El hombre invisible

Ernesto Schoo
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28 de febrero de 2004  

Se habló en esta columna de la importancia que tiene en el teatro (en toda ficción) el personaje ausente, cuya presencia virtual, sin embargo, resulta imperiosa y a veces decisiva. El ejemplo más notorio sería el de "Rebeca, una mujer inolvidable": tanto en la mediocre novela de Daphne du Maurier como en el admirable film de Hitchcock (1940). Pero ya, medio siglo antes, Henry James había otorgado a los espectros de su genial "Otra vuelta de tuerca" una elusiva condición persecutoria.

En el teatro contemporáneo, es sin duda Harold Pinter quien más y mejor ha manejado este artificio. Se ha vuelto clásica la mención de su "amenaza en el cuarto contiguo", para explicar la sensación de inminente catástrofe, la ansiedad de las criaturas de Pinter por lo que podría ocurrir si la presencia latente, intuida del otro lado de la puerta, irrumpiera de pronto en su realidad. Ahora bien: ¿qué pasa en un escenario cuando esa irrupción se concreta, cuando el ente amenazador abre la puerta, entra y se sienta en un sillón?

* * *

El dramaturgo argentino Javier Daulte -uno de los más talentosos e ingeniosos autores de la generación surgida hacia 1995 (Criminal", "Marta Stutz", "Casino", "Bésame mucho", entre otros títulos)- da una respuesta en su obra "¿Estás ahí?", recientemente estrenada en el Cervantes. Una pareja joven se muda a un departamento destartalado, ocupado -ellos no lo sabían- por un hombre invisible. El encuentro provoca situaciones de una comicidad delirante que van conduciendo a un clima final, de misteriosa poesía.

Pero ¿cómo se hace en teatro para animar a un hombre invisible? En el cine, como lo descubrió el genio de Georges Méliés un siglo atrás, es relativamente fácil; podrían citarse muchos films con ese tema, a partir del interpretado por Claude Rains allá por 1935. Lo difícil es llevarlo a un escenario en forma convincente, de modo que, aunque no se lo vea, se vean sus acciones y las consecuencias de éstas. El personaje de Daulte abre y cierra puertas; arroja objetos a la cabeza de sus anfitriones (tiene pésimos modales); tapona la rejilla del baño y lo inunda; escribe en la pizarra mágica y hasta enamora a la protagonista.

Por cierto que los responsables de la puesta harán muy bien en no revelar sus secretos, porque parte del encanto de la obra está en la destreza con que se ejecutan los efectos especiales. Mayor mérito aún si se tiene en cuenta que el Cervantes no disfruta de un presupuesto espléndido ni de una tecnología de avanzada, como quizá tengan otros teatros oficiales en el llamado Primer Mundo. Con la consabida habilidad argentina para resolver problemas con ingenio antes que con artilugios técnicos, el hombre invisible de Daulte vive en escena con una intensidad asombrosa.

Sería injusto no destacar que el logro está también en los hallazgos de la puesta, de Daulte mismo (uno de los pocos autores en que se puede confiar como director de sus propias obras), y en la expresividad facial y corporal de los dos intérpretes, digamos, reales. Se llaman Gloria Carrá y Héctor Díaz, confabulados ambos para hacer verosímil la existencia del otro. Si con esta nota he invadido el terreno de mis colegas de la crítica, les pido disculpas: no ha sido esa mi intención, sino de la de transmitir asombro y alegría ante la solución de un problema teatral muy complejo, cuando la presencia del ausente se expresa no sólo con palabras sino, sobre todo, con acciones físicas concretas.

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