"Cada obra es un objetivo particular"

Un actor del que siempre se habla y jamás resulta invisible para el espectador
Laura Ventura
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24 de noviembre de 2013  

En una oficina oscura, aburrida y sin ventanas, Iván Moschner, actor y director teatral, se dispone a contar una historia llena de luz, color, aventuras y movimiento: su propia historia. Hijo de una maestra rural y un padre camionero, nació en Puerto Piray, Misiones. Su casa era una de las dos construcciones de madera que conformaban la escuela.

Ese chico después haría reír en Cha Cha Cha, de la mano de Alfredo Casero, y sería protagonista de la película Incómodos, de Esteban Menis. Filmó el año pasado Pororó y sus compañeros van a la marcha que se estrenará el año próximo. Hombre disciplinado, todos los lunes, desde hace 18 años, ensaya con su grupo Morena Cantero. Así nació Parpadeá si me escuchás, un texto de Luciana Morcillo, que surgió a partir de la conmoción que causó en la compañía el asesinato de Mariano Ferreyra. Un nutrido grupo de actores le dan vida a esta historia sobre un militante asesinado que regresa de la muerte.

Iván actúa desde los 4 años, cuando recitó un poema en un acto escolar. Salió airoso de aquella prueba y conoció la adrenalina escénica. Tiempo después su familia se mudó a una colonia alemana. Allí vivió hasta los 12 años. De regreso en Posadas, después de ver una función de Jettatore, decidió estudiar actuación, aunque debiera trasladarse muchísimos kilómetros. Hacía dedo todos los sábados a la mañana para poder llegar al taller, y siempre lo hacía de modo puntual. Luego, apostó a su formación como actor y se mudó a Buenos Aires. De día trabajaba como cadete y de noche estudiaba en el Conservatorio. "A veces no tenía para comer e iba al Mercado del Abasto. Buscaba fruta, restos de verdura y en especial calabazas y zapallos", cuenta con más alegría que nostalgia.

Entre su vida y Rinconete y Cortadillo, la obra que protagonizó en el Cervantes junto a José Luis Arias, dirigido por Luis Cano, hay muchas semejanzas. En esta picaresca de Cervantes, una de las doce obritas de las Novelas ejemplares, dos chicos se mudan a la gran ciudad portuaria –Sevilla, en el original– para buscar una nueva vida, una vida mejor. "Quienes vinimos a Buenos Aires a formarnos pensábamos en un futuro mejor para nosotros y para la humanidad", explica Moschner.

En 1981, debutó en Medea, en El Picadero. Luego vendría un largo camino: desde las recientes Rain Man, Mateo, Las islas, El panteón de la patria, Maratón o Marat-Sade, hasta El pan de la locura, Tres hermanas, La tempestad y Hamlet, solo por mencionar algunas. En esta travesía hay un trabajo que atesora: Inferno (Through Roses), de Mark Neikrug, un unipersonal con música de Gerardo Gandini, donde interpretaba a un violinista judío que un día ve, a través de unas rosas, a su mujer yendo hacia la cámara de gas.

A fin de año volverá a su Misiones natal para dirigir Quimera, de Lorca, y actuó en El gran deschave, en el Cervantes, donde interpreta a don Robustiano, dirigido por Luciano Suardi, obra que bajó de cartel ayer, pero que se reestrenará en enero. "No hice una carrera de mi vida actoral. Cada obra en sí misma es un objetivo particular", concluye.

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