Retrato de una histórica generación de escritores

Federico Irazábal
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2 de diciembre de 2016  

Beatnik, una historia verídica / Libro: Francisco Scarponi / Elenco: Magui Bravi, Nahuel Mutti, Fabio Di Tomaso, Rodrigo Esmella, Sebastián Francini, Gerardo Alessio / Vestuario: Ana Ortiz / Iluminación: Osvaldo Laport y Gerardo Alessio / Escenografía y dirección: Osvaldo Laport / Funciones: jueves, a las 21; viernes, a las 23.30 / Sala: Maipo Kabaret / Nuestra opinión: buena

Probablemente una de las mayores dificultades a la hora de llevar a escena a cualquier grupo literario sea el modo en el que la dirección comprende la literatura, el tono en el que ésta es representada. Y más aún si se trata de un grupo que hizo de la libertad, de la puesta en crisis de los valores su marca principal, y que además atacó fuertemente al sistema cultural norteamericano todo. La representación de ese grupo cultural ¿se hace exclusivamente en el plano argumental o debería buscarse su correlato en materia teatral? ¿Qué significan los beatniks en la historia de la literatura de su tiempo y que significa Beatnik, una historia verídica en la nuestra?

El texto escrito por Francisco Scarponi tiene enorme cantidad de méritos. Es una obra que sabe rastrear los antecedentes de esa generación, que se toma todas las libertades necesarias para su planteo y desarrollo, pero que además sabe correrse de ciertas estéticas escénicas convencionales biográficas y se permite un juego con la estructura de su propio texto. En términos estrictamente temporales habría que decir que la propia historia está estallada en tanto y en cuanto no hay una búsqueda de desarrollo cronológico. Los diálogos y las citas permiten al espectador ubicarse en tiempo y lugar y comprender parte de este grupo que dejó tan fuerte marca para toda la cultura posterior.

El problema es que el texto en tanto tal es francamente demandante. Exige un sistema de interpretación de una complejidad superlativa, ya que al plano estrictamente mimético (¿cuánto sabemos de cómo se movía Kerouac?, ¿cuánto de cómo hablaba?) se le agregan situaciones emocionales que exigen actores que no sólo compongan, sino que a ese trabajo de composición puedan agregarle una carnadura tan compleja que lleguen a estar en condiciones de representar un crimen a centímetros del espectador. ¿Qué hacer, desde la dirección de actores, ante esto? O profundizás el realismo acompañando al actor hacia ese lugar o te alejás de allí para no exponerlo. La decisión de Laport es ir a fondo en la representación "emocional" de las escenas y allí es donde no encuentra materia para profundizar en esa decisión estética. Así, las escenas más lúdicas se imponen por sobre las más trágicamente emocionales, ya que hay en éstas algo de pantomímico, de pura marcación. Se impone la falsa idea de que gritar denota escena de alto impacto emocional. También resulta un tanto llamativa la concepción "culta" sobre la propia literatura, tratándose del grupo del que se trata. Y, en este sentido, hay en el decir algo moroso, algo solemne, que no es estrictamente aplicable a este grupo de escritores norteamericanos.

En lo que hace a la puesta en escena hay que señalar el enorme acierto en lo que hace a la disposición espacial (resolviendo los permanentes problemas que ese escenario del Maipo Kabaret tiene para llevar adelante una propuesta de teatro de texto) y la puesta de luces, que sabe demarcar, generar intensidades y ayudar al espectador a sortear los problemas interpretativos con los que lamentablemente se encuentra.

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