Teatro

Nuestra opinión : Buena. "Un cuento alemán", de Alejandro Tantanian..
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26 de abril de 1997  

Viaje de amor y de muerte

Intérpretes: Javier Lorenzo y Leo Granulles. Vestuario: Oria Puppo. Escenografía: Alicia Leloutre. Iluminación: Alejandro Le Roux. Música: Edgardo Rudnitzky. Dirección: Alejandro Tantanian. Duración: 56 minutos. En el Callejón de los Deseos.

Como bien lo señala el autor, esta pieza se inicia con el viaje de un poeta, para quien la poesía y la vida eran una misma cosa.

Friedrich Hölderlin es el protagonista de esta travesía que lo lleva a través del amor, inevitablemente imposible; atraviesa la locura, dilatada en el tiempo, para detenerse en la muerte inexpugnable.

Pero para entender este derrotero es necesario tener presente el pensamiento artístico del poeta, que soñaba con el resurgimiento de la civilización griega.

Dentro de su concepción filosófica, el hombre debe perecer para que pueda manifestarse la divinidad, y que sólo en el aspecto grandioso de la muerte puede revelar el carácter noble y divino de su naturaleza.

Por eso su muerte ofrece una lectura más optimista que no condice con una vida salpicada de dolores.

De profesión preceptor, Hölderlin amó a la mujer equivocada, Suzette Gondard (a la que llamaba Diotima), y es la muerte de ella el punto de partida de este viaje que propone Tantanián.

Para trasladar este cuento a la escena, el autor y al mismo tiempo director, emplea el tono narrativo y para resolverlo dramáticamente recurre al personaje de Waiblinger, un admirador del poeta.

Este recurso permite algunos instantes muy interesantes, los más atractivos desde el punto de vista de juego teatral.

Así se desarrolla este momento en la vida de Hölderlin, con interpolaciones del pasado y del presente que se van fusionando, con sus propias palabras, en la mente alucinada del poeta. Es precisamente ese largo período de locura, sobrevivió 37años, el que más lo acercó a los dioses.

Una atmósfera kafkiana Para el desarrollo del cuento, Tantanian concibe desde la puesta una atmósfera escénica atractiva, con una estética muy kafkiana, donde lo onírico y el delirio se fusionan en una única concepción visual.

Esto revela una profunda investigación, a la que se suma la esmerada interpretación de los actores para alcanzar un ejercicio de jerarquía.

Pero como ocurre en todo cuento, hay un discurso narrativo que, llevado al escenario, a veces sigue manteniendo el esquena literario original y se dispersa el hecho teatral.

El teatro es texto; también imagen, pero por sobre todo es acción. Y éste es el equilibrio que hay que encontrar para que no darle la razón al propio pensamiento del poeta, volcado en una carta a Diotina: "Con pena acepto las palabras. La palabra es una gran superfluidad. Lo mejor queda siempre excluido y descansa cual perla en el fondo del mar."

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