El oso de Shakespeare

Ernesto Schoo
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29 de junio de 2002  

En su edición del 14 de este mes, The Times Literary Supplement trae una nota de Teresa Grant, tan divertida y erudita que no se resiste la tentación de sintetizarla aquí. Sostiene nuestra colega británica que no hay, en todo el teatro de Shakespeare, acotación más enigmática que ésta, en la escena tercera del tercer acto de “Cuento de invierno”. El rey Leontes de Sicilia, celoso de su esposa, Hermione, e imaginando que ésta acaba de dar a luz a una criatura bastarda que no sería hija de él, sino de su mejor amigo, Polixeno, manda asesinar a éste y ordena a un tal Antígono que se lleve a la niña lo más lejos posible. El cortesano cumple la orden y llega con su carga “a los desiertos de Bohemia”, donde, atacado por un oso, deposita a la recién nacida en el suelo y se va corriendo, perseguido por la fiera (“Sale, perseguido por un oso”, dice el libreto). Alguien cuenta después cómo el oso mató a dentelladas a Antígono y la abandonada princesa, bautizada Perdita e ignorante de su condición, fue criada por unos pastores.

En la primera representación del “Cuento”, en 1611, los espectadores rieron porque el oso feroz resultó ser un osezno blanco, muy dócil, incapaz de dañar a Antígono. Un año y medio antes, el rey Jacobo I había recibido de regalo un par de osos polares, de seis meses de edad. Cuando a uno de ellos le tocó aparecer en “Cuento de invierno”, tanto él como su hermano ya habían frecuentado las tablas, sobre todo en una obra anónima, estrenada en 1610 y repuesta infinitas veces hasta entrado el siglo XVIII, “Mucedorus”, cuya popularidad tan sólo se explica por ser la primera que requirió y presentó a un oso en escena. El rey mantuvo a sus ositos en un sector del Teatro del Globo –administrado por Philip Henslowe, el empresario de Shakespeare, y su primer actor, Edward Alleyn–, donde se alojaban otros animales, a cambio de dos chelines diarios, que jamás pagó. Jacobo era un célebre amarrete. De todo esto hay evidencia testimonial en los archivos de la Public Record Office, en Kew, pero tan sólo en 1959 se desempolvaron las Reales Ordenes respectivas. Jacobo I y su mujer, Ana de Dinamarca, gustaban sobremanera de las representaciones teatrales, con música, canciones y bailes, ofrecidas en los palacios reales, generalmente encargadas al dramaturgo Ben Jonson. El rey, la reina y su familia intervenían en estas diversiones. Para una de ellas el monarca inglés y su hijo mayor y heredero del trono, Henry, hacían una entrada triunfal en un carro arrastrado por los osos en cuestión. La autora de la nota subraya que los reales personajes no se habrían arriesgado a este efecto espectacular si los animales no hubieran estado bien domesticados. Para mayor seguridad los osos iban custodiados “por tres Silvanos (esto es, faunos) y uno más al frente”. “Sensata precaución –señala Grant– para evitar que dañaran a alguien más importante que un Silvano, en caso de que se hubiesen encolerizado.” La nota abunda en datos acerca de la crianza de osos en cautiverio y la edad en que comienzan a ser peligrosos. Los de nuestra historia fueron capturados muy pequeños, se aficionaron a sus guardianes y adquirieron vasta experiencia en su oficio. En 1623 (Jacobo reinó hasta 1625), en un divertimento ofrecido en honor del embajador de España, uno de ellos “fue arrojado al Támesis, por el que nadó a gran velocidad, perseguido por perros”. En 1638, un visitante del Paris Garden, donde se los guardaba, comenta que “ambos son blancos”. Lamentamos tan sólo ignorar cómo se llamaban.

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