Elena Roger: "Los políticos tienen que contribuir a que el arte sea fácil de hacer"

Crédito: Ricardo Pristupluk
La actriz y cantante que protagoniza LoveMusik en el Paseo La Plaza habló a solas con LA NACION; su vida y sus sueños sobre y detrás del escenario
Silvina Ajmat
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8 de marzo de 2016  • 18:48

Elena Roger saluda con un beso. Recibe abrazos, felicitaciones, palmadas, apretones de mano, y responde con una sonrisa franca, agradecida. No habla. Tiene una mochila y la cara lavada porque se sacó el maquillaje en tiempo récord después del estreno de LoveMusik, la obra que la tiene como protagonista en el Paseo La Plaza. Una hora y media de función, de dejarlo todo, de reivindicar su lugar como la artista argentina que llegó a actuar en la Meca del musical, la gran, la inmensa, la enorme, Elena Roger. Llueven elogios que no se sabe si recibe, comparte o rechaza porque elige el silencio.

Dos semanas antes, Elena caminaba por la calle Perón con la misma actitud de quien no quiere llamar la atención, tan contrastante con su yo escénico. Iba a la sala de ensayo que fue su segundo hogar durante dos meses, un nidito creativo que junto a todo el elenco de LoveMusik llegó a adorar. "Sé que hay una expectativa de verme después de Piaf. Pero más allá de mí es una obra bella", dice. El peso de su propio nombre está en sus espaldas. ¿Puede una actriz de musicales que llegó a Broadway y al West End, querer que la conozcan por otra cosa? Consultada en una ocasión sobre cuál de todos sus proyectos le gustaría que perdurara, si tuviera que elegir uno sólo, respondió: "Por sobre lo artístico elijo el proyecto que ideamos con Mariano [Torre, su marido, también actor y ambientalista] y que pudimos hacer realidad. La Nave Tierra. Es lo mejor que puedo dejarle a Bahía para su futuro". Se refiere a la casa sustentable que construyeron en Ushuaia y de cuyo proceso hizo un documental para concientizar sobre el uso de materiales renovables, un interés que traslada a todos los ámbitos de su vida. Incluso al teatro: impulsó el uso de papeles de bosques protegidos para la impresión de los programas de mano de LoveMusik, idea que La Plaza tomó y llevó adelante por su expreso pedido, y que certificó con un sello enviado desde Suiza que puede verse en todos los playbills. También es vegetariana y vive en una casa sustentable en Barracas.

Crédito: Ricardo Pristupluk

El país, sin embargo, quiere escucharla cantar. Y verla en LoveMusik es recibir una generosa respuesta a esa expectativa del público. Elena se entrega en cuerpo y alma a las canciones de Kurt Weill y Bertolt Brecht, se apropia de Lotte Lenya, la usa para crear una artista colosal que sale a escena y canta con cada parte de su cuerpo. Ya no importa si es Lenya o Roger o las dos. Importa lo que pasa en ese momento, en ese escenario, con ese público. Teatro puro.

-¿Cómo te llevás con los personajes históricos que te toca interpretar?

-En un momento cuando me lo dijo Pablo Kompel [el dueño de Paseo La Plaza y alma mater del proyecto], pensé otro personaje histórico no quiero. Pero me interesó mucho la historia. Y lo que más me llama la atención es la pareja que ella plantea con total honestidad, de amor libre. Me encanta esa manera de amar. Estoy totalmente de acuerdo y lo practico. Qué bueno plantear eso en los años 30. Me encanta esa apertura mental y transitarla. Además de la profundidad que tienen todas estas canciones de Brecht, y lo social, tener que dejar Alemania. Se empiezan a unir estos personajes que yo interpreto. Evita, Piaf, Lotte Lenya, distintos mundos, mujeres que influyeron en lo social de sus países. Piaf fue parte de la resistence. Lenya decía que no le interesaba la política pero estaba muy ligada a eso porque cantaba las canciones de Brecht.

-En el caso de Evita, se sabe que el musical de Tim Rice pinta un retrato polémico de Eva Perón. ¿Cómo fue para vos como argentina tomar ese material?

-Yo no sabía mucho inglés en ese momento. Cuando me dicen de audicionar yo empiezo a estudiar las canciones que eran totalmente inofensivas. Cuando obtengo el papel y me voy a Inglaterra, me llevo todo el material que tenía para ver, videos, libros... Agarro el libreto, con un diccionario al lado y cuando termino digo [se agarra la cabeza]... "En la que me metí. Qué hago con esto". Después entendí varias cosas: primero, que era una obra escrita en el 76, que no había mucho sobre Evita, sólo una biografía que no la dejaba muy bien parada, que Tim Rice había venido a la Argentina y sus amigos le habían contado una historia, una campana, y que él no escribió algo de historia, escribió un show. No es la historia de Evita ni del país.

-¿Cómo hiciste para meterte en el papel con esos textos?

-Lo que yo encontré... fue distinto. Planteé una cosa tan distinta a las otras Evitas que tuvieron que decidir si tomaban eso y cambiaban la obra. Webber dijo, si queremos reinventar Evita acá está. Busqué la humanidad del personaje y nunca la juzgué. Había gente que se tomaba muy mal una escena en la que ella pasaba de hombre a hombre. ¿Y qué si lo hacía? También es muy machista tildarla de que era actriz y puta. Ella odiaba a los ricos porque había tenido situaciones feas con gente rica. Y yo creo realmente que ella amaba a los pobres. Había también cosas terribles como que hacía cerrar un negocio si no colaboraban con su fundación. Se la cuestionaba porque regalaba vestidos en vez de trabajo. Yo creo que sentía realmente que hacía algo bien. Era un ser humano con sus cosas buenas y sus cosas malas. Yo traté de encontrar todo ese abanico de posibilidades.

-Se habló mucho de tu versión de "No llores por mí Argentina"...

-"No llores por mí Argentina", que parece un himno, yo, al principio detestaba cantarla acá porque Tim Rice me había dicho que todo ese discurso era falso. Era irónico. Pero le encontramos una vuelta para emocionar de otro lado. Me apoderé finalmente de ese show y lo quise mucho.

-¿Estás en contacto con los movimientos que organizan actores argentinos, como la Plaza de los Artistas?

-No. A veces soy muy culpable de no estar en contacto con las noticias cuando entro a los ensayos porque ni abro el diario. Me parece que está bien. La cultura es muy importante y los políticos tienen que hacer que el arte sea fácil de hacer. Es muy necesario cuidar a los artistas porque forman. A veces hay intereses que hacen que no quieren que la gente piense mucho. Está buenísimo que se llame la atención sobre eso.

-¿Cuál fue tu primer contacto con el material de LoveMusik?

-Recuerdo haber cantado La ópera de los tres centavos en un recital. A la obra la vi con Ricardo Hornos en los archivos de teatro en Nueva York. Estaba haciendo Evita y él hace rato que quería hacer la obra, Kompel también me había hablado de la obra cuando yo estaba haciendo Piaf. Me ofrece hacerla después. Yo le digo que no porque quería frenar un poco la actividad teatral. Venía de hacer Evita, Piaf, Passion, está bueno pero si no paro me transformo en una monja, porque no puedo hacer nada para cuidar la voz. Tengo que estar bien para ir todos los días al teatro. Yo necesitaba una vida más libre.

-Pasaron muchos años hasta que aceptaste.

-Claro, es que cuando volví de hacer Evita yo estaba embarazada de Bahía.

-¿Por qué decidiste hacerla ahora?

-Se logró una buena versión de esta obra. A Jonathan Butterell lo conozco hace años. Yo tenía 23, 22 y el 29 años cuando hicimos Nine. Siempre estuvimos en contacto. El tiene mucho conocimiento, nació en la cuna del teatro. Tenía ganas de ser dirigida por él. Le encontró una profundidad a la obra muy hermosa. No es una típica comedia musical. Es una obra de teatro con música, y eso siempre me parece más atractivo. No hablamos entre nosotros cantándonos. Hay canciones.

-Lenya tuvo que desarrollarse artísticamente en un país con un idioma extranjero, como vos.

-Ella lo sufría. Hay una anécdota en que Weill la manda a comprar algo y en vez de decirle a la vendedora envolvé la camisa le dijo violá la camisa. Yo también lo sufrí, no hablaba muy bien en inglés, la gente me miraba raro. Me costó aprender cosas de cortesía como decir "would you close the door, please?" en vez de "close de door".

- La obra cuenta la historia de amor de una pareja poco convencional. ¿Cómo interpretás esta relación?

-Lo que plantea la obra es honestidad pura. No sé por qué. De dónde sale esa mente tan libre en los años 30. Lenya tuvo una vida dura porque su padre la maltrataba. La primera hija se había muerto y le pusieron el mismo nombre de la hermana muerta. El padre llegaba a la noche y la levantaba y la hacía cantar. No se habla de un abuso sexual en las biografías pero de un maltrato físico y de violencia sí. Ella se prostituye. En este Berlín que empieza a plantearse antes de la Segunda Guerra hay esta libertad. A Weill no le cierra esta manera de pensar la pareja. Sin embargo, no era de vital importancia para él que ella estuviera con muchos hombres, él lo sabía y él también tenía sus romances. Era un amor muy elevado, muy por encima de todo eso. Eso es lo que me encanta de ella, esta honestidad que ella plantea.

-¿Entendés así el amor?

-Si hay algo del amor que para mí es fundamental es la no posesión. Para mí el amor es querer que la otra persona sea feliz, y aceptar que esa persona pueda estar con otra porque la hace feliz y aceptar que pueda querer dejar de estar con vos. El ejercitar el desapego es importante y saber que nada nos pertenece. Si hay buenos sentimientos, por qué no. Si estoy con alguien para hacerte mal a vos, bueno. No hay un buen sentimiento. Pero si yo te amo y me acuesto con ella porque tuve ganas y sigo con vos amándote, prefiero eso antes que me engañes. Prefiero eso. Saber que puedo creerte siempre.

-¿Te pasó?

-He tenido parejas que me han engañado y cuando llegaban a casa había mal humor, maltrato. Y yo decía eh... qué pasa. Quizás era porque querían estar con otra persona en ese momento. Prefería que estuvieran más con esa persona y que cuando vinieran a casa estuvieran bien conmigo.

-¿Descubriste que es el tipo de relación que querías a partir de que te mintieron?

-Sí y a partir de que encuentro en Mariano una pareja que es totalmente verdadera. Cuando estamos en casa es amor pleno y puro. Puede estar con alguien o yo con alguien pero cuando estamos juntos hay amor y felicidad. Mientras eso funcione así… ¿Qué más?

-En el caso de la pareja de ellos no funciona...

-En la obra es uno de los problemas. Hay roces. Por él. El no acepta tanta libertad, pero después hace sus cosas. Es muy lindo porque cada uno busca la manera de ser feliz, y su bandera. La de Weill es la música. La de ella, es sentirse libre con su cuerpo y su ser, es una bandera del amor que ella defiende. Es todo tan efímero que hay que apropiarse del hoy porque nos podemos ir en dos segundos, y también aunque no nos llegue la muerte jóvenes, hacemos así y ya pasaron 40 años. Y el momento que no disfruté ya se fue.

-¿En qué momento de tu carrera te agarra esta obra?

-Al ser madre me gusta estar haciendo teatro por unos meses. Encontrándome con la rutina de ir todos los días a hacer una obra. Hace mucho que no vivía todos los días una historia ajena, con una música muy bella. No es una carrera. Estoy haciéndola. Estoy haciendo la vida. No divido la carrera de mi vida. En un momento lo hacía. Todo es mi vida. Lo que me hace feliz. Mi vida se llenó de un montón de situaciones, no sólo el teatro.

-¿Cómo es tu rutina familiar?

-Cuando llego a mi casa, la obra se muere y estoy con mi hija. Y hago yoga cada vez que puedo.

-¿Hay espacio para salidas con Mariano?

-Fuimos a ver Star Wars hace poco, fue como una salida de novios. No sé si me gustó la película por la película en sí o por el hecho de ir. Nunca fui de salir mucho, me gustaría tener más tiempo para ir al teatro. Pero también hacemos muchas cosas en casa.

-¿Cómo se porta Bahía?

-Se porta muy bien. Es una hermosa. Ya tiene dos años y cuatro meses. Empieza el jardín... Unas horitas nomás.

-¿Te cuesta dejarla?

-Creo que le va a encantar. Es muy sociable. Muy activa, le gusta estar con gente. A veces en casa se aburre, porque nosotros no somos padres tan jóvenes [risas].Espero que lo disfrute.

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