El arte como antídoto infalible

Los buenos recuerdos que quedarán de 2001 serán los de los espectáculos que vimos
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16 de diciembre de 2001  

Sucede en estos días lo que es habitual en tiempos de crisis profunda: la realidad horrorosa nos produce tanta inquietud que no podemos dejar de leer los diarios ni de seguir por la radio o la televisión el curso vertiginoso de las noticias; después de un tiempo de hartazgo, sin embargo, buscamos refugio en los placeres que brindan la fantasía, las invenciones poéticas y la ficción. De lo contrario, hubiera sido difícil soportar el año que termina.

¿Cómo sobreponerse, si no, a los estragos que produjeron en el ánimo colectivo los ecos de la guerra bacteriológica o las inundaciones en el Gran Buenos Aires? ¿Cómo sobreponerse a la vergüenza que provocaron las detenciones por la venta ilegal de armas o al abatimiento que trajeron los inquietantes cambios en el rumbo económico? ¿Cómo tolerar la inacabable sucesión de episodios cotidianos que durante los últimos doce meses no hicieron más que sembrar desasosiego?

Afortunadamente, siempre queda a mano la fantasía. Quizá porque suele ser mucha la desazón que provoca la realidad, el país se las ha ingeniado para generar suficientes antídotos. Y basta una mirada más o menos rápida -uno de esos golpes de vista a vuelo de pájaro que en diciembre cobran vida en las páginas de los diarios y las revistas, y se denominan "balance" o "anuario"- para descubrir que los anticuerpos se reproducen con idéntica robustez en el mundo del cine, el teatro, la música de toda especie, las artes plásticas y la literatura.

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Puede comenzarse el repaso aquí no más, hace apenas algunas semanas, cuando el espléndido Ney Matogrosso derrochó sabiduría escénica, autoridad interpretativa y sensualidad en uno de los shows musicales del año, dejando la sensación en la arrobada platea de que valió la pena sortear cualquier escollo con tal de estar ahí. O algunas semanas antes, cuando Martha Argerich fue protagonista, en el Teatro Colón, de un maratón musical que provocó regocijo. Sin olvidar por esto la presencia de la Orquesta Filarmónica de la Scala de Milán, ausente desde hacía varios años y que movilizó el entusiasmo de los melómanos. O, aun en octubre, cuando el cineasta serbio Emir Kusturica llegó con su banda revoltosa y delirante -a puro rock and roll, punk, ska y música balcánica- para alegría de una muchedumbre que ya había disfrutado antes de las humoradas y del ingenio musical de Goran Bregovic.

Caprichosa y selectiva, la memoria recupera escenas sueltas: los abundantes motivos de interés que tuvo el Festival de Cine Independiente (incluido el tributo a François Truffaut, claro), las audacias y provocaciones escénicas del grupo De la Guarda en "Período Villa Villa", la exacta y sutilmente paródica recreación del mundo mafioso en la serie "Los Soprano", cualquiera de los shows que formaron parte del ciclo "Contemporánea Live" en el Sheraton (comenzando por el indispensable Joao Gilberto, a quien siguieron Moreno Veloso, Nicholas Payton, Lee Konitz, Chucho Valdez y otros); la inteligencia y solidez narrativa de Steven Soderbergh en "Traffic", el thriller con el que se acercó sin prejuicios y con afán provocador a un tema espinoso, como la droga; la versión cuasi futurista de "Hamlet" a cargo de un fantástico elenco lituano; "Shrek", el film de animación que reunió a criaturas de cuento y bichitos varios derrochando ternura y una saludable intención satírica; el soberbio set de rock and roll que ofreció el legendario Neil Young con su banda Crazy Horse en el Buenos Aires Hot Festival; cualquiera de las muchas buenas películas francesas que casi dominaron la temporada (desde "Gracias por el chocolate", de Claude Chabrol, hasta "El pequeño ladrón", de Eric Zoncka, y desde "Las confesiones del doctor Sachs", de Michel Deville, hasta "El gusto de los otros", de Agnés Jaoui).

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Hubo más, desde luego, pero ya se encargarán de examinarlo en detalle (y con ese sentimiento de pánico que despierta la posibilidad de olvidar un nombre o una obra decisivos) quienes siguen a diario la agenda del espectáculo. Lo que importa aquí no es reseñar la temporada que culmina sino celebrar esa fecundidad artística y el empeño con que artistas, productores y técnicos continúan imaginando historias que nos apartan, al menos por un instante, de la zozobra y las crueldades de la vida diaria y nos despiertan pequeñas emociones, el placer secreto de acercarnos a la belleza y una sensación burbujeante de felicidad.

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