Desaciertos dramáticos

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10 de mayo de 2003  

"Los poseídos", de Alejandra Pizarnik. Intérpretes: Chuli Rossi, Susana Herrero, Daniel Pereyra. Violín: Valentina Bondone. Asistente de dirección: Emilia Díaz Rossi. Supervisión general: Pompeyo Audivert y Andrés Mangone. En Anfitrión (Venezuela 3340).

Nuestra opinión: regular

En 2002 se cumplieron 30 años de la muerte de Alejandra Pizarnik (1936-1972) y mucho se habló y escribió sobre su obra poética. Las alabanzas tampoco sirvieron para colocar a esta mujer en el lugar que merece. Cierto fantasma quizá la esconde continuamente y la deja en un lugar de oscuridad que la torna inalcanzable. Sin duda, eso tiene que ver con su mundo personal.

Por estos días su obra y su nombre vuelven a instalarse a través de su única obra teatral, "Los poseídos entre lilas", una pieza defectuosa dramáticamente pero en la que aparecen valores muy fuertes que marcaron la creatividad de Pizarnik.

Ingresar en ese material es como entrar en un sueño muy convulsionado. Todo es muy enigmático, oscuro por momentos. Es un juego surrealista donde la niñez se confunde con la vejez, el origen y la proximidad de la muerte parecerían encontrarse. No hay una historia, sólo hay personajes como perdidos en su tiempo que recuerdan y hablan. Y asoman elementos que están en otros textos de la autora, una niña, una muñeca, la infancia, la soledad, el amor, la muerte. Tres conductas extrañas se muestran y por momentos parecerían ser una sola.

El trabajo que se presenta en Anfitrión, "Los poseídos", resulta una investigación bastante inquietante. Los tres actores representan sobre una pequeña alfombra ubicada en el centro del escenario y casi no salen de ella. Comienzan con gran intencionalidad dando forma a cada uno de esos personajes y el espectador entra en ese mundo al comienzo con cierto temor, pero luego se instala y quiere seguir develando los enigmas que plantea el texto. Pero sobre la mitad de la experiencia lo enigmático comienza a desaparecer y el espectáculo no ha terminado (esos personajes son eso, casi esperpentos inmersos en un tiempo próximo al delirio). Entonces no hay opciones, hay que seguir el texto y por momentos se torna dificultoso, no porque esté mal dicho sino porque el trabajo de los intérpretes no lo engrandece. Es como si no encontraran un camino creativo que los conduzca a seguir dando crecimiento al juego en el que están inmersos.

Queda muy claro que el material necesita un trabajo de dramaturgia muy fuerte, sobre todo porque espacialmente también la propuesta limita mucho a los intérpretes.

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