
Agustín Alezzo: "Cada actor es único"
A los 80 años el director no para: sus clases de teatro están completas y Lo que no fue, de Noel Coward, es la tercera obra teatral que estrena este año; aquí reflexiona sobre el arte de crear nuevos mundos en el escenario
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Hace pocas semanas, Agustín Alezzo estrenó la obra Lo que no fue, de Noel Coward, en su sala El Duende, donde también funciona la escuela de teatro que fundó en 1966. Alezzo cumplió 80 años, y tiene una energía admirable. No para de dar clases y de gestar proyectos. Este espectáculo, que muestra las diferentes formas que puede tomar la pasión amorosa a través de tres parejas de distintas edades, es el tercero que dirige en lo que va del año, después de La noche en que Fortimbrás se emborrachó, del polaco Janusz Glowacki, y de El invernadero, de Harold Pinter, que continúa en cartel en El Camarín de las Musas. Ya tiene otro en mira para el verano: la reposición del unipersonal Yo soy mi propia mujer, protagonizado por Julio Chávez.
–¿Qué le atrajo de la pieza de Coward para llevarla a escena?
–Noel Coward ha sido siempre un autor excepcional. Escribió muchas comedias. Además ha sido actor, director, cantante, bailarín. En 1936, escribió diez dramas de un acto, entre los que se destacó Lo que no fue. La obra trata un tema eterno, como es el amor y las pasiones. En este caso, lo que se desata entre dos personas que se conocen y no se han buscado. Se encuentran casualmente y se produce algo inesperado para ambos. Pero cada uno tiene su vida construida y esa pasión es un problema. Ese es el conflicto. Este año empecé con una obra bastante particular, muy extraña, La noche en que Fortimbrás se emborrachó, que fue un desafío. Siempre había querido dirigirla. Luego hice El invernadero, el sexto Pinter que dirijo. Resultó un éxito. Después, me pareció interesante hacer una obra que no tuviera nada que ver con las dos anteriores. Entonces, recordé la pieza de Coward, que es de carácter romántico. Transcurre en una pequeña cafetería de una estación de tren. Un solo acto y once personajes.
–¿Siempre trabaja así, pasando de una obra a otra, variando de tono y de conflictos?
–Sí, la próxima que me espera es la reposición de Yo soy mi propia mujer,con Julio Chávez. Será en enero en el Paseo La Plaza. La estrenamos hace ocho, nueve años. Julio quiso volver a hacerla y me invitó a trabajar juntos de vuelta. Somos muy amigos. Me encanta trabajar con él.
–Después de dirigir cerca de noventa obra ¿qué tiene que tener un material hoy para que atraiga su atención, para que lo conmueva y lo movilice a dirigirla?
–Precisamente lo que acaba de decir: tiene que conmoverme y movilizarme.
–¿Cómo fue el proceso de ensayos de Lo que no fue? ¿Qué descubrió en el camino?
–Descubrí algunas cosas. Lo que pasa a primer plano es la relación de la pareja central, pero hay un entorno que es muy importante. Coward toma el tema de esta pareja que se conoce en la estación y se enamora a primera vista, pero hay otras dos parejas: una de jovencitos, que representa el amor adolescente, libre y muy fogoso, sin tabúes; otra, ya de treinta y tantos, que el autor presenta en un tono de comedia; en contraposición con la pareja central, que está presentada con un registro más dramático. Es muy interesante cómo estructura la pieza. Eso lo fui descubriendo al trabajar con la obra durante los ensayos.
–¿Cómo es en la intimidad de los ensayos? ¿Ha cambiado con los años?
–No, soy muy tranquilo. Soy el mismo siempre.
–¿Qué busca en un actor?
–Cada actor es único y cada propuesta es distinta. Entonces, exige respuestas diferentes de ellos y también mías. Generalmente, elijo actores por sus condiciones humanas, algo que me importa mucho, y también por el talento, los trabajos que han hecho y la personalidad.
–¿Cómo es un día típico en su vida? ¿Cómo se reparte entre las clases en la escuela y los ensayos?
–Esta mañana, por ejemplo, tuve algunas tareas que hacer, ir al banco, trámites. Dentro de media hora ensayaré, después tengo cuatro horas de clases y a la noche, cuando termine, a las diez y media, iré a cenar. Así son casi todos los días. Doy clases entre el 15 de marzo y el 15 de noviembre. En el verano la escuela sigue abierta.
–¿Qué le da la docencia para que la siga eligiendo?
–Es lo que más me gusta.
–¿Más que dirigir?
–Tanto. Mientras pueda, no voy a dejar ninguna de las dos tareas. Por ahora, puedo.
–¿En qué se cruza o en qué se diferencia el placer que le generan la docencia y la actuación?
-Son dos tareas absolutamente distintas. Dirigir significa crear un mundo en escena, con una serie de elementos: los actores, la escenografía, el sonido, la luz, el texto. Todo está al servicio de transmitir un pensamiento, que es el del autor. Si estoy de acuerdo con ese pensamiento, hago la obra. Si no, no la hago. Es un trabajo muy creativo, en el que uno tiene que sumar todos los componentes para que se concrete un sentido, una unidad. En las clases, es diferente. Uno acompaña el proceso de cada persona. Son distintas las personas y las dificultades. Hay que observar bien a cada uno para ver qué necesita y por dónde atacar para poder ayudarlo. Ese es el trabajo, simplemente. No hay nada que uno quiera imponer. Hay que acompañarlo para que crezca. En un espectáculo, es diferente. Uno tiene una idea de hacia dónde tiene que ir.
–¿Eso fue lo que aprendió de sus propios maestros?
–Yo tuve una sola maestra: Hedy Crilla. También me acompañó en el proceso de aprendizaje. Yo no lo hago mejor que ella. Lo hago lo mejor que puedo.
–¿Qué suele hacer cuando no trabaja, cuando no da clases o no está con ensayos?
–Muy rara vez me pasa eso. Cuando estreno, empiezo a pensar en el espectáculo que sigue. Leo mucho. Voy al cine, me encanta. Y también al teatro.
–¿Qué le atrae de todo lo que hay en la cartelera porteña?
–Hay muchas cosas que prefiero no ver. Me interesa lo que es bueno. Vi hace poco el espectáculo que dirige Guillermo Cacace, Mi hijo sólo camina un poco más lento, y me encantó. Lo conozco a través de su trabajo y me gusta.
–¿Y para leer qué elige? ¿Busca autores nuevos o prefiere los clásicos?
–Leo de todo. Muy variado: títulos nuevos y clásicos, que he leído hace tantos años que me resultan como nuevos. Leo mucho teatro; a veces, una obra por día.
–¿Por trabajo o por placer?
–En busca de materiales es difícil, porque actualmente casi no se edita teatro y se reedita lo viejo. Tengo una biblioteca inmensa, que formé a través de los años. He regalado muchos libros porque ya no me entraban en casa.
–Su escuela está por cumplir 50 años. ¿Cuáles fueron los hitos en cinco décadas?
–La fundé en 1966. Pasaron muchas personas por acá: actores, directores. Se hicieron ciclos y seminarios de formación. En el 70 tuve la gran oportunidad de dirigir a Alfredo Alcón en el Teatro San Martín en la obra Romance de lobos. Ese fue un gran éxito, con un elenco de 54 actores de primer orden. Después, mis clases se llenaron de actores profesionales, estudiantes que se iniciaban, y desde entonces, esta escuela siempre trabajó a sala llena. Tenemos 14 cursos y todos están completos.
–¿Qué buscan los que se anotan hoy para estudiar teatro?
–Hay de todo. Las motivaciones son siempre las mismas: los chicos a veces vienen buscando chicas, hay chicas que vienen buscando chicos; hay algunos que quieren ser famosos y trabajar en la televisión inmediatamente; hay gente que viene y dice que lo mandó el psicoanalista; otros que dicen que su vocación viene desde la cuna y después, cuando empiezan a trabajar, se dan cuenta que no era así; y hay gente que viene a ver qué es esto y, de pronto, se enamora del teatro. Esos son los que se quedan.
–¿Y usted por qué se volcó al teatro?
–Por vocación. Lo supe a los 15 años. Tuve que hacer cuatro años de Abogacía porque en mi casa me pidieron que lo hiciera. Y a la vez empecé a estudiar teatro. Hice las dos cosas al mismo tiempo. Y además tenía un trabajo. O sea que trabajé tanto, toda mi vida, que ahora no puedo parar.
–Pero en algún momento decidió bajarse del escenario, dejar de actuar y pasar a dirigir.
–Trabajé 17 años como actor. A partir de la obra con Alcón, me empezaron a llamar para dirigir. Y ya no paré. Se fue dando por sí solo. No lo decidí. Fue la vida, que se dedica a decidir nuestro destino.
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