Cancán mezclado con rock nacional

El burdel de París naufraga en un argumento caótico y melodramático
Pablo Gorlero
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3 de febrero de 2008  

El burdel de París. De Hernán Bonsergent, Belén Caccia y James Murray. Canciones: varios. Dirección general y puesta en escena: James Murray. Producción: Hernán Bonsergent y Ariel Ciocco. Con: Patricio Arellano, Flavia Pereda, Ana María Casó, Manuel Feito, Vanesa González, Luz Cipriota, Rodrigo Pedreira, Augusto Fraga, Marcelo Durán, Julieta Tetelbaum, Florencia Anca, Paula Chalita, Agustina Faillace, Agustín Maccagno, Darío Marques, Daiana Peralta y Rodrigo Villani. Coreografía: Vanesa García Millán. Diseño de tap: Rodrigo Cristófaro. Dirección musical: Jorge Valiente Noailles. Dirección vocal: Federico Sambartolomeo. Vestuario: Alfredo Miranda. Escenografía: José D. Menossi, H. Bonsergent y J. Murray. Sonido: Emilio Posse. Luces: Adrián Juárez. Asistente de dirección: Dominique Oclander. Peinados. Ricardo Fazan. En el Premier. Duración: 100 minutos.

Nuestra opinión: regular

Qué difícil que parece lograr un musical argentino. Algunos critican cuando siempre aparecen los mismos nombres, pero los intentos siguen siendo en vano por lograr una obra teatral musical consistente desde la dramaturgia, la puesta y la partitura. Antes de entrar a ver el espectáculo, a este cronista le dijeron: "Tenés que ser abierto". Y no es precisamente abierto lo que uno tiene que ser para ver El burdel de París . Tiene que ser extremadamente benévolo y verlo como si fuera una muestra de fin de año de alguna academia de teatro musical. Y aquí viene el problema. No es una muestra de fin de año. Pretende ser un espectáculo digno de la avenida Corrientes, con gran producción y nombres que resuenan en el ambiente musical vernáculo.

Una lástima. Fuimos abiertos y pusimos ganas. Pero no salió bien. La propuesta es una obra ambientada en el Moulin Rouge con canciones del rock y el pop nacional hilvanadas con los textos hablados. ¿La historia? Una mezcla confusa y poco atractiva de La dama de las camelias, Cabaret y la película Moulin Rouge. Un muchachito argentino que llega a París en los primeros años del siglo XX y se enamora de una de las coristas de ese reducto. En medio de eso, unos cuantos sucesos salpicados y desencadenantes de frágiles conflictos.

Ese es el problema mayor de El burdel de París : una dramaturgia caprichosa y endeble. Caprichosa, porque uno se pregunta cuál fue la razón como para ambientarla en la capital francesa. Si hubiera sido más fácil y menos pretencioso situarla en un suburbio porteño, si se quiere, en la misma época. Así no hubiera hecho falta llenar la escena con decorados y utilería que no condicen con el encanto del burdel parisino. Y es endeble, porque comienza forzada, se encauza, pero de inmediato el desorden argumental cae en un caos irremontable. Los textos se vuelven inconsistentes y todo va directo a un embudo de difícil escapatoria.

Un punto a favor: los temas musicales (familiares al oído de la mayor parte de los espectadores) tienen una buena continuidad con los diálogos hablados y las situaciones. Lástima lo antedicho. Así desfilan canciones como "Aprender a volar", "La vida es una moneda", "Rouge y pentagrama", "Te vi", "Juegos de seducción", "No quiero arrepentirme", "Brindo por las mujeres", "Amarte así", "De mí", "Quiero verla en el show", "Sin tu amor", "Crímenes perfectos", "Nada es para siempre" y "El infierno está encantador esta noche", entre muchos otros. De todos modos, queda la duda de si se escribió el texto hablado para unir esas canciones.

Elenco heterogéneo

Como puestista, James Murray hizo un buen trabajo, con desplazamientos escénicos al mejor estilo norteamericano y un buen equilibrio. Pero no se ve un trabajo en la dirección actoral. Hay una actuación mentirosa en buena parte del elenco y eso podría haberse pulido con mano paciente y visión aguda. Patricio Arellano y Flavia Pereda tienen momentos de frescura y esa cualidad no es poco en el género. Pero no duran mucho. Se mueven muy cómodos en el canto, aunque en la actuación, irremediablemente, caen en el mismo embudo que la obra.

Por su parte, a Ana María Casó se la ve incómoda y está muy lejos de otros trabajos anteriores; Vanesa González tiene una capacidad dramática interesante en un personaje que, sobre el final, parece casi un absurdo, y por fin se ve a un actor en escena cuando aparece Rodrigo Pedreira. El cuadro de la borrachera, en "Brindo por las mujeres", junto con Arellano y Augusto Fraga (también de buen desempeño) es uno de los mejores de la obra (aunque sus personajes comienzan con fuerza y desaparecen de repente). En ese sentido, ayudó la mano de la coreógrafa Vanesa García Millán, que dotó de teatralidad los momentos que pudo. El cancán con rock del comienzo está muy bien resuelto y aplicado. Y obtuvo un buen aporte en el diseño de tap de Rodrigo Cristófaro con el cuadro "El marinero y el capitán", convertido en creativo y efectivo neoflamenco con zapateo americano.

El resto de las interpretaciones cae en una sobreactuación, por momentos, crispante. Asimismo, se ve un nivel bastante desparejo de baile y de canto. El vestuario de Alfredo Miranda es uno de los mejores aspectos de la propuesta, salvo por un incomprensible cuadro moderno sobre el final.

Queda una reflexión: ¿Qué hubiera pasado si se tomaba con humor la propuesta, así como ocurre en distintos tramos de la película? Tal vez, la parodia hubiera podido salvar al proyecto. Es una lástima, porque se trata de nuevos productores y de buenas intenciones. Ojalá sea un aprendizaje para que la próxima sea mucho mejor.

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