Sobre los gustos de esos raros de paladar

Desde frugívoros estrictos hasta fisicoculturistas que no evitan nada
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8 de diciembre de 2009  

Lo dejó por escrito Lucio V. Mansilla: la felicidad está en los extremos. Y es sabido que, según sus palabras, uno de los motivos que lo llevaron a mezclarse entre los indios ranqueles mediando el siglo XIX fue nada menos que el de degustar una auténtica tortilla de huevos de avestruz. Lo que era extravagante entonces seguiría siéndolo ahora. En la Argentina de hoy, más que en muchos países del mundo, resulta difícil salir de un menú de seis o siete líneas (y excepto la pizza y la pasta todas incluyen carne y papas). Pero atención que, tanto antes como ahora, no es difícil hallar esos espíritus libres, contrarios o al menos indiferentes a nuestro sagrado conservadurismo culinario.

Tomar licuados como desayuno no tiene nada de especial. Pero sí lo tiene tomar licuados de desayuno. La originalísima idea le pertenece a Daniel Medero, agente inmobiliario de 44 años. Cada mañana, antes de ir a su oficina, Daniel tragaba como podía sus galletitas de agua con manteca, mermelada y un clásico café con leche. Ex barman y coctelero por naturaleza, un rapto de inspiración lo llevó a poner galletitas, manteca, mermelada, café y leche en la licuadora como si de ingredientes se tratara. El objetivo, cumplido sin duda: apurar ese momento para algunos menos valioso que tironeado por el reloj. "Espanta a algunos amigos, pero a mí desde el comienzo me gustó el sabor. De todos modos, ya lo sé: soy el único", aclara.

En materia de desayuno, otra única es Paula Chebitelli. Personal trainer de profesión, tiene 38 años y hace cinco practica fitness o fisicoculturismo femenino, lo cual la llevó a abrazar una dieta estricta para ganar masa muscular. En períodos de engorde, a eso de las 7, mientras Daniel licúa sus crackers, Paula bien puede estar sirviéndose sus 300 gramos de carne matutinos con 100 gramos de arroz. Nada más (nunca una tostada) ¡ni nada menos! El día prosigue con seis almuerzos: a media mañana repite la cantidad de carne aunque acompaña con tomate; a las dos horas 300 gramos de pollo con ensalada; a media tarde vuelven los 300 de carne con 100 de arroz; a las 7 y a las 11 y media remata con los últimos 300 de pollo. "Mi familia pensaba que era bulímica, o a veces anoréxica. Pasé de los 60 kilos en períodos de desgrasamiento a los 75 cuando llegó el momento de la competición." Estricta como pocas, abandonó las harinas totalmente y justamente por eso celebra la excepción: "Si desayuno una medialuna, me mando una docena". Su organismo hiperdesarrollado la metaboliza en pocas horas…, justo a tiempo para el segundo turno de pollo con arroz.

La dieta del tucán

En las antípodas de hábitos tan carnívoros quedan, por supuesto, vegetarianos, veganos, crudívoros (aquellos que no cuecen sus verduras) y, entre estos últimos, quienes no comen sino frutas. O más bien frutos (se incluyen así nueces o almendras). Cristian Lamarca, diseñador textil de 34 años, inauguró este particular hábito de manera ocasional, mediante lo que él nombra como sus antiguas "desintoxicaciones": días cuya única delicia eran las bananas, uvas y manzanas. Hoy, una de sus jornadas va, por ejemplo, del licuado de kiwi con jengibre a la mañana a la sopa de mango y leche de coco por la noche, pasando por peras a la nuez, pomelos rellenos y cócteles de banana. "¡Al principio sentís que volás! –tienta quien se alimenta como loros y tucanes–. Literalmente, liviandad pura."

En este como en otros terrenos aledaños, no debe faltar el asesoramiento de un nutricionista experto, pero si la medicina tradicional no es lo que apetece, la Unión Vegetariana Argentina puntúa en su website ( www.uva.org.ar ) todos aquellos frutos que, combinados, logran lo que se promociona como la dieta más rica y sana no sólo para algunas aves.

Carestía gourmet

De la raíz a la punta, ningún rincón vegetal queda inexplorado, y si no basta con revisar algunos de los tantos restaurantes de Palermo que dispersan suaves pétalos de rosa y otras variedades de flores entre lomos y ensaladas. Pero a no confundir, que el flower power gastronómico no es exclusividad del bolsillo bienaventurado. Ayelén Pedraza recuerda sus penurias económicas como joven estudiante de artes de Bahía Blanca, donde todavía reside a los 27 años: "De chica estaba acostumbrada a los platos de mi mamá, que incluían amapolas, jazmines y violetas, pero en una época en la que estaba realmente mal de plata, me entusiasmé con la idea y empecé a recolectar flores por mi barrio. En casa las mezclaba con un poco de lechuga para darles un poco más de onda". Hoy, se ríe como quien rememora viejas travesuras, pero no abandona el hábito aunque sin perjudicar a los jardines vecinos y con otras opciones al plato.

He aquí un somero repaso para amenizar cualquier charla de salón (o comida árabe enfrente de una deliciosa carne cruda; acaso nutria al horno o mara al escabeche, en un convite de peculiaridad local). De hormigas colombianas a sofisticados cócteles moleculares, la lista no acaba. A no despreciar el menú exótico mientras el médico nos dé su bendición y no queramos pasar por el aburrido del grupo. Después de todo, dicen, somos lo que comemos.

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