Discépolo: las casas, invocación a un autor y a la babel de un conventillo

Leni González
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26 de julio de 2019  

Libro y dirección: Maruja Bustamante / Elenco: Belén Gatti, Fernando Gonet, Yanina Gruden, Bárbara Massó, Alfredo Staffolani y Paula Staffolani / Sala: Cultural San Martín, Sarmiento 1551 / Funciones: sábados y domingos, a las 18 / Nuestra opinión: buena

En este diario, hace 85 años, Armando Discépolo escribía que a sus personajes los creaba su "piedad, pero riendo", porque al conocer la pequeñez de sus destinos le parecía absurda la enormidad de sus pretensiones. Definición magistral del género rioplatense que lleva su firma, grotesco criollo que, como la vida, es habitado por seres que sufren y provocan risa, no por la incomprensión de su desdicha, sino por la lucha desigual ante las circunstancias: van a perder, pero todavía no lo saben.

Parte del ciclo Invocaciones, gestionado por Carolina Martín Ferro y Mercedes Halfon, Discépolo cruza el ideario del autor de Mateo, Stéfano con la dramaturgia y dirección de Maruja Bustamante, quien planta su obra en un PH de dos viviendas enfrentadas, una a cada lado del pasillo. En ese hábitat reciclado de viejos conventillos, se renueva la historia de los inmigrantes, oleadas con otros sabores y acentos que las de principios del siglo XX, pero atrapadas en un mismo sueño, la pesadilla argentina.

El "dueño" de casa es argentino, un adolescente cuarentón que se dice artista y pretende subvivir de las rentas de la madre (Fernando Gonet, ahora reemplazado por Bustamante). Los inquilinos y subinquilinos son un paraguayo performer anticapitalista (Alfredo Staffolani); una costarricense escort (Paula Staffolani); una venezolana estilista (Yanina Gruden); una empleada de delivery (Belén Gatti), y una francesa becada en euros (Bárbara Massó): cambios globales, la mayoría son mujeres buscando su destino y solo una proviene de Europa.

Los personajes entran y salen por esas puertas que los hacinan, se chocan, confrontan, proyectan salvatajes, aprenden a ser amigos. Si bien la inestabilidad económica más la nula sincronicidad con la suerte son causa de su vulnerabilidad, el mayor dolor reside en la soledad. En ese vacío de madres y parejas que sueltan manos, la sororidad aparece como el único abrigo. Las actuaciones son sobresalientes, apoyadas en estereotipos, pero de una humanidad profunda, torre de Babel estallada en modismos del lenguaje que atrapan la atención y expanden sentido. Cada uno tiene un breve monólogo en el pasillo, de cara al público, donde desnudan sus expectativas, la tierra infértil donde crece el grotesco. Sin embargo, la Discépolo de Bustamante está "asainetada", el humor rebaja la amargura de la frustración: la directora apuesta, mucho más que el autor, a la esperanza.

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