Ringo Starr And His All Starr Band: Un Beatle en Buenos Aires

El ex integrante de la mítica banda llegó por primera vez al país para presentarse en el Luna Park; crónica y fotos
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9 de noviembre de 2011  • 16:53

Para los fans del rock y su historia, se recordará los últimos meses como la oportunidad en la que dos Beatles (y obviamente que la omisión del prefijo "ex" es intencionada, porque beatle se es por siempre) tocaron en Buenos Aires. En el caso de Ringo Starr, la efeméride es quizás aún más significativa, por tratarse de su primera visita al país. Bingo, cartón lleno.

Ringo llegó a la Argentina al frente de la formación número ¡once! de la All Starr Band, un proyecto que comenzó hace más de 20 años (en 1989, para ser exactos) y que es una idea excelente para sacarle al baterista el peso de tener que llevar adelante todo el show. Si después de todo, como quedaría ampliamente demostrado a lo largo del concierto de 110 minutos, lo que Ringo más disfruta es sentarse detrás de los parches, a los que golpea con su estilo inmediatamente reconocible.

Al principio, la fórmula abarcaba solo algunos camaradas de armas de los 60 y 70, pero en la última década se amplió para incluir un par de representantes de los 80. En este caso, fueron Wally Palmar (The Romantics) y Richard Page (Mr. Mister), que se suman a dos rockers norteamericanos de ilustre trayectoria, Edgar Winter y Rick Derringer, dos sesionistas consumados, Mark Rivera (un comodín – saxo, coros, percusión - que participó en varias ediciones de la banda) y Greg Bissonette, y –curiosamente- el único británico ademas de Starr, Gary Wright, quien tocó en Spooky Tooth y luego desarrolló una exitosa carrera solista.

El formato es que cada uno (excepto los sesionistas) canta un par de hits de sus respectivas carreras, intercalados con temas de los Beatles y de Ringo solista. Pero tratándose de un Beatle, es obvio que sus standards son muy altos, y esto es mucho más que una reunión de veteranos tocando sus éxitos para un público nostálgico. Hay arreglos elaborados, excelentes armonías vocales, y dos "parejas" espectaculares cuya interacción constituye un show dentro del show: por un lado, la dupla del extraordinario guitarrista Rick Derringer con el multiinstrumentista (saxo, teclados) Edgar Winter, cuya sociedad se remonta a principios de los 70, cuando ambos tocaban en White Trash, el grupo de este último. Por el otro, el tándem de Ringo y Bissonette, tocando a dos baterías por momentos exactamente las mismas partes (incluyendo idénticos movimientos corporales), como si integraran un ballet rítmico perfectamente sincronizado. Además, el goce arriba del escenario es genuino, y se transmite a la audiencia.

El baterista tiene un nuevo álbum de estudio, Y Not –pero como suele suceder con los artistas de su generación- el disco es simplemente un pretexto a la hora de tocar en vivo, y sólo un tema, "The other side of Liverpool" (una evocativa canción sobre su infancia) estuvo incluido en la lista. Al igual que Paul, Ringo sabe hacer uso del humor para escaparle a lo que podría ser un trip nostálgico o excesivamente sentimental. Como cuando introdujo "Boys" – la primera canción que cantó con los Beatles – diciendo que "solía hacerla con esa otra banda en la que tocaba", para rematar con un … "Rory Storm & the Hurricanes" (un dato que además es estrictamente cierto, Starr cantaba este tema – un cover de las Shirelles- en su grupo pre-Beatle).

Hablando de lo cual, tampoco hubo demasiados temas de los Fab Four: seis, de los que solo tres pertenecen a la pluma de Lennon-McCartney. Pero claro, estamos hablando de "Yellow Submarine", "I wanna be your man" (que compusieron para los Stones) y "With a little help from my friends", que culminó el recital enganchada con el estribillo de "Give peace a chance", como para reforzar el mensaje de paz y amor siempre presente en la imaginería beatle y del Ringo solista, que acompaña con sus eternos dedos en "v". Starr también ha sabido apropiarse de "Act naturally", cuyo sabor country sigue siendo tan irresistible como cuando la cantara en Help! , y "Honey don’t", de uno de los inventores del rock’n’roll, Carl Perkins. Algunos hits de su carrera en solitario entonados por un Ringo en espléndida forma – flaco, de traje negro y zapatillas, remera de idéntico color con una estrella brillante-, fueron "It don’t come easy", con el que abrió el concierto, "Back Off Boogaloo", con una onda muy glam, y "Photograph", compuesto junto a Harrison. El guitarrista también fue evocado en otro momento del show, cuando Gary Wright recordó que había conocido a Ringo durante las sesiones del primer álbum solista de George, All things must pass, y que éste después lo invitó a la India, lo que proporcionó la inspiración para "Dream Weaver", que cantó con gran sentimiento.

Palmar aportó alta energía power pop con "That’s what I like about you" y "Talking in your sleep", y Richard Page contribuyó con los dos hits de su banda, "Kyrie" y la efectiva balada "Broken Wings". Pero los dos grandes momentos extra-Ringo del show corrieron por cuenta de Winter y Derringer. El tecladista recordó que fue el primero a quien se le ocurrió ponerle una correa al sintetizador y colgárselo como si fuera una guitarra, como prólogo para una demoledora interpretación de "Frankenstein", un instrumental tan complejo como ganchero que llegó al Nº1 en 1972 (evidentemente, eran otros tiempos). Y Derringer dió una master class de guitarra con "Rock and Roll, Hoochie Koo", un tema suyo que fuera estrenado por Johnny Winter, y más tarde se convirtió en hit en la versión de White Trash. Culminó con un solo sin acompañamiento, que dejó las mandíbulas por el piso. Antes, había interpretado "Hang on sloopy",un éxito que tuvo cuando aún era adolescente con su banda The McCoys, y que desde 1965 no puede dejar de tocar cada vez que sube a un escenario.

Por suerte, en esta primera presentación de Ringo Starr y su All Starr Band en el Luna Park (que tuvo a Fernando Blanco como telonero), la música le ganó a la nostalgia. Por lo menos, de las puertas para adentro. Porque en la calle, una profusión de venta de remeras y merchandising de todo tipo en una cantidad sin precedentes, proporcionaba una nueva demostración de que, tratándose de un Beatle, la nostalgia sigue siendo un excelente negocio.

Por Claudio Kleiman

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