrogantes. Pone la emoción en pantalla a través de sus personajes y -he ahí su gran acierto- contagia al ánimo del espectador inquietudes, incertidumbres, pequeños estremecimientos. Su film no busca las lágrimas: conmueve de verdad, agita imprecisas y oscuras corrientes, invita a reconocer temores, dudas y certezas.

Y está lleno de ecos a los que vale la pena atender. Sobre todo cuando se pertenece a una sociedad como la nuestra, que tan trabajosamente procura todavía elaborar sus pérdidas.

Con el paso del tiempo, seguramente, crecerán sus resonancias. Como sucede siempre cuando el cine acierta a retratar la vida.

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