Antoine, el primer director

Ernesto Schoo
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8 de diciembre de 2001  

Los espectadores atentos suelen preguntarse: ¿puede el autor dirigir su propia obra? La respuesta es que, sin duda, puede; lo importante es si debe hacerlo. Tras lo cual nace otro interrogante: en el teatro, ¿hubo siempre directores, o se trata de un fenómeno más o menos reciente, o de una moda condenada, por serlo, a la caducidad?

El sentido común más elemental aconseja al autor no asumir la tarea de dirección. Por dos razones principales. Una, la más importante, es que otra mirada, la de alguien distinto del dramaturgo, seguramente enriquecerá la obra, le descubrirá recovecos que aquél tal vez ni sospecha y no se inclinará a ser benevolente con un texto que, para él, es tan sólo el punto de partida del sistema de signos que es la puesta en escena. La segunda es que ese sistema, aun tratándose del texto más simple en apariencia, se ha vuelto de una tal complejidad, conceptual y técnica, que una sola persona (salvo, tal vez, el genio) difícilmente podría abarcar todos los rubros de producción.

En otros tiempos, era más sencillo. Shakespeare escribía, solía actuar (fue actor en sus comienzos) y casi con seguridad intervenía en la dirección, aunque como responsable de ésta figurase, por ejemplo, su amigo Burbage. Tambien Moliére, en el siglo siguiente, concentraba en sí las tareas que hasta mediados del ochocientos caracterizaron al capocómico, o cabeza de compañía: era el primer actor y dirigía; y, además, escribía sus propios textos. En ambos casos se trata, justamente, de genios.

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Suele atribuírsele al francés André Antoine, a fines del siglo XIX, haber sido el primer director según el criterio moderno, esto es, el hombre de teatro que toma el texto del dramaturgo y lo vierte a través de los actores y de todo el arsenal mecánico y técnico disponible en el escenario. Había sido partiquino en la Comedia Francesa y oyente en las clases del Conservatorio. Disgustado por igual con los artificios de la gran tragedia neoclásica y con los excesos de fantasía del romanticismo, aspiró a la reproducción exacta de la vida real en la escena: más allá del mero realismo, buscó -y encontró- el naturalismo, inspirado por la lectura de Zola. El 30 de marzo de 1887 presentó al público y a la crítica el resultado de su labor: el Teatro Libre, instalado en la modesta sala del Elysée des Beaux-Arts, en la calle de este nombre, en París.

El Teatro Libre tuvo un éxito arrollador. "La obra de Antoine creó el gusto por la acción simple, rápida, concisa y visual, tanto en gestos como en actitudes y palabras, buscando sus motivaciones en los caracteres y no en los enredos de la situación, interpretando las obras sin muletillas, con naturalidad y en medio de un marco expresivo", resumen Baty y Chavance en "El arte teatral". Pero Antoine se pasó de revoluciones. Si la acción transcurría en una carnicería, exigía carne de verdad, con moscas revoloteando y todo; en "Cavalleria rusticana" anegó el escenario y las primeras filas con una fuente de la que manaba agua en serio. Con el tiempo, terminó esclavo de autores que le suministraban nada más que eso: una realidad falsa, reconstruida arduamente en escena, la duplicación de algo que el espectador encontraba a la vuelta de la esquina. Y le ocurrió algo fatal: que humoristas y dibujantes empezaran a burlarse, en diarios y revistas, de sus excesos, en tiempos en que el periodismo gráfico determinaba a la opinión pública. Las finanzas del Teatro Libre flaquearon y por fin sucumbieron. Sobrevendría un estilo exactamente opuesto: el simbolismo, con el belga Maeterlinck a la cabeza. "Pero Antoine abrió la vía al teatro del mañana. Si su generación no fue capaz de crearlo, él, por lo menos, hizo posible esa creación."

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