Aclarando los misterios de Shakespeare

Ernesto Schoo
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10 de mayo de 2003  

Desde que comenzaron a editarse las obras de Shakespeare, a comienzos del siglo XVII, surgió una polémica interminable (llega hasta hoy y, sin duda, continuará) sobre la legitimidad de su autoría. Los originales, se sabe, o bien se perdieron y lo que tenemos son copias de copias, o bien sufrieron intervenciones de muchas manos. Empresarios, directores, los lectores -dramaturgistas- de cada compañía y hasta los actores mismos, agregaron, suprimieron o modificaron los textos a su gusto y capricho. Y esos textos isabelinos son -para decirlo de algún modo- tan flexibles que, por ejemplo, entre la edición "in quarto" de "Rey Lear" y la edición "in folio", más o menos contemporáneas y publicadas cuando aún vivía el Bardo (murió en 1616), hay diferencias que tal vez a un lego le resulten mínimas, pero que enloquecen a los eruditos.

* * *

Para poner orden en la confusión, un estudioso inglés, Brian Vickers, acaba de sacar un libro titulado "Shakespeare, coautor" (Oxford University Press), donde establece, a partir de una exhaustiva investigación que le ha llevado casi toda su vida académica y con el apoyo de los más modernos métodos (comparación de caligrafías, calidad y antigüedad de la tinta y el papel, escrupuloso acopio de datos), que cinco obras de Shakespeare, de las que siempre fueron consideradas dudosas, son de él, sin duda, pero escritas en colaboración con algunos colegas.

Así, la primera mitad de "Pericles" le pertenece a un tal George Wilkins, y varios momentos de "Timón de Atenas" contaron con la colaboración de Thomas Middleton (un autor de segundo plano, pero respetado en su época). La discusión mayor gira en torno de esa orgía de crímenes, sangre, canibalismo y perversiones varias que es "Tito Andrónico". A partir del siglo XVIII, la mayoría de los críticos expresó repulsión ante semejante cúmulo de horrores, y dudas acerca de su autor. Hoy podemos afirmar, sostiene Vickers, que el primer acto es de George Peele, pero el resto es puro Shakespeare, aunque cueste admitirlo.

En cuanto a "Enrique VIII" y "Los dos caballeros de Verona", llevarían, en varias escenas, la huella de otro dramaturgo contemporáneo, más joven y que se haría famoso en el reinado de Jacobo I, el sucesor de Isabel: John Fletcher.

Lejos de censurar a Shakespeare por estas compañías, Vickers demuestra que esa clase de colaboración era común en la época. Por otra parte, aduce, ignoramos hasta qué punto el Bardo pidió prestados versos y situaciones a los textos originales sobre los que él basó "Hamlet" y "Rey Lear": "Unicamente lo sabríamos si recuperásemos el "Hamlet" perdido de 1580". Tampoco sabemos en qué medida los actores mismos aportaron al libreto, ni cuántas personas dejaron sus "impresiones digitales" en los manuscritos que han llegado a nosotros.

Los métodos utilizados por los estudiosos para determinar la legitimidad de los textos no difieren mucho de los empleados por los detectives en un caso criminal. Se han dedicado a rastrear, por ejemplo, con minuciosidad obsesiva, la frecuencia de algunas palabras, al comparar libretos de Shakespeare y de sus presuntos colaboradores. Para referirse a "ellos", a un conjunto de personas, Fletcher usa siempre el apócope "em", en tanto que Shakespeare escribe "them". Ese fue uno de los datos para verificar la autoría de "Enrique VIII". En el caso específico de "Tito Andrónico", Vickers postula otra posibilidad de colaboración: hallándose George Peele muy enfermo, en 1593, quizá Shakespeare tomó el primer acto de éste y siguió desarrollando la trama hasta el final. Sea como fuere, el manto real no ha caído de los hombros del Bardo; a lo sumo, se observa un pequeño zurcido en un pliegue casi invisible.

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