Adaptación que diluye la esencia

Ernesto Schoo
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30 de junio de 2002  

"Nuestro fin de semana", de Roberto Cossa. Intérpretes: Rita Terranova, Daniel Miglioranza, Marita Ballesteros, Pablo Alarcón, Roly Serrano, Diego Peretti y otros. Escenografía: Carlos Gallardo. Vestuario: Martha Albertinazzi. Iluminación: Jorge Pastorino. Dirección: Hugo Urquijo. Teatro Nacional Cervantes, sala María Guerrero.

Nuestra opinión: Regular

Entre los propósitos enunciados por don Antonio Cunill Cabanellas, primer director de la Comedia Nacional cuando ésta se creó, en 1936, figuraba la reposición frecuente de los títulos más significativos de la dramaturgia argentina como una de las tareas básicas de la institución. No obstante las vicisitudes sufridas por la Comedia a lo largo de tantos años, ese criterio de memoria histórica, aunque precariamente, se ha mantenido. En 1999 se repuso, a medio siglo del estreno, "El puente", de Gorostiza. Hoy le toca a "Nuestro fin de semana", la pieza inicial de la extensa y brillante carrera como dramaturgo de Roberto Cossa.

En el teatro argentino, en 1964 comenzaban a dividirse las aguas. Por un lado asomaban los dramaturgos de lo que quizá pudo llamarse "neorrealismo", que se declaraban, casi con unanimidad, herederos de Arthur Miller (y, a través de éste, de Ibsen) y de los autores socialistas norteamericanos de los años 20 y 30. Gorostiza, Cossa, Germán Rozenmacher, Sergio De Cecco, Ricardo Halac, Carlos Somigliana militaban en esa tendencia. Por el otro, prácticamente solitarios, los interesados en el absurdo, la crueldad y hasta el grotesco criollo: Griselda Gambaro, Ricardo Monti. La división no era tan tajante como parecía en esa época; había matices, pero difíciles de percibir en la efervescencia de las polémicas. Muchos de ellos evolucionaron hacia formas inimaginables en aquel momento. Cabe preguntarse hoy qué queda de ese fuego que arrojaba tanto humo.

En su estreno, "Nuestro fin de semana" -dirigida por Yirair Mossian e interpretada, entre otros, por Federico Luppi y Juan Carlos Gené- fue saludada, ante todo, como la revelación de un autor valioso. Se hizo hincapié, también, en la particular atmósfera, de talante chejoviano, en que se envolvía ese melancólico apunte de pequeñas vidas suburbanas, eternamente frustradas pero casi heroicas en su intento de rescatar un imposible sueño de prosperidad fácil. Algo de eso subsiste (multiplicado, llevado al extremo) en la desolada Argentina actual. Y ése es quizás el mejor título para legitimar esta reposición.

Surge la disyuntiva de siempre: respetar, o no, la atmósfera de la época. Se puede caer en la arqueología o traicionar el original en una pretendida (o pretenciosa) puesta al día. Hugo Urquijo y sus colaboradores optan por ese último criterio. Estos burgueses, muy medios y muy cursis, viven en San Isidro, en algo así como un quirófano, o una vasta mansión diseñada por un arquitecto contemporáneo. Sus muebles son incomodísimos cajones con ruedas, que los actores transportan todo el tiempo de aquí para allá. El único dato ornamental que los ubica socialmente es una heladera de traza anacrónica. No hay juego de living provenzal con almohadones floreados, ni fórmica, ni enanitos de jardín (ni jardín, porque el que se muestra más bien parece una plaza pública cubierta de pedregullo). Lo adjetivo no es desdeñable en la obra, porque refleja una manera de vivir que explica a los personajes. Desde el vamos, entonces, la ambientación aséptica impone una frialdad que no se compadece con la ternura con que Cossa, pese al rigor crítico, mira a sus criaturas.

Hay trabajos valiosos -los actores mencionados en los créditos de esta nota-, pero una buena actriz como Marita Ballesteros aparece por completo descolocada en un papel que no le sienta y que soporta una marcación incomprensible.

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