Actriz calumniada y perseguida

Ernesto Schoo
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1 de junio de 2002  

Días atrás, mientras buscaba datos para escribir la columna de la semana pasada sobre algunos aspectos de la actividad teatral porteña entre 1810 y 1812, tropecé con referencias y anécdotas de un período posterior que -visto el interés despertado en los lectores por esa evocación- parece interesante consignar aquí. Se trata de una actriz que debe de haber sido notable, pero de quien han quedado escasas huellas, salvo la mención de su nombre y poco más.

Se llamaba Trinidad Ladrón de Guevara y se presume que nació en Buenos Aires (no en Montevideo, como se creía) en 1798. Ya en 1821 estaba dando que hablar, no sólo por su talento, sino también por el pleito que la enfrentaba con su colega Francisca Ujier, la cual, empeñada en desplazarla, no vacilaba en recurrir a la calumnia. Tenía la Guevara otro enemigo peligroso: el popular y arbitrario padre Castañeda. En aquellos tiempos los actores en general, y las actrices en particular, ocupaban una franja marginal de la sociedad, en un juego ambivalente e hipócrita donde alternaban los aplausos con la maledicencia. La Ujier le hizo llegar a Castañeda, en forma anónima, un libelo contra Trinidad, que el virtuoso sacerdote (émulo del Don Basilio de "El barbero de Sevilla") se apresuró a publicar en su periódico. La acusada respondió con un volante, titulado "Exposición de la actriz de este Coliseo, doña Trinidad Ladrón de Guevara, a consecuencia del libelo infamatorio publicado en el número 59 del Despertador Teofilantrópico".

En su "Buenos Aires desde setenta años atrás", José Antonio Wilde da su opinión: "Ahora diremos nosotros, que la hemos visto en el proscenio, lo que de ella sabemos. Trinidad Guevara (primera dama) representaba el rol protagonista en la tragedia y el drama. Era una mujer interesante, sin ser decididamente bella; de esbelta figura, finos modales y dulcísima voz; pisaba con gallardía las tablas y tenía lo que se llama posesión de teatro; había llegado a ser, y con razón, la favorita del público". A tanto llegaron las críticas y las intrigas que la pobre mujer decidió retirarse de la escena, y permaneció alejada de ella bastante tiempo. Antirrosista, se exilió en Chile. Volvió, sin embargo, y añade Wilde: "Pero por instancias desistió de su propósito y en su reaparición fue saludada con calurosos aplausos, dando a entender, sin duda, que el público nada tenía que ver con su vida privada".

***

Arturo Capdevila escribió una biografía de la actriz, "La Trinidad Guevara y su tiempo", donde narra que, en el invierno de 1826, mientras declinaba el régimen de Rivadavia, Trinidad regresaba de Chile, donde se la admiraba y respetaba. Sufría de una gastritis crónica (atribuida al consumo inmoderado de chocolate) de la que era atendida por el doctor Díaz Vélez. En la casa donde se instaló tras su regreso proliferaban las ratas. Díaz Vélez "le facilitó, gentilísimo, una caja de arsénico" para combatir la plaga. La Guevara confundió una noche esta caja con otra, en la que guardaba el medicamento en polvo recetado por su médico. Y se envenenó, aunque su robusta naturaleza y la escasa cantidad ("menos de una cucharada de café") le permitieron salvar el trance. Pero no esquivar las filosas lenguas porteñas, que le atribuyeron propósitos suicidas por motivos pasionales.

Fermín Arenas Luque, en "Cómo era Buenos Aires" (Plus Ultra, 1979), concluye: "Trinidad Guevara murió el 24 de julio de 1873, sin más refugio que el calor de sus íntimos, que allí estaban rodeando su lecho, queriendo interesarla, diario en mano, con las noticias del día. En el registro de defunciones se escribió: «Inhumaciones de ayer: Trinidad Guevara, 75 años, apoplejía serosa»".

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