“Soy un tipo que camina el club”

A boca de jarro: Bruno Quintana
Daniel Flores
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18 de mayo de 2003  

El teléfono de línea y el celular suenan por turnos, pero casi sin pausa, en el escritorio de Bruno Quintana, vigésimo cuarto presidente del Jockey Club de Buenos Aires. Varias llamadas son para felicitarlo por haber sido elegido por aclamación en la asamblea del último martes 6, después de que completó el período de su antecesor, Alfredo Lalor, fallecido durante su gestión. Conversa también con su par del Jockey de Santa Fe, por temas mucho menos gratos, aunque urgentes.

"La asamblea fue muy buena, a pesar de que, tranqueras afuera, estamos en un medio político difícil. El país pasa por un momento complicado y las instituciones también, pero en el club hemos tenido las elecciones más tranquilas en 25 años", dice satisfecho Quintana, productor agropecuario de 59 años, casado, con cuatro hijos (tres mujeres y un varón, el menor, de 19 años; "nuestro bebe, aunque ya me lleva una cabeza") y una evidente identificación total con la entidad, fundada en 1882.

–¿Cómo es su historia en el club?

–Soy hijo y nieto de socios vitalicios. Mi papá y mi abuelo nunca integraron la comisión directiva, pero sí tuvieron mucha participación en la vida social, sobre todo en la sala de armas, en la biblioteca. Yo empecé a venir a la sede de Cerrito, junto a la embajada de Francia, la casa que se compró después del incendio de la de Florida, en 1953. Tenía 16 años y ahí comencé a tirar esgrima, que era lo que podía hacer como menor. Ahora llevo casi 38 años de socio.

–¿Cuándo decidió involucrarse más, de otra forma?

–Fue hace quince años, cuando Roberto Vásquez Mansilla me invitó a integrar la comisión directiva. Presidí durante catorce años una comisión complicada, la del interior. Soy un tipo que camina el club. Por eso, fue muy grato para mí que en la asamblea uno de los que pidieron la palabra, que en su momento lideró la lista de la oposición, dijera No hay nadie que conozca el club como Bruno.

–¿Cambió su relación con el club?

–Una cosa es disfrutarlo y otra, dirigirlo. Es un gran desafío. Por cierto, también es un honor, pero el tiempo que uno dedicaba a taquear, a escuchar una conferencia, a la biblioteca, se lo lleva la administración. Por eso, se pierden muchas cosas. Otras podrán compensar, pero no en la misma intensidad.

–¿Qué extraña?

–Tener tiempo para mí. La palabra ocio la he dejado de lado. Además, hay que recordar que esto es ad honorem, por lo que uno no deja de manejar sus cosas privadas, que en mi caso están en el sector agropecuario (tenemos campos en Buenos Aires y Entre Ríos). Lo ideal sería que el día tuviera 40 horas.

–Uno siempre cree que va a poder repartir el tiempo...

–Siempre se piensa eso, pero acá hay mucho para hacer: la parte administrativa, la parte interna, la relación con el exterior, las relaciones con las instituciones, con la Iglesia, con las Fuerzas Armadas y con el Estado. Aunque en el club no hacemos política partidista.

–¿Cómo cambió el Jockey?

–Ya no están algunos de esos personajes fantásticos... Siempre me acuerdo de Emilio deAlzaga, con sus bigotes prusianos, haciéndome la entrevista como nuevo socio. Me preguntaba Dígame , m’ hijo, ¿cómo está usted, a qué se dedica?, aunque era íntimo amigo de papá.

–¿Lo intimidaba un poco?

–No, no, al contrario, eran las formas de aquel momento. Admiré y quise muchísimo a Alzaga. Incluso más adelante siempre fui de consultar a miembros de anteriores comisiones directivas. Los tiempos han cambiado y el club también. Pero ha cambiado lo que se le da al socio; la esencia es la misma. Indudablemente, el club ha acompañado las necesidades de los socios. Quién hubiera pensado que los socios iban a poder traer no sólo a los hijos, sino a los amigos de sus hijos. ¿Por qué? Porque es necesario integrar a la familia. Muchas veces los chicos les decían a los padres que querían traerlos Sí, voy, papá. ¿Pero qué hago solo? Y quién iba a imaginar que tendríamos 1800 chicos jugando al fútbol en el campo de deportes...

–¿Son cambios difíciles?

–Se hacen paulatinamente. A alguna persona puede costarle asimilarlos. Pero son necesarios.Siempre tenemos que ir adelante, no detrás de las necesidades del socio. Hay qué pensar cómo va a ser el club de acá a diez años.

–¿Y usted qué piensa?

–Nos preocupa de inmediato la parte hípica. Para salir adelante se necesitan bases sólidas: igualdad para todos los hipódromos y una ley del turf. A largo plazo debemos mantener un club sano económicamente. Porque hacia afuera esto es un club, pero de esta puerta para adentro es una administración que debe ser manejada por profesionales de excelencia. No podemos quedarnos como hace 30 años, porque nos arrastra la ola.

–Y la hípica, ¿cómo cambió?

–Hoy, el hipódromo es entretenimiento. No sólo juego, sino esparcimiento, espectáculo. Y también una industria, de la que sólo en la provincia de Buenos Aires dependen cientos de familias.

–¿Todavía puede olvidarse de todo y disfrutar de una carrera?

–Todo lo que hago lo vivo, lo siento, me engancho. Cuando estoy viendo la carrera la disfruto. Eso es así. Ahora, cuando termina, ahí sí hago críticas. Tengo que tratar de tener un ojo mirando cada cosa...

Espíritu

"Hay que sentir el club. Para la juventud no es fácil, porque busca cosas más rápidas. Y es trabajo del padre transmitírselo a sus hijos. Pero nosotros ayudamos. Un pequeño ejemplo: en las vacaciones de invierno habrá un programa para que los chicos visiten esta sede, vean dónde está su padre, cómo es la biblioteca, la sala de armas, que sepan por qué esto es totalmente distinto a ir a un gimnasio o a una cancha de tenis."

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