Del Obelisco a Hannover

La talentosa Beatriz Catani, en un estreno de sabor especial
La talentosa Beatriz Catani, en un estreno de sabor especial
Alejandro Cruz
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25 de enero de 2002  

"El pasado se repite en una dimensión reducida, en una escala infinita. Marco asfixiante. Los personajes (Padre-Dacia-Benya) nunca saldrán de escena. No hay salida. No hay afuera. Sus encuentros, hasta la última escena, son fragmentos que podrían suceder en este orden o en cualquier otro. Ininterrumpidamente se encuentran y se pierden."

El párrafo pertenece al prólogo de "Ojos de ciervo rumanos" (sic), la obra de Beatriz Catani que se estrena hoy en el Teatro del Pueblo. Catani es la misma directora y dramaturga que años atrás conmovió al panorama del teatro alternativo local con "Cuerpos A banderados" (sic, otra vez). Y, como en aquel magnífico trabajo, todo indica que la asfixia volverá a estar presente en este montaje que interpretan Paula Ituriza, Blas Arrese Igor y Ricardo González.

"Pero en este caso la asfixia está dada por una repetición permanente. El texto tiene la estructura de un disco rayado que obsesivamente vuelve a empezar. Es más: para acentuar esa tensión tampoco hay cambios de luz, como atentando contra cierta teatralidad. No hay acumulación de datos, no hay crecimiento; todo apunta al agobio", sostiene esta directora platense, integrante del Grupo de Teatro Doméstico, el mismo colectivo teatral que, a partir del mes próximo, repondrá "Perspectiva Siberia", un inquietante trabajo basado en diversos textos de Fedor Dostoievski.

Pero volvamos a "Ojos de ciervo rumanos". "La trama es muy compleja -apunta la autora y directora de este montaje-. Hay dos vínculos fundamentales: el del padre y la hija, y otro entre la hija y su hermano. El primero apunta a la idea de que todo se está secando, de que cualquier intento por hacer funcionar algo culmina en el fracaso. El otro vínculo tiene que ver con la búsqueda que entablan estos dos hermanos, entre quienes se establece una relación erótica, por conocer a la madre. En ese doble juego, Dacia se transforma en el nexo entre esos niveles que poseen ciertas referencias míticas."

El gran salto

Catani comenzó los ensayos en febrero, aunque el elenco final sólo se completó en junio, luego del viaje que realizó al Festival de Viena. Allí presentó "Cuerpo A banderados". Y si bien la directora es una fiel habitante del Río de la Plata, la empresa de transporte que une los 50 kilómetros entre La Plata y Buenos Aires, desde hace un tiempo saltó a la escena mundial. Tanto es así que durante el III Festival Internacional de Buenos Aires muchos programadores se tomaron un ómnibus hasta su estudio para presenciar un ensayo de esta pieza, que hará funciones los viernes y sábados, a las 23.

Entre ese grupo de hambrientos por nuevas formas teatrales estaba la directora del Festival de Hannover, Verónica Kaupkau-Hasler, que terminó coproduciendo el espec- táculo junto al Teatro San Martín. Por ese motivo, en junio el elenco partirá para Alemania para presentar la obra en el Theaterformen, de Hannover, y luego Catani hará funciones de "Cuerpos A banderados" en el marco del Festival Teatro del Mundo, que coordina el dramaturgista Mathias Lilienthal, una figura ya conocida en estas tierras. "Es muy alentador contar con ese interés, porque acá es muy duro trabajar", apunta esta mujer tímida y alejada de toda pose.

Y si del acá se trata, esta vez Catani dejó al circuito alternativo porteño para presentar su nueva obra en el Teatro del Pueblo, histórica sala que coordina la Fundación Somigliana, conformada por autores representantes de una generación teatral alejada de los códigos estéticos que maneja la platense.

-¿Cómo es la experiencia de trabajar en este teatro, que posee mecanismos de producción tan distintos de los que estás acostumbrada?

-Tuvimos que adaptarnos bastante pero, de todos modos, contamos con una actitud muy comprensiva por parte de la gente de la Fundación Somigliana. Usar una sala tan grande y haberla reducido a un espacio con capacidad para 30 personas es más que un gesto. Por otra parte, me interesaba trabajar en un lugar como éste, aunque no sé si voy a seguir pensando lo mismo (se ríe). Es cierto que entre la nueva camada hay una tendencia a salir de las salas tradicionales, pero en esta oportunidad sentí que debía usar un espacio convencional. Me atrajo la idea de llevar este texto a un lugar teatral y, desde allí, plantear el juego de ficción y realidad.

"Toda la obra -continúa- está en una especie de borde. Por un lado hay plantas reales, jugos, naranjas. Por otro lado, el argumento mismo está muy ficcionalizado. Por ejemplo, hay unos tubos de neón que dan la sensación de estar más en un frigorífico que en un escenario. Esas contradicciones me parecen interesantes, y son uno de los riesgos de este espectáculo."

-Tanto "Cuerpos..." como "Todo crinado", el trabajo basado en el Museo Criollo, tenían un humor muy especial.

-También está esa cuerda, pero muy por debajo del relato central. Si bien la relación entre el padre y la hija es muy siniestra, el texto está trabajado con un humor latente. Diría que todo está atravesado por la idea de lo patético y de lo gracioso. Me parece que para que se instale lo siniestro casi tiene que estar bordeando lo ridículo.

Entre un límite y otro. Entre una ficción con anclaje en diversos mitos y una realidad argentina que estalla. Y por esas cosas de cumplir las pautas formales del subsidio del San Martín, Catani tuvo que hacer una función el 22 de diciembre, en plena crisis política y a pocos metros del Obelisco.

-En medio de ese contexto, ¿no te dieron ganas de largar todo?

-No (se ríe). Si bien es cierto que tuve ganas de dejar todo, por otro lado pensaba: qué bueno es estar haciendo esto. De alguna forma, es una alienación que uno elige para poder subsistir. Es algo que también está presente en la obra porque los personajes, como nosotros, son sobrevivientes. De todos modos, me costaba concentrarme, y todo esto sigue como en un gran desequilibrio permanente.

Por suerte, los amantes del buen teatro disfrutan de ese desequilibrio, de ese borde entre lo patético y lo gracioso que Catani maneja con gran maestría.

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