Encuentro con los sueños de la infancia

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24 de enero de 2002  

Recuperar el mundo de la niñez, de los sueños y las esperanzas, es el leit- motiv de "Pequeños fantasmas", que a partir de hoy Osvaldo Santoro, junto a un grupo de actores niños y bajo la dirección de Manuel González Gil, ofrecerá en el Multiteatro.

El espectáculo surgió de la necesidad que tenían Santoro y González Gil de trabajar juntos. Fueron compañeros del Conservatorio Nacional de Arte Dramático y se reencontraron en escena para hacer el éxito de "Porteños". Las ganas de dar continuidad a aquel trabajo los llevó a buscar algún material que los uniera nuevamente sobre un escenario.

"Le propuse a Manuel un par de obras y no prendió ninguna -comenta Santoro-. El me pasó un material que en su momento iba a ser la continuidad de "Los mosqueteros". Mostraba a una persona mayor recorriendo una escuela mientras recordaba su historia en la primaria. Manuel me dijo: "Si te gusta, hacelo propio". La obra tenía mucha ternura. Yo le agregué dolor y amargura."

El protagonista es un médico que decide hacer un homenaje a ese lugar que albergó sus sueños. Aquella época -década del 60- coincide con el momento en que fallece su madre, con un país que estaba creciendo, con su primer amor y con un compañero entrañable que después se convirtió en un desaparecido.

"Pequeños fantasmas" le permitió a Santoro desarrollar su faceta de escritor y cruzar al narrador con el actor. Ambos tienen un interés: lograr la emoción. "Cuando recuerdo aquellos años y mi quinto grado, siempre hago referencias a los afectos. En la escritura me preocupa ese universo constituido permanentemente, pero que no deja de ser circular. Parece que las cosas se suceden espontáneamente y sin embargo se van concatenando, encontrando, para formar siempre un mundo ligado con lo emotivo."

-¿Soñabas en aquella época con ser actor?

-Tenía un sueño muy potente, que no olvidé nunca. Estaba arriba de un escenario y decía un texto (tendría aproximadamente 15 años), la gente aplaudía tanto que le salía sangre de las manos y llegaba hasta el escenario. Sin dudas, era un deseo íntimamente relacionado con mi carrera.

- Entonces, en los años 60 vivías un tiempo muy potente, cargado de expectativas...

-Había mucha esperanza. Hace un par de años tuve un encuentro con compañeros y profesores. Y los maestros me decían: "Yo no vivía bien como profesor, pero me sobraba dinero para comprarme libros y leer mucho". Recuerdo que en esa época saltábamos de la literatura a la astronomía; del jazz a la música clásica. Había una avidez de conocimiento muy grande y hoy, lamentablemente, está dormida.

- ¿Y qué pasa hoy, cuando cruzás este presente en crisis con aquellos tiempos esperanzados?

-Cada vez que me toca vivir una crisis, de cualquier tipo, siento que roto 180 grados. La sensación es que las crisis me obligan a ver la realidad desde otro lugar. Siento que estoy redescubriendo a gente que no eran los argentinos que imaginaba, ésos que se aguantaban todo, que bajaban la cabeza. Están reaccionando, cuidando lo suyo, luchando por lo que creen. Es lo mejor que nos puede pasar. El otro día escuchaba a gente que respeto mucho, Griselda Gambaro, Alejandro Tantanián, que hablaban de la crisis de la palabra y de un teatro que debía ser derivado hacia el disparate, el absurdo, para así poder hablar de alguna manera de la realidad que tenemos. Y yo estoy en las antípodas. Me parece que la palabra tiene tanto valor como siempre. Hay que ver si tenemos ganas de escucharla. Siento que es al revés. La palabra estuvo siempre y a veces cerramos los oídos o modificamos el sentido de esas palabras. Pero cada vez que encontramos un texto rico, nos ennoblece. Me pasó el año pasado cuando interpreté "Los pequeños burgueses", de Gorki. No podía creer que se hubiera escrito en 1902 y mantuviera vigencia. Frente al poder de la poesía uno tiene que arrodillarse.

-En ese sentido, ¿cómo es tu proceso de narrador?

-Me pasa algo muy concreto: cada vez que termino algo, mi mujer me dice: "Qué suerte que lo podés sacar afuera". Sacar afuera significa un poco lo que dice Margarite Duras: "Escribir sobre lo desconocido de uno, si no no escribir nada". Si uno escribe lo que sabe, lo que leyó, no pasa nada. Me interesa la búsqueda de aquello que no conozco. Me quiero sorprender con lo que escribo, si no, siento que estoy muerto. Lo mismo sucede en el teatro. Hice "Puesta en claro", de Griselda Gambaro, dirigido por Alberto Ure, y el "Hamlet" de Ricardo Bartis. Los dos directores me provocaron de tal manera que me desconocí. Yo conozco a un Osvaldo Santoro, pero cuando uno puede investigar en el arte y se desconoce quiere decir que hay una parte de uno que empieza a salir. Eso es lo más rico.

"Fuimos engreídos"

-¿Este espectáculo le permitirá también al público desconocerse?

-Creo que le permitirá reflexionar. Por ejemplo, en un momento aparecen las "Máximas" de San Martín. Recuerdo algunas: "Amor a la verdad y odio a la mentira", "Respeto por la propiedad ajena", "Dulzura con los pobres y con los viejos", "Confianza y amistad, pero uniendo el respeto". No es este país. Es exactamente lo contrario. Las cambiamos: "Confianza y amistad para hacer negocio, para robar el país", "Amor a la mentira y odio a la verdad". Es al revés. ¿Dónde estamos?

-Si tuvieras que analizar lo que nos pasó, ¿qué dirías?

-Fuimos unos engreídos. Fuimos trabajando durante mucho tiempo nuestra soberbia. Somos creídos, fanfarrones. Hoy nos miramos a la cara y no lo podemos creer. Y la realidad nos marca que es así. No somos ni el mejor país, ni tenemos el mejor fútbol, ni estamos en el Primer Mundo. La realidad, para mí, es hoy. Me viene a la cabeza una frase: "La felicidad reúne y el dolor une". Ojalá sea verdad. Cuando el dolor une, uno toma conciencia de lo que le duele.

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