
Enrique VIII visto con ojos españoles
¿Enrique VIII de Inglaterra hablando español? Se sabe que el rey se expresaba con fluidez en nuestra lengua, así como en latín, francés, italiano y alemán. En estos días se puede ver nuevamente al monarca en Londres, ejercitándose en el idioma de Cervantes mientras repudia a su primera esposa -y única legítima-, Catalina de Aragón, hija de los Reyes Católicos, rompe con la iglesia de Roma (pues el Papa se negaba a concederle el divorcio) y crea su propia religión, la anglicana, sin declinar el título de "defensor de la fe", que el Vaticano le había concedido en otros tiempos. Se trata de una puesta en escena del Enrique VIII de Shakespeare, en versión de un elenco madrileño llamado Rakatá, convocado -junto con otros treinta y seis grupos de teatro de todo el mundo - para representar las obras del Bardo en la reproducción moderna de su Teatro del Globo, en una movida internacional denominada Globe to Globe .
En su edición del pasado 31 de mayo, el Guardian de Manchester publica la reseña de esta versión española de Enrique VIII, en una nota firmada por Laura Barnett, quien la califica de "soberbia producción", que encara el texto original sin modificarle ni una coma pero enfocándolo con visión española. El resultado sorprende a la crítica inglesa, la que coincide en los elogios y asegura asistir a la representación de "otra obra", en la que no se le había ocurrido pensar.
Rakatá es un grupo teatral creado en Madrid en 2002, dedicado a los clásicos europeos, españoles y extranjeros, y caracterizado por la fidelidad a los textos, vistiéndolos con sobriedad y elegancia "sorprendentes" (para citar a los ingleses). Todos los críticos coinciden en destacar el Enrique del actor Fernando Gil, "tan convincente que obliga a revisar nuestra imagen habitual del rey a partir del famoso retrato de Holbein". Y a la Catalina de la actriz Elena González se la califica de "supremamente lograda". Los historiadores nos dicen que esta princesa española se pareció mucho a su madre, no sólo físicamente sino también en la sensatez y el amor a las artes y las letras. No había llegado a la adolescencia, cuando los Reyes Católicos la casaron con el primogénito de Enrique VII (el primer soberano de la dinastía Tudor), un muchachito apenas mayor que ella, enfermizo y endeble, fallecido a poco del matrimonio, que no llegó a consumarse. Como no era cuestión de amor sino de política (Isabel y Fernando querían anular a Francia como potencia, y ansiaban aliarse con Inglaterra), Catalina tuvo que casarse con su cuñado, el futuro Enrique VIII. Vivieron en paz cerca de veinte años y tuvieron una hija (que sería más tarde la reina María I, "la sanguinaria"), pero no el esperado hijo varón, uno de los pretextos que dio Enrique para pedir la anulación de su casamiento y poder desposar a la joven Ana Bolena (papel a cargo de la actriz Sara Moraleda, a quien se califica de excelente).
Laura Barnett destaca en particular la escena del galanteo de Enrique con su cuñada, ya viuda, en un pas-de-deux con música de órgano ("con un organista que devuelve la vida a la corte de los Tudor"), la decapitación de Buckingham (de un realismo alarmante) y el bautizo de la futura Isabel I (hija del rey y de Ana Bolena), "con los reyes resplandecientes en sus coronas y mantos, y Catalina descalza". La repudiada reina española siguió viviendo en Inglaterra, en condiciones modestas, y está sepultada, también modestamente, en la catedral de Peterborough, sin mención de su rango real.
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