Las victorias se agrandan para la ficción local

Pequeña victoria arrancó con buenos números
Pequeña victoria arrancó con buenos números
Marcelo Stiletano
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22 de septiembre de 2019  

En definitiva: lo que dejó la semana

Hay una pequeña victoria en el título del lanzamiento de ficción más reciente realizado por Telefe y una victoria bastante más grande al término de su primera semana en el aire. La repercusión del ciclo creció de inmediato, de la mano de sus sostenidos números en las mediciones de audiencia. Al sostenerse en sus primeras cuatro emisiones con cifras que en promedio se mantuvieron casi constantes alrededor de los 15 puntos, lo más probable es que de aquí en adelante esos valores no cambien demasiado. Podrán crecer, pero difícilmente bajen.

Lo primero que consigue un respaldo inicial tan fuerte es asegurar la idea. Una de las creadoras de Pequeña victoria, la guionista y dramaturga Erika Halvorsen, contó en la semana que hizo entrega a Telefe de los textos del último episodio previsto hasta aquí (son 60 en total) casi al mismo tiempo en que Pequeña victoria comenzaba su viaje en la pantalla.

Esta es toda una demostración de cómo los proyectos más ambiciosos arrancan casi a ciegas mientras están definidos a la vez por el largo plazo. En esas primeras instancias se juega todo mientras empieza a aplicarse esa máxima del guionista William Goldman que el mundo del entretenimiento ya convirtió en ley de hierro: "nadie sabe nada". Hasta que el primer veredicto del público aporta una certeza inicial. El apoyo al camino elegido. Algo empieza a saberse.

Algunas reglas nunca cambian. Historias como las de Pequeña victoria, con tantos personajes y características corales (aunque esta vez un denominador común muy original alglutina a sus cuatro visibles protagonistas) requieren tiempo y espacio para su desarrollo y consolidación. Hasta no hace mucho tiempo, esas condiciones encontraban en los canales de aire de la Argentina el apoyo de la audiencia solo cuando aparecía detrás de cada una de ellas un sello de importación. Cada una a su manera, Turquía y Brasil lograron afianzar con eficacia admirable estilos y fórmulas narrativas pensadas a largo plazo. El público local percibió esos atributos y renovó con inclinación hacia lo extranjero el modo tradicional que lo identifica a la hora de ver historias de ficción con frecuencia diaria.

Sucede que hasta en los tiempos de cambios más drásticos y constantes en el consumo televisivo (el actual, más que cualquier otra experiencia pasada, lo demuestra) siempre perduran modalidades, actitudes y conductas más bien conservadoras. Este comportamiento no tiene secretos. Responde a la necesidad de ver representadas las emociones más profundas e identitarias de los seres humanos en interacción con sus semejantes: el amor, la amistad, la traición, los celos, los engaños, las ambiciones, el desprendimiento, los anhelos imposibles, el misterio de la muerte y el sueño de la trascendencia.

Hoy, Argentina tierra de amor y venganza (ATAV) y Pequeña victoria encarnan con números plausibles de rating un viraje en el gusto del público. En esta etapa, la audiencia local parece haber encontrado una empatía razonable con personajes e historias propias que empiezan a interpelarlos con éxito. Esta repercusión paralela, de paso, sugiere una interesante pregunta como inventario para el futuro. ¿Logrará perdurar la fórmula más bien tradicional de ATAV, que en un contexto económico como el actual enfrenta indudables condicionamientos de producción o seguirá imponiéndose la fórmula de Pequeña victoria, más ligera y sofisticada en términos de puesta en escena y con un ojo siempre atento a los temas de mayor repercusión social del momento?

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