Dos mujeres en una pieza con debilidades

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26 de agosto de 2001  

"Comer entre comidas" , de Donald Margulies, en versión de Fernando Masllorens y Federico González del Pino. Intérpretes: Lydia Lamaison y Adriana Salonia. Escenografía y vestuario: Martha Albertinazzi, Diseño de iluminación y dirección: Hugo Urquijo. En Andamio´90.

Nuestra opinión: regular.

Casi hay una tendencia en presentar obras para dos personajes: "Canciones maliciosas", "Cianuro a la hora del té", "Variaciones enigmáticas" y ahora "Comer entre comidas". Es la posibilidad de un duelo actoral difícil de rechazar.

Margulies, en esta pieza -inspirada probablemente en el famoso film "La malvada", de Joseph L. Mankiewicz, con Bette Davis- presenta a una joven con aspiraciones de escritora que se acerca a una mujer mayor, su profesora de 62 años, que ya ha demostrado su idoneidad literaria. Esta relación entre maestra y discípula tiene su dosis de simpatía, admiración, afecto, amistad, cariño, reconocimiento, agradecimiento, etcétera, y si el planteo no llega a una acertada resolución se debe a dos factores.

En primer lugar, las cinco primeras escenas sirven para presentar a las protagonistas y mostrar el desarrollo, a saltos y en un tono narrativo, del crecimiento literario de la joven. Durante este lapso, la mayor parte de la obra son situaciones que, aunque insinúan un conflicto, no muestran las líneas de su convergencia.

Sólo en la última escena se llega a percibir una débil aproximación a un enfrentamiento, que no tiene sólidas causas dramáticas. Esta suma de situaciones, que exigen un conflicto que no llega, se ve todavía más dilatada por los extensos apagones que separan a cada escena, con el fin de que las actrices cambien el vestuario.

Fuerzas equilibradas

En segundo lugar, cuando existe un coprotagonismo de nivel parejo, es necesario equiparar la calidad interpretativa, y en este rubro es difícil igualar la experiencia y capacidad actoral de Lydia Lamaison. A la fuerza y energía que demuestra la veterana actriz correspondería otra similar para mantener un balance atractivo. Y esto no sucede.

Más allá de la corrección con que Adriana Salonia encara a su personaje, no resulta convincente a la hora de reflejar sus sentimientos, ni aprovecha para sacar el jugo a esa faceta del personaje que le permite jugar con la ambigüedad que la lleva a desplazarse entre la verdad y la mentira.

Pese a ser una pieza donde los afectos están muy expresados en el texto, éstos no llegan a traducirse sobre el escenario. Y de esta manera se resiente el desarrollo, que precisamente habla de esto, de las relaciones entre dos mujeres a quienes la vida no les ha reservado un entorno afectivo familiar y tratan de aferrarse a su profesión para obtener alguna conquista que compense sus carencias, aunque a través de ella se delate la falta de sinceridad de sus sentimientos.

Todos estos aspectos no encontraron una solución en la puesta de Hugo Urquijo. El director no pudo resolver la falta de ritmo ni fortalecer la debilidad original de la estructura dramática de la pieza.

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